jueves, 19 de marzo de 2026

MI AMIGO CALIXTRO

Nunca presté atención al paso de los años, hasta hoy.

De repente un día me sentí viejo.

Viejo, porque vi cómo los niños que conocí hace un par de meses, ahora ya son hombres de bigote, he visto cómo las niñas mugrientas que corrían y se subían a los árboles son hoy bellas señoritas.

 ¡y algunos hasta están casados y con familia! 

Lo malo de ser viejo es que todos lo conocen a uno, pero uno casi no conoce a nadie.

Cavilaba en eso, casi al borde de la depresión, transitando por una avenida muy antigua de Guadalajara, y por casualidad, a miles de kilómetros de donde suponía se hallaba mi amigo Carlos Villanueva, me lo encontré justo frente a la plaza universitaria.

¿Y quién es ese señor?, se preguntarán los más jóvenes de ustedes.

Carlos es mi amigo, el más despreocupado sujeto que haya conocido alguna vez. Nada le enoja, nada le quita el sueño; es capaz de tomarse un café mientras su casa se quema: compañero de vagancias de mocedad y elocuente predicador.

¡Era el único que mantenía despiertos a los jóvenes con su irreverente forma de exponer la palabra!

Al final le quitaron los privilegios, acusado de abandonar el protocolo eclesiástico.

Somos amigos desde hace más tiempo del que tienen en este mundo muchos de ustedes; pero las ocupaciones y los giros del destino nos han distanciado. Sin embargo, algo me dice que aún nos quedan algunas veredas más que transitar.

De momento, nos bebimos un café.

—¿Y dónde vivís ahora?
—En Hermosa Provincia.
—¿Y tu mujer está con vos?
—No, ella vive en El Salvador.
—¿Y no te preocupa dejarla sola mucho tiempo?

Carlos iba a decir algo, pero solamente sonrió y sorbió un poco de su taza.

¡No, señor! Carlos, o Calixtro, como le gustaba que le dijeran cuando joven, no ha cambiado en lo más mínimo; el tiempo se olvidó de él.

 

—Miguelan (Memorias)



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