martes, 14 de abril de 2026

LA GRUTA DEL ESPÍRITU SANTO

Corinto, Morazán, la tierra de mis ancestros por línea paterna, una ciudad fundada cerca del cielo, en la cúspide de una región montañosa, cercana a la hermana república de Honduras, existe como tal desde 1882; pero ni remotamente se vayan a imaginar que fue entonces cuando el homo sapiens pisó por primera vez esos lugares. Existe evidencia de que la zona estuvo poblada desde la Edad de Piedra.

Nunca había estado allí, así que me debía un viaje para conocer el terruño donde comenzó la estirpe de mi generación, y quizá la de todos los salvadoreños. Y aunque por cuestiones laborales había estado cerca (sociedad), nunca me había aventurado más allá porque no quería que mi arribo a ese rincón de El Salvador fuera por motivos de trabajo.

La camioneta devoraba los kilómetros mientras serpenteaba, rugiendo su poderoso motor japonés. Miguel Bosé sonaba como fondo exquisito para la conversación de camino con mi hermano mayor sobre políticos corruptos y torogoces vilipendiados, a quienes la guerra solo dejó miseria y tristeza.

—Se acabó la guerra, agarremos la cuma y sigamos a lo nuestro—. "Solo que ahora ya no son jóvenes y fuertes, sino viejos y algunos lisiados excombatientes que nada más trabajo de 'chaneque' consiguen, mientras que otros se pasean por la Zona Rosa en sus camionetas blindadas, gastando en una sola cena lo que alimentaría a una familia entera de exguerrilleros durante todo un año.—decía con tristeza.

Como es temporada de cacería de indecisos  por aquí y por allá nos encontrábamos con algún mitin político, asegurando el voto duro para las próximas elecciones.

El cielo era muy azul, <<aunque no tanto como el de Egipto>>, y las impresionantes montañas recortaban el infinito como pinceladas exquisitas del divino pintor.

Y allí estaba la ciudad de Corinto (por fin, después de infinitas curvas), con sus mujeres bellas y coquetas, algunas de ojos muy azules. 

Corinto, de casas antiquísimas fundadas sobre tierra blanca y rodeado de jaragua. 

Corinto, donde mi padre corría descalzo y sin camisa por calles polvorientas hace muchísimos años.

Más allá, está la Gruta del Espíritu Santo, un lugar lleno de pinturas rupestres, algunas en positivo y negativo, hechas por salvadoreños de la edad de los Picapiedra y que representan figuras de danzantes, cazadores y animales. Dicen que para su elaboración utilizaban una rara pintura de origen vegetal.

La Gruta del Espíritu Santo es una milenaria bóveda de piedra caliza de unos 50 metros de diámetro, ubicada a una altura de 820 metros sobre el nivel del mar, al noroeste de la ciudad. Según un estudio de la National Geographic, es un sitio paleoindio con una fecha de surgimiento de aproximadamente 12,000 a. C., y que posteriormente fue ocupado por los lencas, quienes utilizaban la cueva como centro de operaciones para los cazadores que abastecían de carne la zona. 

Durante el conflicto armado fue usada como base militar, donde, según pruebas irrefutables (proyectiles balísticos), utilizaban las figuras rupestres para 'blanquear' o practicar su puntería. 

¡Qué tristeza… cuánta ignorancia! Gracias a Dios no la acabaron, y aún quedan figuras que pueden apreciarse sin mucho esfuerzo. 

Actualmente es administrada por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura).

Caminamos durante horas, en silencio meditativo, admirando con ensoñación aquel santuario arcano, donde las raíces se aferran a las enormes rocas y el viento susurra entre las hojas, meciendo el follaje en una especie de reverencia a los espíritus que han trascendido.

Si usted quiere visitar este lugar y es propenso al mareo con la altura y las curvas, no olvide llevar una buena dotación de pastillas para el mareo o un balde para vomitar. Ah, y el último disco de Miguel Bosé."

 

—Miguelan. (memorias)



jueves, 19 de marzo de 2026

LIBELULAS

 Las libélulas de mi infancia se llaman “titirites” y se mecen levemente en las ramitas más delgadas de los arbustos de flor de mayo, cuando el viento acaricia las llamas que emergen con las primeras lluvias del mes de la madre.

La quebrada serpentea melodiosa y serena, y el sol alumbra con fuerza sus cristalinas aguas, que se deslizan entre las rocas y la hierba. En el fondo se pueden ver piedrecillas de colores…

Los “titirites” pasan veloces, como saetas, después de haber estado suspendidos en el aire por largo rato. Había negros, azules, rojos y amarillos, que son mis favoritos hasta hoy.

Nosotros (mis hermanos y yo) nos zambullíamos en las pozas más profundas, mientras las ninfas huían en busca de aguas más tranquilas. Después sacábamos arcilla de las orillas para hacer figurines que siempre se rajaban (para mi desconcierto) cuando los ponía a secar al sol. También hacía libélulas de arcilla que nunca llegarían a volar por sí mismas y que, la mayoría de las veces, terminaban pegadas en las paredes del vecino Mardoqueo, cuando se nos agotaban las municiones de barro con que jugábamos a la guerra.

Los “titirites” son de la familia de los anisópteros, una palabra de origen griego que significa “insecto con las alas desiguales”, también conocidos como libélulas.

Estos insectos no pueden plegar las alas, de las cuales tienen dos pares.

Son muy útiles para el hombre, porque se comen algunos insectos dañinos, como los zancudos, moscas y polillas, que son transmisores de enfermedades como el dengue y la gastroenteritis. Aunque también comen abejas pequeñas y algunas clases de mariposas.

Viven cerca de charcos, ríos y lugares pantanosos; son inofensivas y no pican a los seres humanos…

De vez en cuando, tras mucha persecución e ingenio, lográbamos atrapar uno; entonces le amarrábamos un hilo y jugábamos a que volábamos un helicóptero.


—Miguelan. (memorias)

libélula roja en hojas de tomate


LAS HORAS SOCIALES

 Al principio, cuando la vi, pequeña y sonriente, hasta cierto punto flexible, no tenía idea de los días que nos esperaban en sus manos; no sospechaba de su infinita capacidad de invención de necesidades inexistentes.

Estábamos Melki, Pepinillo, Herbert y yo de pie, a punto de vivir una experiencia nueva en nuestras vidas, que recién comenzaban.

El año de 1998 transcurría sin mayor novedad; yo era un estudiante entonces y cursaba tercer año de bachillerato.

—Entonces… ustedes vienen del Liceo Técnico José de San Martín, ¿verdad? —nos preguntó la directora del kínder nacional de la colonia IVU, bajándose levemente los anteojos para poder mirarnos mejor, mayormente a Herbert, que se retorcía las manos con nerviosismo.

—Sí, venimos a ver si usted nos permite realizar las horas sociales acá —le dije sin mucho rodeo.

La maestra se regodeó en sus adentros y, aunque cautelosa, pude percibir un brillo negrero en sus ojos. ¡Seríamos suyos durante las próximas 300 horas, para lo que a su cabecita se le ocurriera!

La graduación estaba a la vuelta de la esquina, la culminación de tres años de esfuerzo y sacrificio. Tres años maravillosos que nunca regresarían, pero que habían sido bien aprovechados. Habíamos adquirido un rebosante caudal de conocimiento y los amigos eran abundantes. Hacía tres años no sabíamos nada de contabilidad o economía y hoy, gracias al esmero de nuestros queridos maestros —entre ellos Juan José, a quien cariñosamente llamábamos “Queiquito”, y la enigmática Margarita, sobre quien podría con facilidad escribir una novela—.

Habían quedado bien grabadas las clases de psicología de la profesora “Toña”, que tanto nos abrió los ojos en cuestiones vedadas para unos pubertos como nosotros.

—Bueno, por hoy déjenme la carta que les dio Franco —hablaba del director como si hubiese sido un pupilo suyo allí, en el jardín de niños— y regresen mañana para ver qué pueden hacer.

Nos regresamos cada quien para su casa. Alguno pasaría por El Rey, saludando al cantinero. Yo debía abordar dos buses para llegar hasta mi casa, así que tendría bastante tiempo para pensar en el sacrificio que supondría dejar los fieros enfrentamientos hasta la sangre con los ordenanzas, por las tardes, en partidillos de fútbol, en los cuales apostaba algo más que el dinero que me daba mi padre: la gloria y el honor de ser el mejor futbolista del colegio (al menos en mi egocentrismo juvenil).

Al día siguiente llegamos puntuales como relojes, aunque no tanto como la directora, quien nos hizo pasar a su oficina para poner las cartas sobre la mesa.

Aquella era una mujer de unos cincuenta años, pequeña de estatura, y siempre estaba sonriendo, aun cuando nos regañaba. Usaba lentes y tenía una dentadura perfecta. Las demás maestras no las recuerdo; a decir verdad, solo fueron como sombras que nunca se grabaron en mis recuerdos. No así aquella diminuta mujer que sonreía a menudo y se bajaba los anteojos para vernos mejor… (sobre todo a Herberto).

—Bien, jóvenes, hemos analizado su petición y hemos decidido que pueden realizar acá sus horas sociales. Habrá cosas que deberán hacerlas a diario, como ir a botar la basura y hacer limpieza… lo demás lo veremos según la necesidad que se presente.

Así comenzó nuestra faena en el kínder. Todos los días hacíamos aseo e íbamos a botar la basura, a unas dos cuadras de allí. Para llegar al basurero debíamos pasar por una polvorienta cancha de fútbol que hacía que mis pies sintieran el deseo vehemente de patear “la balona”.

A veces plantábamos árboles, para lo cual debíamos romper con una barra de hierro colado el durísimo concreto, y terminábamos con las manos llenas de ampollas; otras veces podábamos el césped, arreglábamos el techo o pintábamos las aulas.

Los chiquillos corrían felices por los corredores en los recreos, ávidos de diversión. Las maestras aprovechaban para beber café y sostener una agradable tertulia. Nosotros vigilábamos que ninguno se subiera a los árboles y, de vez en cuando, para aliviar el aburrimiento, azuzábamos a algunos para que limaran asperezas por vías no pacíficas.

Una vez fuimos a asear el salón de música, un cuartito precioso con mesitas e instrumentos que parecían donados por los reyes españoles en épocas de la colonia. Había flautas, una pequeña marimba, muy chica, y otros enseres; pero, sobre todos, sobresalía un viejo piano de cuerdas, rústico y perfecto, el cual tocaba cuando podía. La directora me llamó y me propuso que hiciéramos un coro de niños y que yo tocara el piano… no acepté, por pánico escénico.

¡Ya me imaginaba en el teatro, frente a cientos de personas!

Ahora que el tiempo ha pasado y tengo el corazón cansado y enfermo de añoranzas, lamento hasta las lágrimas mi renuencia.

Los días pasaban y nosotros laborando como afanosas hormigas, pero nuestro pensamiento solo estaba en el conteo de las horas que nos faltaban, aunque a veces, por el invierno, solo íbamos a pasar sentados toda la tarde.

Primero se iba poniendo oscuro el cielo y el viento comenzaba a doblar suavemente las copas de los almendros, que aspiraban el olor a tierra mojada; después venían las gotas, unas pocas primero y luego el ejército completo de soldaditos que se levantaban en el suelo cuando los charcos anegaban el pavimento. Entonces nosotros nos quedábamos en unas banquitas, en el corredor, a ver caer la lluvia y conversar cosas sin importancia.

Una tarde en que el sol brillaba y las brisas de octubre comenzaban a pedir piscuchas, la directora nos llamó a su despacho. Nosotros fuimos a regañadientes, pensando en qué cosa nueva se le habría ocurrido ahora; estábamos seguros de que pretendía exprimir nuestras fuerzas hasta el agotamiento.

Allí estaba ella, pequeña como siempre, de pie, con un sobre en la mano y una sonrisa en los labios.

—Jóvenes —nos dijo—, ya han cumplido con su trabajo y ha sido un placer tenerlos con nosotros estos meses. Acá está la carta donde firmo sus horas…

                 

—Miguelan. (memorias)



MI AMIGO CALIXTRO

Nunca presté atención al paso de los años, hasta hoy.

De repente un día me sentí viejo.

Viejo, porque vi cómo los niños que conocí hace un par de meses, ahora ya son hombres de bigote, he visto cómo las niñas mugrientas que corrían y se subían a los árboles son hoy bellas señoritas.

 ¡y algunos hasta están casados y con familia! 

Lo malo de ser viejo es que todos lo conocen a uno, pero uno casi no conoce a nadie.

Cavilaba en eso, casi al borde de la depresión, transitando por una avenida muy antigua de Guadalajara, y por casualidad, a miles de kilómetros de donde suponía se hallaba mi amigo Carlos Villanueva, me lo encontré justo frente a la plaza universitaria.

¿Y quién es ese señor?, se preguntarán los más jóvenes de ustedes.

Carlos es mi amigo, el más despreocupado sujeto que haya conocido alguna vez. Nada le enoja, nada le quita el sueño; es capaz de tomarse un café mientras su casa se quema: compañero de vagancias de mocedad y elocuente predicador.

¡Era el único que mantenía despiertos a los jóvenes con su irreverente forma de exponer la palabra!

Al final le quitaron los privilegios, acusado de abandonar el protocolo eclesiástico.

Somos amigos desde hace más tiempo del que tienen en este mundo muchos de ustedes; pero las ocupaciones y los giros del destino nos han distanciado. Sin embargo, algo me dice que aún nos quedan algunas veredas más que transitar.

De momento, nos bebimos un café.

—¿Y dónde vivís ahora?
—En Hermosa Provincia.
—¿Y tu mujer está con vos?
—No, ella vive en El Salvador.
—¿Y no te preocupa dejarla sola mucho tiempo?

Carlos iba a decir algo, pero solamente sonrió y sorbió un poco de su taza.

¡No, señor! Carlos, o Calixtro, como le gustaba que le dijeran cuando joven, no ha cambiado en lo más mínimo; el tiempo se olvidó de él.

 

—Miguelan (Memorias)



NOCHE DE PUEBLO

De pronto una noche recobré el olfato que había perdido con las últimas cabañuelas; así que decidí salir a caminar por la noche del pueblo.

Me gusta cómo huele la noche en este lugar; huele a tortillas tostándose en los comales de las casas, huele a tamales burbujeando en gigantescas ollas; huele a chorizos friéndose en las sartenes que de vez en cuando encienden en llamaradas.

Algunos murciélagos vuelan cerca de los postes del alumbrado público capturando insectos frente a la cantina donde los borrachitos lloran bebiendo cerveza barata y haciendo fuerzas de mano.

<<Sin murciélagos no hay tequila>> pensé.

 

—Miguelan. (Memorias Nueva Concepción)





EL MUNDO DE LOS LIBROS

Desde que descubrí los libros, un maravilloso mundo se abrió ante mis ojos y comencé a leer todo aquello que caía en mis manos: revistas, periódicos, novelas, etc.

Mi padre me enseñó a amarlos, a tratarlos con delicadeza y a no manchar sus hojas. Con frecuencia nos deteníamos por horas en los puestos de libros usados y escogíamos con dificultad los que nos permitía nuestro presupuesto.

Mi primer libro se lo debo a Mark Twain. Cuando recién comenzaba a ser un adolescente, y aunque fue hace muchísimo tiempo, aún tengo viva en mi mente la imagen del rapazuelo Tom Sawyer y su leal amigo Huckleberry Finn escapándose por la ventana de la casa antes de ser cazados por la estricta tía Polly.

Todavía suspiro cuando recuerdo los bucles amarillos de Becky Thatcher, y me espanto con las sombras que en la noche se asoman a mi ventana, pensando que podría ser el malvado indio Joe.

Y cuando la luna sale como un gran plato de queso, me parece oír la dulzaina del negrito Jim, acompañando los violines de miles de grillos y sapos tenores que orquestan a orillas del Misisipi.

Confieso que no he vuelto a leer Tom Sawyer, porque temo que, al hacerlo de nuevo, se rompa el encanto que generó en mi mente en su momento.

Como nací en una familia numerosa, con recursos limitados, debía tomarlos prestados, a veces con permiso del dueño y otras sin la venia del propietario; eso sí, siempre los regresaba. Los libros representaban para mí un escape de la realidad, que muchas veces era bastante dura; eran la ocasión perfecta para viajar en vacaciones y en las tardes después de jugar, cuando había hecho la tarea a toda prisa.

Con los libros he podido navegar en El mar de las perlas de Emilio Salgari o cazar una espeluznante ballena blanca en los mares índicos al lado del capitán Ahab. Y, si hablamos de capitanes, pocos como Richard Sharpe, el inglés que rescató el águila del Imperio británico y después se embarcó en busca del oro de los españoles, sin importarle volar media Almeida para conseguirlo.

Una vez fui hasta el fondo del mar con el capitán Nemo. Después, en Falsburgo, me enlisté con el bueno de José… ¿cuál era su apellido? Bueno, tal vez más tarde lo recuerde. Decía: me enlisté en las tropas de Napoleón Bonaparte con ese muchacho. Era bastante sencillo y cojeaba un poco, y todos los días le veía escribir en un amarillento y gastado diario que llevaba siempre junto al pecho.

Después, Humberto Eco me llevó a una lejanísima abadía del norte de Italia a investigar una serie de crímenes con el egocéntrico, pero brillante fraile franciscano Guillermo de Baskerville.

Pero mis viajes no pararon allí, porque después me trasladé a los tatús de Morazán y al cerro La Guacamaya, solo por el placer de oír la voz de Ignacio arengando a los rebeldes en La terquedad del izote.

Grité emocionado cuando explotó el helicóptero donde iba aquel genocida que se creía un semidiós y cuya obsesión lo llevó a ser cazado como un sencillo mortal.

No contento con viajar por el mundo, descendí hasta el último círculo del infierno. No me quedé mucho tiempo porque el lugar me horrorizaba, así que decidí hacer un viaje en la máquina del tiempo de J. J. Benítez para buscar al Rey de Reyes…

Y así, sucesivamente, viajes interminables y fabulosos que, si continúo nombrándolos, temo terminaré cansándote, estimado lector.

Los libros son un estupendo modo de inmortalizar una idea. Un libro contiene una pequeña partícula del pensamiento y, aunque la mente sea tan vasta como el universo mismo, en un libro se pueden capturar muchas cosas de ella. Cuando leemos es como si pudiéramos penetrar en el cerebro del escritor y dar un vistazo a sus ideas, aun si lleva más de cien años descansando en el seno de la tierra. (Una mención especial para Sir Arthur Conan Doyle, por regalarnos los fantásticos relatos de Sherlock Holmes).

Quien escribe un libro, en cierto modo continúa viviendo en su obra y, aunque su cuerpo sea solo polvo, sus palabras e ideas siguen murmurando por las noches en las mentes de quienes las resucitan al abrir un tomo de conocimiento.

De ese modo, los que se han marchado de este plano material pueden conversar con nosotros y exponernos sus puntos de vista u opiniones sobre diversos temas.

De vez en cuando doy un vistazo a la mente de mi padre cuando leo sus manuscritos; entonces siento que me conecto con él, sin importar la barrera del tiempo o del espacio, y solo lamento que no dejara más cuadernos.

No podría precisar la cantidad de libros que he leído, porque no llevo cuenta de ellos, pero sabré decirles que desde Tom Sawyer no he parado de leer hasta ayer en la noche.

Cuando era estudiante, era de los pocos que leían completas las obras que nos dejaban como tarea; los demás buscaban resúmenes o pedían copia. Yo les hacía los análisis a algunos a cambio de que me regalaran el libro o, en su defecto, me lo prestaran por unos días.

Leer para mí es como el comer, y cuando por alguna razón me falta mi ración diaria de lectura, siento que el día no ha sido completo. Entonces, husmeando por aquí y por allá, mi cerebro mal acostumbrado debe conformarse con las algarrobas que encuentra en forma de trozos de periódicos releídos en los baños o, en su defecto, las viñetas de los champús o los ingredientes de las salsas que están sobre la mesa.


_Miguelan (Memorias)



NETO EL FANFARRÓN

 El sol desespera con sus impertinentes rayos ¿qué horas serán? Los niños nada saben de las horas.

Dos pequeños vagabundos caminan por los áridos y extensos potreros, donde hieren impunes las espinas de Ishcanal

Uno de ellos se llama Neto y es bastante fanfarrón, aún no ha aprendido a decir la “R”

<<suban al gato ariba y le ponen aroz para que no se baje>>

El otro niño solo piensa en vagabundear; si Tom Sawyer y Huck Finn hubieran de pronto reencarnado, bien podrían ser ellos.

De momento miran maravillados un esqueleto de armadillo y toman las vertebras de la columna imaginando que son las naves de la recién estrenada película de Star Wars

No hace mucho, en la mañana enterraron un tesoro pirata, usando como cofre una vieja lámpara de metal de esas que tiene un elefantito en la tapa. su gran tesoro se compone de piedras de colores que recogieron en la quebrada después de la última crecida; vidrios pulidos por la corriente y algunas monedas de baja denominación que al día siguiente van a desenterrar para comprar caramelos en la única tienda del cantón.


En memoria de mi amigo de la infancia y de toda la vida.

𝑬𝒓𝒏𝒆𝒔𝒕𝒐 𝒁𝒆𝒍𝒂𝒚𝒂 𝑽𝒊𝒍𝒍𝒂𝒕𝒐𝒓𝒐.

Memorias (séptimo cuadro)