jueves, 19 de febrero de 2026

EL ÁGUILA Y LOS LOBOS

 Publio Quintilio Varo, el bravo centurión, viejo lobo curtido en mil batallas, llevó las legiones romanas hasta los linderos del bosque de Teotoburgo.

Arminio y los hijos de Odín les esperaban del otro lado de la niebla; en silencio, solo se oían los latidos de los corazones.

Los romanos eran valientes y confiaban en su perfecta formación militar, pero el hado había escrito que ninguno regresaría a la Ciudad Eterna.

¡Y comenzó la batalla!

El bosque abrió sus fauces neblinosas, dejando ver las hordas de queruscos que, como colmillos, se hincaron en el águila imperial.

El hijo de Segimer, subido en su caballo blanco, arengaba a los bárbaros, rezando por ellos antes de lanzarse a dar la estocada final:

“He aquí que veo a mi padre; he aquí que veo a mi madre, a mis hermanas y mis hermanos. He aquí que veo el linaje de mi pueblo hasta sus principios. Y he aquí que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios de Valhalla, el lugar donde viven los valientes para siempre.”

 

—Miguelan



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