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sábado, 27 de diciembre de 2025

LAGARTOS.

Al medio día, de un día cualquiera; veía desde una elevación del terreno un río que se deslizaba limpio, a la sombra de los árboles que bautizaban sus raíces retorcidas en las márgenes del verano.

Algunas hojas se desprendían de vez en cuando y caían sobre las aguas infectas de lagartos, voraces que ocultaban sus cuerpos acorazados dejando al descubierto únicamente sus ojillos cargados de malicia.

Río abajo, una mancha de rapaces retozaba en sus aguas, salpicando de alegría la soledad de aquella mitad del día, sin darse cuenta del peligro que se acercaba disimulado hacia ellos.

¿Cuánto tardaría en desatarse la orgia de sangre?

¡Debía darme prisa y salvarles!

Comencé a correr tan rápido cual mis piernas podían, por el crepitante caminito que llevaba a la poza.

¡Mis pies volaban!

No faltaba mucho para que las fauces infernales comenzaran a desmembrar los cuerpecitos inocentes, en un cruel frenesí de locura bestial.

¡Corría, como el viento pero nunca llegaba!

Después de mucho, logré alcanzar el lugar donde los niños se divertían, esperaba… ¡Oh Dios encontrarme una orgía de sangre! pero, el cuadro apareció frente a mí sin cambio.

Los niños seguían salpicando con agua y retozando totalmente desnudos

–¡Salíos pronto del agua ignorantes! –les grité- ¡Corran! ¡El rio está lleno de cocodrilos!

Un niño, el mayor de todos, quien parecía tener no más de siete años, dejó de jugar y me vio extrañado como quien ve a un loco gritar en medio de la calle.

–¡No se preocupe señor! Ya lo sabemos, pero son inofensivos –dijo – mientras sacaba un ponzoñoso animal del agua tomándole por la punta del hocico.

Me lo entrego y me dijo:

–Tírelo rio abajo

Tome el horrible animal y lo arrastre rio abajo… que raro, no se movía

Lo vi y me di cuenta que no se movía porque estaba ¡muerto!

Pero yo los vi, vivos y feroces nadar rio arriba

¡El niño lo asfixió cuando lo tomo por la punta del hocico!

Que niños más raros eran esos, ya regresaría a averiguarlo después, cuando tirara el cadáver del pobre animalejo.

 

—Miguelan. 



EXTRAÑA BODA

 

No espero que creáis nada de lo que os cuento, ni mucho menos que alguno lo comprenda.

¡Yo mismo no sé qué hacía en ese lugar!

Tampoco recuerdo si alguien me hubiera invitado.

El vino nuevo se servía sin racanería en rústicos tazones de barro cocido.

Setenta y tres comensales desconocidos, comían y bebían con avidez en aquella oscura cavidad  iluminados a penas por incontables velas colocadas sobre largas y desnudas mesas de madera.

<< ¡Esto es inaudito! >>

¿Cómo alguien iba a casarse y no tener el cuidado de ponerle manteles a las mesas de los convidados?

Los novios brindaban deseosos que el jolgorio terminara, para comenzar su fiesta en la intimidad.

El maestre sala aguaba el vino; y entre los múltiples fogonazos de la grasa que se incendiaba en los braseros, los cocineros asaban sendos trozos de carnes selectas y costillares aun sangrantes.

— ¡eh tú! —Me señalo el maestre sala— ¿no deberías estar tomando las fotografías?

Así que aquella debía ser la razón por la que estaba en ese lugar, por mis habilidades inigualables en la captura de la luz.

Preparé mi cámara y espere con paciencia felina el momento preciso en las afueras del pozo.

¡Esperad un momento!

¿Aquella boda estaba celebrándose en el fondo de un pozo seco?

¡Ahora mismo, al igual que ustedes estoy más desconcertado que al principio!

Pero, al trabajo primero y las explicaciones después.

(Si es que las hay)

Ley de los tercios… listo.

Líneas de convergencia… en su punto.

Proporción aurea… inmejorable.

Por un instante recordé a mi viejo y sabio maestro de Cuilapa, el cual hacía mucho tiempo había sido abducido y traspuesto a otra parte del universo, por ser la tierra un lugar indigno para él.

Todo estaba listo, solo faltaba la novia, la cual poco a poco fue emergiendo de las profundidades de la tierra.


—Miguelan (El libro de los sueños 2023)


Dibujo por S.G.



LA BALACERA.

 

A la décima hora de un domingo neblinoso, la hora de la oración, mientras oíamos el sermón, se armó una balacera a no más de un par de cuadras del sagrado recinto. Aunque no soy experto en Armas como Romilo Caminante, El Cazador de Cocodrilos del bajo Lempa; pude distinguir las detonaciones de diferentes calibres.

El sonido de los disparos se oía cada vez más cerca, una pistola, quizás 22 rechistaba de vez en cuando cada vez más fuerte, acercándose juntamente con el grito perseguidor y el zapateo veloz de alguien que corría mientras respondía con su arma tratando de no desperdiciar la munición.

— ¡Quítate de la ventana! –le dije a un ingenuo que curioseaba.

Luego cerré la puerta de doble hoja, sería difícil que alguien lograra forzar las gruesísimas tablas de cedro decorado, además, no parecía que la escaramuza fuera a durar mucho…

<<Las balaceras siempre terminan pronto, la muerte no tiene tiempo para espectáculos…>>

Algunas balas que se habían estrellado en el milenario granito superior dejando caer sobre mi pelo partículas de polvo blanquecino, me obligaron a acurrucarme al lado de la ventana sin darme tiempo de cerrarla.

El que corría afuera se agazapó del otro lado… ¡La misma ventana donde yo estaba! y quería entrar, pero aunque la ventana estaba abierta él estaba herido y las fuerzas casi le habían abandonado.

Decidí que no tenia corazón para dejarle afuera desangrándose y ser en parte culpable de su muerte porque cuando llegaran los perseguidores seguramente le rematarían.

No tuve que pensarlo mucho y contra la voluntad de algunos que se decían Seguidores del Rabí de Galilea le ayudé a entrar.

— ¡Tonto, te van a matar a vos también!—Dijo frunciendo la boca la mas consagrada de todas

— ¡Y a nosotros por tu culpa zopenco! —Gritó el rico negociante cubriéndose la cabeza con sus manos regordetas mientras trataba de meterse debajo de una banca.

Ignoré el descontento general y con todas mis fuerzas tiré del miserable.

Primero entró su mano dejando caer la pistola con estrépito en el mármol blanco del sagrado recinto, seguida de un goteo constante de sangre viva.

¡Era un muchacho! Quizá no más viejo que alguno de mis sobrinos.

Lo llevé hasta un cuarto que había al lado, creo que era la habitación donde se contaba la limosna y le acomodé en una silla mientras le decía:

—Tranquilo muchacho vas a estar bien, por ahora debes reponerte.

— ¡La mataron, la mataron los malditos! –gritaba una y otra vez.

—Por ahora no pensés en eso, ya habrá tiempo después…

A pesar de todo insistió en que le dejara el arma, la cual puso en su regazo, antes de desmayarse para soltarla de nuevo cayendo por segunda sobre un charco de sangre.

Iba saliendo del cuarto, de regreso al sermón cuando me encontré con uno de los que le perseguían, revolver en mano y decidido a rematar al pobre muchacho.

Me asombró ver un rostro familiar, ¡yo lo conocía de toda la vida! y aunque sabía que andaba en malos pasos no esperaba encontrármelo en ese lugar y en tan mala situación; Tenía endurecido el rostro, y caminaba con la fuerza de un tornado, cegado sin duda por Lucifer.

Me puse en su camino y le dije:

—Lo siento, pero no puedo dejarte pasar.

— ¡Quítate, la cosa no es con vos, no sabes nada del asunto, ni siquiera sabes quién es el que estas protegiendo! –me escupió en la cara.

— ¡No, no lo sé, pero no voy a permitir que lo mates en este lugar, no aquí! ¡Luego si querés matálo pero no en tierra consagrada!

Algo extraño paso en la mente del matón y se apresuro a salir, respirando como búfalo enfurecido.

La policía llego después y ¡Oh sorpresa! me acusaron de ser cómplice del criminal más buscado de la ciudad

Escudriñé con la mirada alguno que me defendiera, que dijera que no era así, que yo solamente estaba allí con ellos oyendo el sermón Dominical como siempre, pero todos agacharon la mirada y uno a uno comenzó a salir hasta que me quede completamente solo…

El frio metal unió mis manos encadenándolas dolorosamente sin que hubiera explicación alguna que pudiera convencerles que yo solo estaba allí para escuchar la escuela dominical.

 

—Miguelan.



EVARISTO.

Una oscura tarde, en que la llovizna flotaba entre los fuscos velos del empedrado de Londres, se presentó ante mí el viejo Evaristo con la ballesta en la mano y un puñado de flechas.

¡Pobre amigo, estaba arruinado!

La vida se había cebado con él, cobrándole los horridos pecados de sus ancestros.

— ¡Ayúdame! —me dijo con voz de apagada.

No se cómo pude entenderle, era parco para hablar, una mezcla de señas y sonidos guturales, casi como los hombres de las cavernas.

Lo hice pasar hasta el cuartito del fondo, donde estaba mi despacho, y le ofrecí un vaso con absenta.

A pesar de su calamitoso estado, pude reconocerlo, aunque tenía ya casi medio siglo de no verle desde que siendo el muy joven había matado a un conocido delincuente en justicia propia.

— ¿Qué puedo hacer por vos, mi viejo amigo?

—El tiempo es malo y no hay caza, —dijo vaciando el ajenjo de una sola vez.

Lo vi de pies a cabeza mientras pensaba donde podía encajar el esperpento aquel. No es que fuera viejo, estaba arruinado si, pero era fuerte y de gran envergadura, como un roble de antaño.

Quizás pudiera conseguirle un puesto de vigilante en la armería real cobrando algún favor o como guardián de algún rico comerciante ¡cualquier ladrón se lo pensaría dos veces al ver el tamaño de aquella ballesta de caza y el grosor de las flechas capaces de matar un oso a la primera!

Charlamos largo rato, hasta que entre sorbos de anís verde, se nos escaparon las últimas luces de día y muy entrada la noche nos despedimos en el dintel de la puerta.

Lo vi caminar tranquilo, arrastrando los pies hasta que se perdió en la bruma.

Quizá pudiera conseguirle algo como custodio del bosquecillo detrás de la armería donde antaño cazaban los reyes, allí encontraría quizás después de tantas desgracias la paz.

 

—Miguelan 2021



ESPIRITU TRISTE

 Un día, cuando aburrido me desparramaba en una silla de madera viejísima, creyendo haber perdido para siempre el talento de contar historias; llegó ella y me dijo:

—Escribe.

Era un espectro de mujer, de extraordinaria belleza, como las de los cuadros antiguos.

— ¿Qué escribo? ¡Estoy seco!

—No te preocupes, tú escribe lo que yo te diga.

— ¿Quién eres?

—Lo sabrás cuando hallas terminado

— ¡No, no lo haré! ¡Por si no te has dado cuenta, ni una partícula de tinta ha salido de esta pluma desde hace quien sabe cuánto!

Como niño caprichoso tiré el lápiz hacia atrás, por encima de mi hombro y con el ceño fruncido me crucé de brazos.

Entonces, ella con paciencia, tomó mi mano y comenzó a guiarla como hace la maestra con el infante que inseguro traza con temblores las líneas de la historia.

No podría decirte en este momento cuanto tiempo transcurrió; pero a medida que la tinta vaciaba sobre el papel, el arcano recóndito de una elegía perdida, su rostro se iba mostrando cada vez más claro. Olía a ropa guardada en viejísimos baúles de cedro y a brisa de mar.

¿Aquel espíritu triste de donde había venido?

Poco a poco la tinta tomaba forma y el arcano se revelaba ahora diáfano en el papel

Y entonces supe quién era ella.

— ¡Tú eres Inés Humbertina!

Ella sonrió, y soltó entonces mi mano.

—Ahora puedes seguir tu solo.

 

—Miguelan. 



EL VISITANTE.

Caminábamos con mi amada esposa por una calle del centro de San Miguel (el Grande) en una mañana de verano, cuando el sol apenas comenzaba a dorar las agujas de la catedral. La mañana olía a canícula y laureles de la india del parque central. No sabría decirles si íbamos a algún lugar o si quizá estábamos haciendo un poco de ejercicio para engañar al colesterol que, con el paso de los años, me ahoga un poco más cada día. Las calles estaban casi desiertas, así que nos llamó la atención el individuo que caminaba hacia nosotros sonriendo como si fuéramos viejos conocidos.

— ¿De dónde lo conocemos? —pregunté a mi bella acompañante.

—Deja ver —dijo, ajustándose los lentes. —¡Es Edenizario Comamala!

—No, no creo que sea él. Quizás te has equivocado, Edenizario está muerto. ¿No te acuerdas que falleció en la cuarentena del dos mil veinte?

Los años y el abuso de la tecnología me obligaron a esperar hasta que estuvimos cara a cara para reconocer a un viejo amigo.

— ¡Mis amigos, los Granados! —dijo al estar frente a nosotros— ¿Cómo han estado?

— ¡Edenizario Comamala! —exclamé— ¿pero cómo es esto posible? —pregunté.

—Sí, recuerdo que vos falleciste hace casi treinta años. ¡Estuvimos en tu funeral! —dijo mi esposa."

—Pues sí, pero es que no me morí de verdad, solo fui trasladado a otro lugar, uno muy bonito que ni se imaginan cómo es.

—¿Es mejor que este? —pregunté con los ojos húmedos, después de abrazarlo.

—¡Uy sí, mucho mejor!

—¿Cómo es el cielo? —preguntó mi esposa.

—¿El cielo? Hay billones de cielos... infinitos.

—¿Cómo?

—Es difícil de explicar, es que son tantos y a la vez es uno solo, es que el cielo no es el mismo para todos... pareciera ser que se ajusta a los gustos de cada quien.

—Ah, ya entiendo —dijo mi esposa. —Si a mí me gustan los libros, entonces sería como una gran biblioteca.

—¿Y puedes invitar a quien desees a visitarlo? —pregunté.

—Sí, puedes hacerlo. Para eso hay un lugar donde todos nos reunimos cada cierto tiempo y allí puedes invitar a quien quieras.

—¿Cómo es el tuyo? —preguntó mi esposa emocionada.

—Es un lugar donde puedes viajar, filosofar, hacer música, escribir y, si te portas bien —porque también hay reglas, sabían—, te dan un permiso para viajar al lugar y época que desees.

—¿Por qué viniste aquí?

—¡Quería verlos!

—Edenizario, Dios te pague, nosotros también nos alegramos de verte y saber que estás bien. ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Depende de tu teléfono.

—¿Qué tiene que ver mi celular con tu viaje?

—Bueno, cuando regresas, solo pueden verte tus amigos verdaderos que en ese momento están durmiendo.

¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!

El teléfono, puntual, sonó maitines. Eran las cuatro y media de la mañana.

—Pero hay que tener cuidado, porque los muertos que no descansan se roban las aventuras de los vivos viviendo sus vidas mientras duermen, por eso es que casi ningún sueño pueden recordar; pero los amigos los dejan para que puedan saber que estuvieron con ustedes —alcancé a escuchar que Edenizario decía, justo antes de que la realidad se esfumara al despertar.¬

 

—Miguelan.


EL ULTIMO PASO

 ¿De quién era aquel cortejo fúnebre?

Posiblemente nunca lo sepa, pero al igual que muchos, por las calles de una populosa ciudad les acompañaba en un día aciago. Eran todos compañeros de profesión, conduciendo sus vehículos sin dignarse ninguno de ellos a llevarme.

El automóvil donde yo debía conducirme se había adelantado unas dos cuadras, y por más que corría con todas mis fuerzas, esperando alcanzarlo en algún semáforo, este siempre cambiaba de luz en el momento preciso sin que pudiera atraparlo.

Las puertas del cementerio no tardaron en aparecer.

¡Oh lugar más extraño, una necrópolis como jamás vi otra en todos mis días de pecador!

Si hubiera visto en sus puertas la frase, “perded toda esperanza los que entráis”, no me habría sorprendido más que ver las letras oscuras en una terminal de trenes anunciando los destinos en cada andén.

Un pantano de aguas verdosas y profundas nos dio la bienvenida, a un túnel rectangular de paredes petrificadas y húmedas. Había del izquierdo un único camino, donde una raíz perdida del árbol de la vida se movía a voluntad propia como un tentáculo gigante.

Y allá se adentraron los veloces cargadores del extraño ataúd, con sus trajes oscuros y su ridículo porte aristocrático, siempre de prisa, siempre delante mío sin que pudiera ver sus rostros.

La voz que siempre me despierta a las tres de la madrugada susurró en mi oído con sus graves arpegios:

“El Hades sabe que estáis aquí, caminad con cuidado sobre todo en el tramo final.”

No habría prestado atención a la advertencia -ya saben los que me conocen que todo el tiempo oigo voces y casi nunca hago lo que piden- de no ser porque con su dedo bulboso me señaló una serpiente escondida en las raíces de los árboles que sostenían el techo del recinto. No era muy grande, pero sí extremadamente venenosa, color beige y su cabeza como flecha apuntándome al corazón.

¿Me apuñalarían sus colmillos si trataba de pasar? ¿Debía regresar?

El cortejo avanzaba y debía alcanzarlos. tomé una raíz seca y la golpeé fuertemente; la víbora cayó en el agua y se alejó nadando sin haber sufrido en apariencia daño alguno. Pero no era la única culebra; ¡el recinto estaba infestado de ellas, todas escondidas tras las raíces que como venas se esparcían por la cavidad mortecina del recinto!

¡Tenía miedo, pero continué avanzando, golpeando serpientes y esquivando letales mordeduras! era necesario alcanzar aquel extraño cortejo que parecía siempre estar un paso delante de mí.

No tardé en darles caza, pero estaban por cruzar el enrejado que les permitiría salir del recinto cenagoso y llegar al sitio del entierro.

¿No era el último tramo el más peligroso? ¿Lo habían pasado ellos o aún les faltaba? Yo golpeaba réptiles en una batalla agónica donde más que mi vida imperaba la extraña necesidad de alcanzar aquel cortejo fúnebre que, de pie esperaba el oportuno segundo para llevar el ataúd a su última morada.

La puerta se abrió chirriando tristemente... ¡y ellos se dispusieron a cruzar el umbral de las puertas de la muerte!

 

—Miguelan 2020 (El Libro de los sueños)




EL LOBO NEGRO.

 

– ¿Qué pasa aquí? –pregunté a la enfermera que ocultaba su pereza tras un viejo vidrio.

Ella, me señaló con la vista una mesa de madera vieja, con las orillas mordidas por el descuido y el paso de los años donde reposaban, muchos papeles.

– ¡Llevo horas esperando! me llamaron, pero aún no me han atendido, no veo por qué, si el consultorio está vacío.

No se lo dije de mala manera, sino más bien en tono de súplica encarecida.

Después de esperar mi turno por mucho rato y pelear con los vivianes que querían meterse antes en la fila, ¡al fin me habían llamado, pero la enfermera no me pasaba!

Hacía días que tenía un dolor en el pecho, algo así como unos cólicos…

—Disculpe señor –me dijo la enfermera- la doctora esta ahora pasando por un mal momento, después de todo ellos también son humanos como nosotros, y giró la cabeza señalándome un cuartito apenas iluminado.

En él, la doctora lloraba desconsoladamente porque su paciente anterior a mi había muerto. Al parecer era un judío pálido de brazos peludos que había luchado hasta el final por mantenerse vivo, su cuerpo estaba totalmente consumido y lleno de operaciones, me pareció bastante viejo.

— ¡Vaya cosa! –Pensé – como si fuera el primer paciente que muere, estos médicos deberían estar acostumbrados a ver sucumbir a las personas.

La doctora seguía abrazada sobre el cadáver, llorando, y yo sintiendo vergüenza ajena por ella.

Hasta allí todo parecía bastante normal, de no ser por aquella extraña voz que parecía burlarse de ella desde ultratumba.

—Yo, tengo el poder…

<< ¿Quién rayos tenía el poder?>> —pensé de nuevo sin que aquella voz me asustara.

— ¡Vosotros sois una triste parodia… el poder es mío!

<< ¿Quién hablaba? >> Vi hacia todos lados; pero la voz parecía salir del aire, de todas partes.

Yo seguía observando el triste cuadro, más preocupado porque me atendieran…

De pronto, vi sobre la cama donde estaba el judío errante, un túnel de nubes muy oscuras, parecidas a las de las tormentas al atardecer, y en él una sencilla escalera de caracol que ascendía hasta perderse en un extraño resplandor, como si un relámpago se hubiera quedado detenido.

Subía por la escalera un gigantesco lobo negro de pelaje hirsuto, a punto de desaparecer entre la niebla.

—Amigo, por favor disculpa –le dije-

El espectro se detuvo y giró lentamente su enorme cabeza hacia mí, sus ojos como dos llamas que ardían con furia, se clavaron en los míos.

—El poder y la vida –le dije con suavidad- proceden del Eterno, tanto tu como yo somos esclavos de su voluntad.

— ¿Quién eres que me hablas? ¿Un simple mortal asemejándose a un dios? ¡Podría fácilmente despedazarte! —respondió con la misma voz profunda y grave que antes había oído.

—Podrías… si esa fuera Su voluntad, quizás lo hagas cuando llegue mi momento, entonces, ni tú ni yo podremos hacer otra cosa sino someternos...

—El Wargo, guardo silencio; continuó mirándome unos cuatro segundos más y sin decir más siguió subiendo sin prisa por la escalera de caracol.

Una mano se posó sobre mi hombro, regresándome a la realidad; era la doctora, con lágrimas aun en sus mejillas, pero una sonrisa dulce y sincera me dijo: “tú sigues”

 

—Miguelan.



DIALOGO CON LA MUERTE

 Una noche de esas que se van volviendo cada vez más frecuentes, aguijoneado impíamente por mis pensamientos y preguntas sin respuesta, mientras me retorcía de un lado a otro en el tálamo, sin encontrar la paz suficiente para conciliar un poco de sueño.

La sentí llegar, aun antes que se sentara a mi lado y sin pedir permiso pusiera su mano muerta sobre sobre mi cabeza, enredando mis cabellos con sus luctuosos y fríos dedos olorosos a mirto y flores de cementerio.

— ¿ha llegado finalmente mi hora?

No hubo respuesta, solamente aquel zumbido en mis oídos.

En cierto modo me agradaba su compañía.

Su silencio triste, y la soledad de su presencia venían a ser un poco de paz en la tormentosa angustia e inconformidad que veníase repitiendo cada noche.

Y entonces comencé a temblar, no por el frio de su presencia sino por un miedo profundo que me nacía de la tristeza y la soledad que me generaban sus caricias.

¡Me horrorizaba imaginar mi cuerpo encerrado en un estrecho y ardiente ataúd, al hervor de millares de gusanos devorando mis carnes y mi lengua pérfida, siempre dispuesta para hablar mal del prójimo!

Más si he de ser sincero, ese horror era solo el principio, la primera ola del indescriptible pavor, desesperación y zozobra que produjo en mí, la posibilidad que todo terminase con el último respiro.

¿Y si no existe nada detrás del oscuro telón de la muerte?

Me gusta tanto existir, ser, pensar, amar, viajar, escribir… si, ¡y aun sufrir las vicisitudes del destino!

No, no temo a la muerte, ¿Cómo puedo temer a quien encuentro cada día en cada calle, rincón o lugar de mi vida?

¡Me horroriza la inexistencia y el olvido!

— ¿podrías por favor aliviar el infierno que me consume y darme siquiera el consuelo de saber si la conciencia sobrevive a la disipación de la materia? ¿Es la idea de la vida después de la vida, un simple placebo para aliviar la amargura del regreso al silencio y al olvido?

Sus dedos se arrastraron por mi cráneo como garfios que mellan el granito del orgullo humano y cual frio tempano de hielo su mano se hundió despacio en mi pecho, hasta que el zumbido en mis oídos se fue apagando y me desvanecí cayendo en el vacío sepulcral de la más fría noche de mi vida.

 

—Miguelan 2022



AMOR SIN TIEMPO

 Caminaba una tarde de luz salmón por la ciudad de mis recuerdos, ese lugar donde nunca he estado sino en el narcótico elemento del desvarío nocturno.

Los árboles del parque y algunos almendros cuyas raíces agrietaban las aceras de las casas habitadas por fantasmas, habían perdido sus hojas y con las ramas desnudas parecían arañar un cielo de noviembre.

¿Hacia dónde iba? no podría precisarlo, solo deambulaba con los dedos entumecidos por frío con dirección a la vieja iglesia que ahora había sido convertida en hospital.

Entonces la vi, con sus años de juventud acariciado los últimos rayos de aquel día. Caminaba hacia mí y sonreía mientras el viento desnudaba su cuello del cabello que nunca sujetaba.

El corazón me dio un vuelco y las mariposas que eones antes dormitaban en la oscuridad de las cavidades impenetrables de la desilusión y la amargura se liberaron en una explosión de emociones indescriptibles.

¿Cómo era posible aquello?

Debía estar equivocado, no podía ser ella… ¡habían pasado tantos años!

Mi pelo entrecano me gritaba que debía ser una broma de la mente que cada vez se va quedando con menos luz…

Ella se detuvo frente a mí, me abrazó y beso como si apenas ayer me hubiera visto, sin detenerse a preguntar por qué había envejecido.

La apreté con fuerza contra mi pecho y aspiré extasiado el perfume de su mocedad.

Y nos amamos hasta que la luna estuvo alta en el cielo. Ella se rindió ante la experiencia y yo rejuvenecí en su cuerpo desnudo una y otra vez hasta quedar aletargado en la hibernación consiente del placer.

— ¿me has extrañado? —pregunté.

— ¿has ido a algún lado?

Con la luz del nuevo día ella se difumino en mis brazos… desapareció con la frescura de la mañana dejando en el aire su perfume y en mi piel las marcas del pasado.


—Miguelan



LOS GATOS Y LAS ABEJAS

 Una mañana de mucho sol, caminaba por la campiña de un país extranjero

cuándo escuché el maullido lastimero de un animal.

Me voltee para ver qué desdichado ser viviente podría ser capaz de emitir semejante sonido.

Y entonces los vi… ¡Pobres animalitos! Había toda una camada de ellos ahogándose en una Pileta de agua cristalina que se encontraba semi oculta por la hierba y los charrales a orillas de la vereda que yo transitaba.

Uno de ellos había logrado ponerse a salvo y maullaba desesperado pidiendo ayuda y tratando de subir al camino.

Los otros… Luchaban agonizantes por su vida y algunos flotaban ya inertes en el agua.

Quise meter mi mano para sacarles, pero el agua hedía de tal forma que nada podía hacer.

¡Yo lloraba, me sentía impotente, no podía hacer nada!

¡No podía quedarme de brazos cruzados, iban a morir todos!

Cerca de Allí vi una rama seca casi podrida, quizá en otro tiempo habrá sido el bastón de algún boyero.

- Esto será de gran utilidad –pensé-

Y tomándola la introduje en el agua y aseguré el otro extremo a la orilla; Sin embargo, mientras colocaba la rama accidentalmente toqué con un extremo un nido de abejas, que se encontraba sobre mi cabeza, y comenzaron a zumbar infernalmente.

- ¡No puede ser, van a picarme! –me dije-

Corrí con todas mis fuerzas mientras el enjambre me seguía.

¡No pudieron alcanzarme, mis pies casi no tocaban el Suelo!

Un buen rato estuvieron tras de mi antes que pudiera llegar a un lugar seguro.

No supe si alguno de los gatitos pudo escalar la rama y salir de la Pileta, o quizá las abejas acabaron de una buena vez con su sufrimiento.

 

—Miguelan. (El libro de los sueños)



TRES AÑOS Y UN GATO

 Era una noche de tormenta y puntual con ella el corte de energía nos había

dejado en tinieblas. Aunque sabíamos que siempre pasaba no dejaba nunca de tener la esperanza con cada aguacero que al menos esa vez no “se fuera la luz”.

Agonizaba en mis cavilaciones arropado de pies a cabeza, temblando entre sobresaltos por los impredecibles estallidos que llenaban de claridad la negrura de mis desvaríos.

El sueño me había abandonado y mi desdicha y lágrimas eran abundantes.

Entonces entró un gato amarillo, en nada distinto a los muchos que pasaban como Juan por su casa, excepto que este se detuvo y viéndome con lástima, me habló como si el idioma fuera para el muy natural.

- ¿Y ahora que te atormenta hijo de Adán?

Le vi de reojo y de mala gana respondí:

- ¡Vete minino!

<<¿Qué hace un gato hablándome a las tres y media de la madrugada?>>

Y dándome la vuelta traté de ignorarlo; Pero el felino saltó sobre la cama, se subió sobre mi costado y después de arquearse se enrolló y comenzó a ronronear. Iba a tirarlo con un malgolpe pero la pereza me había esclavizado, Así que por no moverme decidí que lo mejor era dejarlo en paz.

Acaso haya sido el hipnótico ronroneo o las siete noches que tenía ya sin conciliar el sueño; pero en un santiamén me quedé dormido.

Pasarían siglos o tal vez solo unos minutos de pesadillas en las cuales me veía platicando con los Díaz en el recibidor de un gran hotel entre periódicos que traían noticias de los seres amados que ya murieron.

¡Y entonces una voz similar a la que anuncia los vuelos en el aeropuerto avisó que el portavoz del mundo etéreo estaba por llegar!

Se hizo silencio, tan denso que casi podía tocarse y nos quedamos viendo unos a otros sin que ninguno se atreviera a decir algo.

¡Y por la ventana que relampagueaba la tormenta diluviana de la noche más angustiosa de mi vida; entró el mismo maldito gato amarillo!

Seco, a pesar del aguacero saltó sobre el mostrador y caminó orgulloso sin mirar a nadie (aunque todos lo mirábamos a él). Al pasar a mi lado, se detuvo un par de segundos, pero sin dignarse esta vez a dirigirme la palabra o a mirarme siquiera.

- ¿Eres Dinero? –Pregunté-

Ronroneó y movió las orejas como tratando de recordar una infancia lejana, y siguió caminando hasta un gran libro negro en el cual estaba escrito con tinta ocre una lista de nombres. Pude leer que decía en el encabezado "traslados".

El gato se acurrucó frente al libro e iba a comenzar a leer

Perdone... Interrumpió Gersón

El felino lo miró con disgusto

- ¿Esos son los que ya cumplieron el tiempo verdad?

<<¡El tiempo completo!>> pensé

¿Es que ni en los sueños podré librarme de la angustiosa duda que me lacera las entrañas?

¿Porque tres años?

¿Será por las tres cruces en el Gólgota?

¿O quizá por los tres años que caminó el maestro sobre la tierra después que fue bautizado?

¿Acaso sea por los tres escuadrones que tocando trompeta quebraron los cantaros?

Un relámpago me hizo volver en el preciso instante en que el animal se disponía a leer; Entonces fui yo el que decidí esta vez salir de una vez por todas de la duda, A lo mejor en aquel lugar alguien conociera la sabiduría que encerraban tres años y un día.

Mi corazón palpitaba con la angustia que trae el hablar frente a muchas personas desconocidas, ¡o peor aún frente a los conocidos que te lapidan con el sarcasmo y la mofa inmisericorde!

“¡Es ahora o nunca!” -Me dije

El gato intuyó que iba a preguntar algo que a lo mejor no sabría responder, Así que maullando suavemente me trajo de regreso a la realidad de mi vida.

- Has estado gritando mientras dormías -me dijo y saltó de la cama

- ¡Yo siempre grito, es cosa de Reyes! ¿Has estado allí? ¿Has visto el libro?

- ¿Estar dónde? ¿Ver qué?

- ¡El lobby, la reunión, y todo eso! Grité

- No, no sé nada de eso, solo pase para recordarte que estas cumpliendo ya tres años y un día…

 

—Miguelan.



LA SIMA

 Este lugar no se parecía a los muchos que había visitado en el transcurso de mi vida, cuando por alguna razón había tenido que despedir a algún familiar, un conocido o asistir obligado por las circunstancias y acompañar algún desconocido.

Era vasto y sus límites se extendían hasta lontananza mas allá de donde mis ojos alcanzaban a ver.

No, no me agradan los cementerios y creo que a nadie le gustan; pero entre todos a mi menos y siempre que puedo los esquivo y no es porque que me asuste la muerte, sino más bien es esa extraña sensación de soledad y abandono la que perfora mis entrañas.

¡Es el olvido lo que me espanta!

Era la tarde de un día cualquiera, el sol casi terminaba su largo recorrido alcanzando a rozar aun las altas hojas de los cipreses que desfilaban por la calle principal de la marmolea necrópolis.

Caminaba despreocupado sobre el pavimento que a modo de acera se elevaba sobre un césped bien cuidado de un verdor uniforme. Buscaba mi nombre en las lapidas de los nichos.

Había abedules y también sauces que se mecían de un lado a otro con la brisa fresca del crepúsculo, arboles irreverentes que estrujaban con sus raíces el alabastro de las tumbas.

Los nombres escritos en el gélido mármol del olvido nada me decían, ni uno solo había que pudiera evocar en mí, alguna emoción y así continué por largo rato hasta que casi llegue al final de ese pasillo.

No me sorprendió encontrarme con Eduardo, un viejo conocido.

Parecía haberme estado esperando

—Ese es el lugar que buscas… es tu lugar—me dijo sin molestarse en saludar, como todo buen amigo—mientras me señalaba una oscura cavidad justo en la mitad de los nichos que como cuartos de mesón esperan quien los arrende hasta el día del Juicio Final.

<<Soy un muerto que camina entre los vivos>> —pensé.

No le agradecí que me mostrara el lugar ni me despedí de el… como hacen todos los amigos.

Con tristeza y miedo me introduje en el apagado y húmedo recinto y me quedé allí por quien sabe cuánto tiempo sin poder salir, porque en el momento que mi cuerpo estuvo dentro, unos barrotes de metal aprisionaron mi alma por toda la Eternidad.

Y los tiempos pasaron, el sol subió y bajó infinidad de veces hasta que me olvidé de contar los días ¿Qué caso tenía? la gente continuo desfilando en la búsqueda solitaria de su prisión, algunos al buscar su nombre leían el mío y llenos de piedad hacían una breve oración y seguían caminando hasta que Eduardo les decía donde sería su lugar.

Pasaban sin saber que podía verlos aunque ellos no pudieran advertirlo.

Si en tormentos el Rico deseaba que Lázaro mojara con su dedo la punta de su lengua, yo anhelaba con angustiosa necesidad solo un poco de contacto humano.

Me estiraba hasta donde mis tendones me lo permitían sacando mi mano por entre los hierros que me aprisionaban, llegando casi a rozar a alguno; pero una gran sima había entre ellos y mi anhelo.

 

—Miguelan 2018.



LA ISLA EN EL MAR

 —Hijo de hombre ¿qué has visto?

—Yo he visto el mar, vasto, casi infinito… Y una gran isla de rocas de basalto unidas, cuya cúspide se elevaba hasta rozar las nubes, y de la cima de ella una caída de agua que saltaba hasta el mar.

Volando ligero como un pájaro, mi espíritu ascendió hasta el pináculo de la visión.

En la cima había un asceta, su mano derecha se elevaba quizá hasta el hombro y la izquierda estaba a la altura de la cintura me recordaba mucho la postura abhaya mudra, y quizá si hubiera sido un monje budista lo habría relacionado, pero era diferente... tal vez como un Saa-dhu que cubría su rostro con una extraña mascara.

Cuando me acerque a él, dijo unas palabras en un idioma que no comprendí.

Palabras que me empujaron velozmente hacia mi cuerpo.

Luego he regresado. ¿Sabes que significa señor?

 

—Miguelan.




APOCALIPSIS REPTIL

 (Colaboración de un Lector)

Aquella sin duda sería la última noche que recuerdo en un mundo tal y como le conocemos; por cuestiones migratorias había cruzado la frontera y me encontraba en casa de mis ancianos padres.

Había en el ambiente algo extraño, como un ruido sordo ese mismo que precede el desastre.

Los perros, como siempre fueron los primeros en sentirlo, luego la gente dejó de conversar, los que comían dejaron de masticar para verse unos a otros sin pronunciar palabras.

El estruendo de la explosión del Volcán paralizó los corazones de todos (más de alguno para siempre) luego los gritos de pavor y el bombardeo de piedras incandescentes que como grandes bolas de fuego cayeron sobre los tejados e incendiaron los cafetales en un infierno de confusión y muerte.

Junto con el fuego apareció una raza de seres malignos de apariencia reptiliana, de piel viscosa como salamandras recubierta de finas y relucientes escamas.

¡El volcán!

¡Todo ese tiempo estuvieron allí incubando sus horribles huevos y esperando el momento para tomar, con la ayuda de todos los reptiles del planeta: Lagartos, cocodrilos serpientes, y quelonios lo que siempre fue de ellos asesinando como moscas a los débiles moradores de la tierra!

Tomé a mi familia y corrimos a refugiarnos en la vieja iglesia, donde cientos de Santos predicadores habían predicho la llegada de ese día sin que nadie les tomara por cierta la palabra.

Otros más ignorantes pusieron cubre-bocas cosidos con carne putrefacta en su rostro pensando que con ello iban a librarse de la invasión reptiliana que ya nadie podía detener, ni siquiera el gobierno mundial que sin mucho esfuerzo fue sometido.

Los demás seres humanos formaron pequeñas comunidades de resistencia refugiándose en cuevas y lugares apartados pero poco a poco fueron cazados uno a uno hasta desaparecer de la faz de la tierra.

Mi familia y yo somos los últimos que quedamos, pero ya vienen ya se acercan…

Puedo oír el siseo de sus horribles y pegajosas bocas llenas de pequeños dientes y ojos de mirada vacía…

 

—Miguelan.