Nunca presté atención al paso de los años, hasta hoy.
De repente un día me sentí viejo.
Viejo, porque vi cómo los niños que
conocí hace un par de meses, ahora ya son hombres de bigote, he visto cómo las
niñas mugrientas que corrían y se subían a los árboles son hoy bellas
señoritas.
¡y algunos hasta están casados y con familia!
Lo malo de ser viejo es que todos lo conocen a uno, pero uno casi no
conoce a nadie.
Cavilaba en eso, casi al borde de la depresión, transitando por una
avenida muy antigua de Guadalajara, y por casualidad, a miles de kilómetros de
donde suponía se hallaba mi amigo Carlos Villanueva, me lo encontré justo
frente a la plaza universitaria.
¿Y quién es ese señor?, se preguntarán los más jóvenes de ustedes.
Carlos es mi amigo, el más despreocupado sujeto que haya conocido alguna
vez. Nada le enoja, nada le quita el sueño; es capaz de tomarse un café
mientras su casa se quema: compañero de vagancias de mocedad y elocuente
predicador.
¡Era el único que mantenía despiertos a los jóvenes con su irreverente
forma de exponer la palabra!
Al final le quitaron los privilegios, acusado de abandonar el protocolo eclesiástico.
Somos amigos desde hace más tiempo del que tienen en este mundo muchos de
ustedes; pero las ocupaciones y los giros del destino nos han distanciado. Sin
embargo, algo me dice que aún nos quedan algunas veredas más que transitar.
De momento, nos bebimos un café.
—¿Y dónde vivís ahora?
—En Hermosa Provincia.
—¿Y tu mujer está con vos?
—No, ella vive en El Salvador.
—¿Y no te preocupa dejarla sola mucho tiempo?
Carlos iba a decir algo, pero solamente sonrió y sorbió un poco de su
taza.
¡No, señor! Carlos, o Calixtro, como le gustaba que le dijeran cuando
joven, no ha cambiado en lo más mínimo; el tiempo se olvidó de él.
—Miguelan (Memorias)

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