EDÉN
El brillo de tu cuerpo palpita como espasmo de muerte,
de ola, de salto vibrante y de vida.
De vida, de salto, de espasmo, de orgullo;
de crónicas que vuelan libres por el tiempo.
Del tiempo de tu vida y de tu muerte;
desde el segundo en que tu nombre,
el Verbo, se vuelve santificado en tu gloria,
la gloria de los tiempos…
Y mientras se hace “tu Voluntad”, esa,
la que nos esclaviza para obtener nuestro “Pan de cada día”, morimos.
Y, en la esencia del Calvario, la piedra del sepulcro se mueve.
Y perdonamos las ofensas por la mera necesidad,
Padre, de ser perdonados: ahora y en la hora de nuestra muerte.
Edén soy, santo, sacrosanto y puro.
Eterno soy, más Hijo del Padre
que el Hijo del Hombre que corre.
Padre nuestro,
que la sangre del mártir perpetuo se vuelva el río de luz
donde entrego mi alma y me recibe el Profeta,
y me abraza, supremo.
Donde me ama Dios.
Yo soy el Árbol de la Vida… el Árbol del Bien y del Mal.
(Poema
por Ciro Granados II)

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