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miércoles, 11 de marzo de 2026

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

¿Cuáles son tus propósitos de año nuevo?

–¿Propósitos? Ammm… no sé, después de vivir miles de años ya uno no piensa mucho en esas cosas, todo se vuelve como una película que ves una y otra vez.

–Me refería a los otros propósitos… con la gente –dije, haciendo comillas con los dedos.

–No sé –respondió, mientras hacía el golpe con un cigarro mentolado–. Hace tiempo que me volví un simple espectador; cuando se me ocurre una idea perversa, resulta que ya a Pedro se le ocurrió antes y la ha llevado a cabo mil veces.

He tenido que aceptar por la fuerza de los hechos que estoy más obsoleta que Windows 98… mejor habláme sobre tus propósitos. ¿Qué planes tenés vos? –preguntó, dejando escapar el humo blanquecino por una boca perfectamente delineada con R. C. Channel.

–Uh… lo mismo de siempre: seguir trabajando duro, ver, oír y mantener la boca cerrada lo más que me sea posible.

–¿Por los delincuentes? –dijo mientras me veía casi sin interés con sus preciosos ojos grises.

–No, por ellos no, los que me dan miedo son…

No me fue posible acabar la frase, el microbús repleto de ganado pensante acababa de aparcar justo al lado de la pecosa muchacha que no hizo el mínimo intento por abordarlo y continuó fumando. Yo debí empujar al alcohólico profesor de primaria que se desparramaba cada vez que trataba de meterse por la minúscula puerta, y esquivar los codazos que María Espinoza lanzaba en una declarada batalla por hacerse de un puesto en aquella lata de sardinas.

–¡Caminemos al centro, caminemos al centro, todavía hay espacio! –escupía el cobrador, mientras el abusivo conductor mentaba la vieja con el acelerador una y otra vez.

Ya colgado en la puerta pregunté:

–¿Y vos no venís?

–No, todavía no, aún falta que llegue Asael, además a ese microbús se le va a reventar una llanta…


—Miguelan.

muchacha pecosa de ojos verdes fumando


miércoles, 18 de febrero de 2026

EL HIJO DEL CAPITÁN

Sentado en la acera de la casa donde vivía, miraba cómo los niños corrían por las calles empedradas cantando alegremente: "que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caiga un chaparrón".

El viento anunciaba una de esas tormentas que se ven pocas veces en el invierno; las señoras, presurosas, quitaban los trapos viejos de los alambres para que no se mojaran. Algunos corrían para la tienda de la esquina a comprar unas candelas y fósforos, porque siempre que llovía se iba la luz.

Los árboles se mecían de un lado a otro y las hojas en la calle pasaban veloces frente a las puertas de madera un poco podridas.

La abuela, en su silla mecedora, miraba por la ventana y recordaba, porque al final de la vida solo eso les queda a los viejos: los recuerdos.

—¡Andá, meté a los cipotes, que ya viene el agua y se van a enfermar! —le gritó a la hija que terminaba de poner la ropa en la cama.

La lluvia casi, casi caía; parecía que estaba hinchando las nubes para reventarlas de golpe.

La mano temblorosa de la abuela se llevaba la taza de café humeante hasta unos labios agrietados por el tiempo, labios que otrora despertaran tantas pasiones allá cuando recién el tren pasaba frente a los ojos maravillados de los habitantes de no sé dónde.

Él continuaba sentado, viendo cómo los rapaces eran cazados uno a uno por las preocupadas madres, y algunos, los más veloces, hasta por los cabellos.

Era hijo de un militar; un valiente soldado que había logrado tener un rango medio en la milicia.

Los blancos cabellos de la anciana resplandecían con los reflejos de los relámpagos, mientras sostenía al más pequeño de sus nietos, que, tembloroso por los truenos, se refugiaba en su tibio regazo.

—¡No tenga miedo, hijo; usté tiene que ser como su abuelo, valiente y decidido! —le decía—.

"Un ánimo recto, una vida feliz", solía decir el viejo soldado curtido por mil batallas, y no es que no tuviera miedo; sí lo tenía, pero su amor por ellos era mayor.

"Pertenecer al ejército es lo mejor que le puede pasar a un hombre", repetía a menudo.

Tal vez fuera cierto; pero, para los ojos que miraban cómo las gruesas gotas de lluvia empezaban a mojar las piedras de la calle, quizás no fuera lo más apropiado.

No le gustaba la guerra; era un soñador, de esos que se quedan como dormidos por larguísimos ratos. Él sabía que no sería capaz de soportar todo lo que el viejo militar había soportado. No, él estaba acostumbrado a una vida más tranquila.

No sería capaz de quedarse impávido, viendo cómo sus compañeros, después de tender emboscadas y matar a los rebeldes, se dedicaban a saquear los pueblos, violar a sus mujeres y hacer todo aquello que se supone un militar honesto no debe hacer.

Su padre fue un capitán honesto, que amaba la profesión de soldado y era amado por sus subalternos. Era sencillo y de no muchas palabras, pero fiero como un león a la hora del combate. Iba siempre con la bandera, abriendo brecha para que pasaran los demás; para su mala fortuna, eso mismo le ganó el odio de muchos.

Una vez se lo preguntó:

— ¿Y usted por qué no hace nada? Denúncielos en el consejo de guerra.

—No serviría de nada; son muchos y me temo que el consejo de guerra está infiltrado...

— ¡Entonces denúncielos con el coronel!

—No me puedo saltar el consejo de guerra e ir directamente con el coronel; eso sería indisciplina además, él ya lo sabe.

— ¡Ya lo sabe! ¿Y por qué no hace nada?

—La lucha casi termina; por estrategia no conviene ahora,  pero ya verás, después que la guerra acabe serán fusilados uno por uno, te lo prometo; están todos en una lista negra.

— ¿Y cuándo acabará la guerra?

—Pronto, dicen; realmente nadie sabe, además, para el que muere la guerra ha terminado.

— ¿Y qué gloria hay para el que cae?

— ¿Aún no lo entiendes? La gloria está en dar tu vida por tu nación, por un ideal.

— ¿Y cómo te agradece la patria?

— ¿No darías tu vida por tus hijos?

—Sin dudarlo.

—Ellos también son la patria; no importa si no agradecen, yo lucho por vos y por tus hermanos —le dijo, mientras sonreía, acariciando sus cabellos desordenados.

Un triste día, antes que el invierno comenzara, hubo una fuerte batalla contra un poderoso enemigo, que había aniquilado a todos los que habían querido entrar en su territorio.

Pronto fueron requeridos los generales más experimentados y los soldados más valientes para tratar de conquistar ese pueblo liberado. Como era de esperarse, el capitán y su regimiento fueron convocados.

Una noche antes de partir se reunió con todos sus hijos, menos uno que vivía muy lejos, en territorio enemigo. Se había puesto su glorioso uniforme de gala; las medallas resplandecían en su pecho y la espada, con empuñadura de oro que usaban los capitanes, estaba perfectamente afilada y ceñida a la cintura.

—Voy a una batalla de la cual tal vez no regrese —les dijo—. Si así fuera, “que el más grande cuide del más pequeño y que el más pequeño respete al más grande”

Si muero, que sea de pie y con la espada desenvainada, y que esta sea tomada de mis manos frías por el más valiente de ustedes —dijo, mientras miraba los escurridizos ojos de uno de ellos—. Digan a mi coronel que me voy con la frente en alto; he trabajado con manos limpias y he amado su causa hasta dar mi vida por ella. Díganle que siempre habrá alguien de mi sangre que abrace mis ideales.

Las lágrimas empezaban a escapar de los escurridizos ojos del hijo del capitán. Hacía ocho días les había llegado una carta donde les decían que el honorable capitán había muerto en combate, tratando de tomar una trinchera enemiga. Dos de sus hermanos habían salido de inmediato para el campo de batalla a tomar el puesto que dejara el valeroso soldado.

Pero él seguía sentado en aquella acera de aquel pacífico pueblo, empapado con la lluvia y las lágrimas que salían de sus ojos.

 

—Miguelan.



viernes, 16 de enero de 2026

AMOR EN LA LOMA

Capítulo 1

“La vieja y el niño”

Edelmira Rividiego estaba desayunando sin hambre, sentada de medio lado en la silla del comedor, viendo cómo el sol mañanero se colaba entre las hojas del guayabo, alcanzando las fotos decoloradas de familiares que nadie recordaba y estampas religiosas clavadas con tachuelas en las paredes de adobe repellado; las iluminaba de una manera fugaz antes de que el techo del corredor bajara su sombrero, invitándole a escalar el firmamento.
Masticaba por inercia un trozo de queso seco que, de vez en cuando, levantaba del plato de peltre decorado con florituras que se confundían con el tomate del huevo picado con cebolla de todos los días.

Susana Vargas, la prima de su marido, estaba lavando el maíz después de haber barrido muy bien la enorme casa de patio central, teniendo cuidado de regar un poco de agua para no levantar polvo.

Llegó por petición suya desde principios de enero, y quizá fuera a quedarse hasta finales del mes, si es que lograba aguantar las estúpidas bromas de Florencio Vargas, uno de los hombres más vulgares y poco prudentes que había en la ciudad de San Cristóbal.

A medio sorbo de café le pareció escuchar que llamaban a la puerta, miró por el rabillo a Susana y apuró el trago. Era café de maíz tostado.

¿Habría olvidado algo Florencio? Salió muy temprano para Santa Rosa de Lima a vender un par de novillos.

No, de ser él, habría escuchado el motor del “Nisan Junior”; además, tenía llave.

Volvieron a llamar; esta vez fue un sonido metálico irritante que martillaba los tímpanos de manera insoportable.

El corazón le dio un vuelco.

—¡Espere, ahora voy! —gritó desde la mesa.

—Yo iré a ver, termine usted de comer —dijo Susana, secándose las manos en la manta de las tortillas.

—Buenos días, señora, hágame una caridad por vida suya —dijo una pobre y encorvada mujer envuelta en un viejísimo y pálido rebozo que, si alguna vez tuvo color, debió haber sido azul.

Susana adivinó una sonrisa forzada. La mujer extendió su mano huesuda para recibir un poco de misericordia.

—¿Quién es? —preguntó Edelmira.

—Es una señora con un niño, pide una caridad.

—Ahorita no hay dinero, Florencio se llevó todo para el tiangue.

—Ya oyó, a mí me da pena, pero ahorita no tenemos ni un real.

—¿Y no tendrá usted un bocadito que me lo dé?

Edelmira se había levantado para ver quién estaba a la puerta; los ojos se le humedecieron al ver la calamitosa situación de aquella pobre señora.

—Que pase, le serviré algo —dijo.

—Yo le tengo el niño para que coma —se ofreció Susana.

La vieja se acomodó en una silla de cordeles vencidos; Edelmira le sirvió un poco de queso y unos trozos de chicharrón fríos, y no por menosprecio, sino porque a ella le gustaba comer así.

—¿De dónde es usted? —preguntó Susana, haciendo arrumacos al niño.

La vieja hizo que no escuchó la pregunta y, con mucha paciencia, terminó de tragar el bocado, limpiándose con el dorso de la mano alguna migaja.

—¿El niño es suyo? ¿O es una niña?

—Es un varoncito y no, no es mío, es de mi hija —respondió, quebrándose y comenzando a sollozar.

Edelmira la miraba en silencio.

—Ando regalando esta criatura —dijo en cuanto pudo hablar—. La mamá se murió en el parto y yo no puedo hacerme cargo, ya no tengo fuerzas para criarlo. Ustedes me parecen buenas personas, ¿quisieran agarrarlo?

—No puedo —dijo Edelmira, después de pensarlo un poco.

Susana la miró con incredulidad.

—¡Agarralo, tonta!

—No, no puedo, no está Florencio y a saber qué vaya a decir.

La anciana terminó de comer en silencio; ya no hubo más conversación. Solo el canto del gallo que tenían amarrado en el palito de limón de la esquina, junto a la polvosa bodega, interrumpía de vez en cuando el chasqueo de la comida masticada con la boca abierta.

—Muchas gracias les dé Dios —dijo la anciana, extendiendo sus manos al crío, a quien Susana de mala gana debió entregar.

—Espere —dijo Edelmira, cuando la vieja aún tenía un pie en la calle y el otro dentro de la casa.

Fue al cuarto y, de un bote de leche amarillo, sacó un rollito de billetes.

—Para que le compre algo a esa pobre criatura.

—Si cambian de opinión, voy a estar en el parque frente a catedral, hasta mañana al mediodía, porque tengo que regresarme para Nicaragua.

—El niño es bizco —trató de consolarse Edelmira, cuando se quedaron solas.

—¿Y qué te importa eso? ¡Se manda a operar, tonta! —dijo Susana—. Es un varón, te va a servir en tu vejez; mirá que vos no podés tener hijos.

—¡Yo sí puedo!

—No te enojes, pues, yo no te quería ofender. ¡Si es Florencio o vos, qué importa! La cuestión es que no tienen hijos.

Cuando Florencio regresó más tarde, cansado, colorado como un camarón y sudando como un cerdo, Susana se desahogó con indignación.

—¡Esta tonta de tu mujer no tiene remedio! Ahí andaba una anciana que le regalaba un niño y no lo quiso agarrar.

—¿Y por qué no lo agarraste, Edelmira? —preguntó Florencio, mientras se quitaba la camisa con la intención de acostarse en la gastada hamaca de hilo que estaba atravesada a medio corredor.

—No estabas vos, yo qué sé qué ibas a decir, si ibas a estar de acuerdo o no.

—¡Y era un varoncito, fíjate! —chilló Susana.

—¿Y hace mucho que se fue? ¿Dónde hallamos a esa mujer?

—A saber ya ratos que se fue —dijo Edelmira, torciendo la boca con disgusto aparente.

—¡Si serás olvidada vos, mujer! En el parque dijo que iba a ir a pedir limosna, allí enfrente de la catedral.

—Vayan, pues, y denle este dinero a esa pobre mujer —tosió Florencio, carraspeando una asquerosa flema.

—¿Y vos no vas a ir con nosotras?

—No, yo vengo cansado, no hace falta que vaya; además, ya guardé el carro y no quiero sacarlo de nuevo.

 

Capítulo 2

“El rapto de la señorita Rividiego”

Desde el corredor de la casona que presuntuosa se erguía en la loma, Cipriano Rividiego vio llegar a Emigdio Vargas montado en un caballo bastante pequeño de color rojizo, primero de lejos entre los piñales arañados por las ramas secas de los aceitunos, luego bajando el camino pedregoso con dirección a su casa.

Aprovechaba la tarde calurosa de un abril seco y desgranaba las mazorcas que había guardado para la siembra de ese año. Utilizaba un olote con gran habilidad y terminó cinco de ellas antes de que el jinete estuviera en el portillo frente al patio.

—¿Quién dice que es usted?

—Soy el papá de Florencio Vargas.

La mujer de Cipriano, al escuchar el nombre, quitó el martillo del revólver y lo guardó en la gaveta sin intención de salir a saludar al indeseado visitante. ¡Ojalá hubiera sido ella y no el inútil de su hijo quien hubiera acompañado a Edelmira a la fiesta el día anterior!

—¿Viene a llevar el caballo?

El día anterior, Florencio dejó su caballo en la casa del viejo y se fue a la fiesta del pueblo a robarse a su hija.

Y el viejo, cuando se dio cuenta de que se habían fugado sin su bendición, soltó la bestia, teniendo cuidado de darle antes un poco de agua y algo de pastura.

<<El animal no tenía culpa de nada>>

—¿Entonces viene a llevar el caballo? Ya no está, yo lo solté ayer en la tarde; es un animal inteligente y sabrá cómo regresar con sus dueños.

—Usted y yo no nos conocíamos, aunque ya lo había oído mentar… en bien, por supuesto.

—Ya le dije que el caballo no está aquí —y siguió desgranando.

—No, señor, no vengo a traer el caballo; ayer llegó en la tarde-noche, como usted dice. Me traen otros asuntos más importantes.

Cipriano dejó caer la última mazorca sin granos en el canasto y levantó la cabeza para ver con ojos tristes al nervioso visitante. Hubo un silencio incómodo, en el cual se dejaron oír algunos mugidos vacunos y cacareos de gallinas pizpiretas.

—Allá a la casa llegó Florencio con su muchacha, y pues yo quiero que arreglemos las cosas y que se casen bien.

—¿Y para qué iban a casarse si ya están juntos? Su hijo es un abusivo, vino a dejar el caballo aquí y se llevó a mi hija. ¡No tenemos nada que arreglar! Y sepa que, si el día de mañana el hombre la deja, aquí en la casa ya no hay lugar para ella.

Al final terminarían haciendo un simulacro de boda, a la cual debieron asistir Cipriano y su esposa, solamente para guardar las apariencias.

Florentino Vargas hubiera querido que las cosas fueran diferentes, pero a fuerza de ser sinceros, con Edelmira Rividiego aquella era la única manera de formalizar algo.

Se decía de ella que había dejado plantados a muchos pretendientes, incluso a uno en la puerta de la iglesia; y aunque de momento estaba con él, lo cierto es que no quería nada serio… le gustaba, tenía buen físico…

¡Pero era tan corriente y poco listo!

Así que, cuando llegó a visitarla como hacía de vez en cuando y le dijeron que había quedado con Estuardo el gorrioncillo para ir al baile, lleno de furia tomó la decisión de llevársela por la fuerza, olvidando en su desesperación el caballo que amarró en el patio, justo en la raíz del amate, allí por donde estaba la piedra que servía de salar para las vacas.

La encontró bailando pegadito con Estuardo y, fuera de sí, desenfundó su revólver y les apuntó a la cabeza, primero al gorrioncillo y después a ella.

—¡No me mate, Florencio; mátelo a él, que fue él me sedujo!

—¡Venga para afuera! —le indicó, haciendo señas con el arma—. ¡Y ustedes sigan tocando! —ordenó a los músicos, que desafinados por los nervios siguieron el jolgorio, aunque ya nadie volvió al baile.

Afuera lo esperaban César Arturo y Carlos José, dos malacates amigos suyos, con la montura dispuesta.

—¡No me mate, por vida suya, Florencio, si yo solo a usted lo quiero!

—¡Con los hombres no se juega! Súbase al caballo, que hoy me la voy a llevar.

—¡No! Mejor pégueme un tiro aquí mismo —se envalentonó Edelmira.

Florencio resopló como un toro enfurecido, en franco ademán de golpearla con el dorso de la mano, pero se detuvo; aquel rostro era demasiado bello para ser castigado, por mucho que se lo mereciera. Así que la levantó con gran facilidad, colocándola atravesada en el caballo como si fuera un costal de maíz, y de un salto montó la bestia, que echó a galopar antes de que las espuelas le picaran los ijares.

Edenilson, su hermano, borracho como estaba, apenas si se dio cuenta del alboroto, y no fue hasta que Estuardo, histérico, llegó a gritarle que recordó la encomienda de cuidar que nada malo le pasara a la coscolina muchacha.

—¡Se acaban de llevar a tu hermana!

Como pago, recibió sendos puñetazos en el ojo derecho por cobarde, por no tener el valor de defender a su novia.

Mareado, salió al portalón y, viendo cómo la echaron en el caballo, disparó los seis tiros de su revólver, pero ebrio como estaba no acertó ninguno y siguió apretando el gatillo por un buen rato sin enterarse de que ya no tenía balas.

—¡Tanto que se les ha enseñado a tirar y ningún disparo pegó el inútil! —diría más tarde su madre, hecha una furia.

—¡Se me fueron los mal nacidos, mamá!

—¡Come m… cara de perro! ¿No será que vos estuviste de acuerdo con ellos?

—¡No, mamá, si yo les eché balazos! Pero era un poco de hombres, quizás como diez o veinte, los que la encaramaron en el caballo, y un hombre iba al anca y a ella la llevaban boca abajo.

 

Capítulo 3

“Te voy a sacar del monte”

Pasó algún tiempo y el escándalo del rapto, poco a poco, se convirtió en un chisme gastado que dejó de llamar la atención, quedando relegado a un cuento viejo que todos terminaron viendo como algo que debía hacerse de ese modo; incluso algunos enamorados lo imitaron, en parte con éxito, y otros terminaron con un tiro en los sesos.

Florencio superaba con creces al más laborioso de los mozos en la loma; era fuerte y caprichoso como su caballo, pero por más que hiciera nunca pasaba de unas pocas vacas, un puñado desparramado de gallinas y su buena montura.

Para poder superarse en la vida no es cuestión solo de trabajar como un mulo de sol a sol; para poder crecer hay que tener cabeza y paciencia, por supuesto, últimas dos que ni Edelmira ni su esposo siquiera imaginaban conocer.

Cuando Florencio vio que no podía prosperar, por mucho que trabajara, decidió seguir los pasos de sus hermanos y de cuantos buscan fortuna rápida sin tener que vender su alma al Diablo en algún oficio ilícito; emigraría para los Estados Unidos, pero como ese viaje siempre ha sido costoso y no tenía cómo pagarlo, decidió vender todo lo que tenía a la única persona en el mundo que podía comprarle de una manera justa.

—¡Don Cipriano, le vendo mi casa, el caballo y mis vacas!

—Yo ya tengo dos casas y muchas vacas… los caballos no me gustan, prefiero las mulas; además, ¿dónde va a vivir Edelmira?

—Aquí, con usted.

—¡No, señor! Usted vino a robársela, ¿y ahora quiere traerla de vuelta?

Florencio se limpió el sudor con el dorso de la mano y, como pudo, haciendo un esfuerzo supremo, con un vocabulario escueto explicó sus planes de emigrar para hacer fortuna; manifestó que aquello era temporal y que no había pensado en ningún momento abandonar a su esposa.

—No hace falta que venda nada —dijo Dolores, la arisca y malpensada, pero muy inteligente suegra de Florencio—. Si no tenés comida para alimentarla, aquí que venga a comer mi hija, pero ella tiene que estar en su casa.

—Me da pendiente que esté sola, ya que no hay casas cerca; podría pasarle algo.

—¿Entonces para qué se va? —dijo Cipriano.

—Aquí que se venga en el día y que se vaya en la noche para la casa; déjele su pistola, que ella sabe disparar muy bien —interrumpió Dolores.

—Bueno, es que también vendía la casa para tener dinero para irme.

—¿Cuánto es lo que ocupás? —preguntó Cipriano.

—Quinientos colones.

—No vayás a vender nada, te los voy a prestar yo, pero me los pagás.

—¡A mí me los mandás! —dijo Dolores, que conocía a su esposo demasiado bien—, para ver que es verdad que se los pagás.

A Edelmira no le hacía mucha gracia que Florencio se fuera quién sabe por cuánto tiempo a los Estados, pero tampoco era para morirse; de todos modos, si no regresaba, le sobraban pretendientes que con gusto se la robarían en algún baile de pueblo mientras su despistado hermano se ahogaba en aguardiente.

Se prometieron fidelidad y muchas cosas más para después, con la bendición de todos, un día de mucho calor, a las nueve y cuarenta y dos de la mañana, montado en su caballo, se fue a encontrar con el coyote en el pueblo y de allí a tomar el tren del litoral.

Nada supieron en mucho tiempo del peregrino, y los días se convirtieron en meses, hasta que todos se aburrieron de esperar alguna noticia y decidieron que el inútil a lo mejor se habría ahogado cruzando el río Bravo, o estaría muerto disecándose al sol, medio comido por las alimañas del desierto.

Ya habían pagado la primera misa, para al menos rescatar su alma del infierno que bien merecido se tenía, cuando llegó una gigantesca grabadora de catorce baterías, la cual mandó como ofrenda de paz para congraciarse con sus suegros y para que Edelmira escuchara las radionovelas que tanto le gustaban. También escribió una larguísima epístola en la que confesaba el sufrimiento de su viaje y las vicisitudes y atropellos que padecía con paciencia de santo, prometiendo que la próxima vez mandaría dinero para comenzar a saldar su deuda.

El hombre pagó puntual; mes a mes mandaba dinero y más dinero: billetes en inglés del mismo color todos, pero con diferente diseño, fortuna que Edelmira guardaba en un hoyo, detrás del cuadro del santo que, con mirada austera, los espiaba desde el grueso adobe de su casa.

Dos años después, sin avisarle a nadie, regresó y se compraron una casona en la ciudad de San Cristóbal.

“Un día te voy a sacar del monte”, le había prometido.

 

Capítulo 4

“Confesión”

El mes de julio desató con furia los grandes aguaceros de antaño. Las noches eran tormentosas y los días calurosos; y aunque en la ciudad no llovía tanto como en la loma, caía suficiente agua para lavar las calles y desbordar el río Grande.

Los truenos, como tambores, opacaban por momentos el redoble abierto de las gotas en el techo, partículas que se unían para formar hilos de plata que se precipitarían luego entre los canales antes de estrellarse con el concreto y perderse en la oscuridad de un tibio desagüe lleno de ratas y cucarachas.

—Florencio, estoy embarazada.

—¿Cómo?

—Creo que estoy embarazada.

—¿De dónde vas a quedar preñada?

—Bueno, somos marido y mujer.

Estaban desnudos en la cama, escuchando la lluvia, en el sosiego que deriva la pasión.

La verdad es que casi no platicaban; lo de ellos era una relación a señas o por intuición, donde no hacía falta decir nada, porque ya cada uno sabía qué hacer, y las veces que conversaban de manera decente era después del coito, porque el tiempo restante estaban ocupados en algún quehacer, escuchando la radio o discutiendo por alguna tontería.

—¡No moleste, yo soy estéril!

—¿Y cómo sabe usted eso?

—Yo, en Estados Unidos, en los dos años que estuve, me acosté con miles de mujeres y ninguna de ellas quedó embarazada; así que si estás preñada será de otro.

Edelmira guardó silencio. Aquella confesión dolía, aunque desde hace tiempo lo había imaginado y lo había asumido como parte del precio a pagar por salir del monte.

¿Cómo iba a guardarse un hombre por tanto tiempo sin tocar mujer?

—¿Cómo va a creer que yo lo voy a engañar?

—¿Entonces cómo es que está preñada?

—Es broma, lo decía porque yo quisiera tener un hijo.

—Pues no piense en eso, nosotros nunca vamos a tener hijos.

Las gotas se fueron apagando y los truenos haciéndose más fuertes, hasta que dejó de llover.

—No llore, a lo mejor nos regalan uno.

 

Capítulo 5

TELEGRAMA

Edelmira se levantó bastante tarde el siguiente día; quizás serían las ocho de la mañana.

Al abrir la puerta, en el guayabo había un pájaro retozando y desgajando cientos de gotas que destellaban como cristales a la luz del sol.

En la mesa estaba un plato de comida servido.

<<Los Estados Unidos cambian a la gente>>, pensó.

Quitó la manta curtida que cubría el peltre y sintió con intensidad el exquisito olor del desayuno de siempre; no obstante, aquello le vino a revolver las entrañas y corrió a vomitar bilis antes de alcanzar siquiera a llegar a la puerta del baño.

<<¿Dios mío, qué hago?>>

Procuró comer un poco, pero fue inútil; así que se empeñó en hacer el oficio de todos los días mientras pensaba en algo.

Barrió todo el patio con la mente absorta en lo que estaba pasando.

<<¿Cuánto tiempo tendré de embarazo? ¿Un mes? ¿Dos?>> Hizo cuentas, parando el oficio y cerrando los ojos para no equivocarse, mientras contaba números imaginarios con los dedos para concluir que a lo más tendría un mes y medio.

Trapeó el piso ajedrezado rojo y amarillo del corredor de la casa y de los cuartos, las dos veces de rigor: una para el polvo y la otra para el brillo.

<<¿Y si me voy para la casa de mi mamá?>>

Puso a cocer los frijoles y, mientras tanto, aprovechó para lavar el maíz, escuchando el cacareo asmático de las gallinas y el motor de los pocos vehículos alejándose de la ciudad, o llegando de quién sabe dónde.

Pensó y pensó en todas las posibilidades, pero la mejor opción que se le vino a la mente fue pedir ayuda a Mercedes, su hermana la monja que vivía en Honduras; ella siempre tenía una solución para los problemas de todos, menos para los suyos.

A las once de la mañana, sobre la pulida tabla de la mesa en la oficina de correos, escribió un telegrama:

“Problema de vida o muerte, urge vengas a mi casa.”

No quiso depositarlo en el buzón, sino que se lo entregó al cartero con algunas monedas de más, para que llegara con mayor rapidez.

Los días siguientes transcurrieron en la normalidad posible; Edelmira procuraba vomitar sin que su marido lo notara. Andaba siempre en el bolso del delantal una tajada de limón y un puñado de sal para lidiar mejor con las náuseas.

—¿Le quemaste la pata a Florencio? —preguntó con complicidad Mercedes, nueve días después.

—¡Dios guarde, vos, qué clase de mujer creés que soy!

—Bueno, entonces habrá que hacer algo, porque ese hombre es capaz de matarte si sabe que estás embarazada —dijo la monja, que cada día creía menos en los milagros de san Antonio de Padua.

 

 Capítulo 6

EL PLAN

A Florencio no le extrañó la visita de Mercedes; solía llegar de vez en cuando, sobre todo en el mes de agosto, para celebrar el cumpleaños de Cipriano.

—¿Desde cuándo está enferma?

—Yo qué sé, nunca cuenta nada; es igualita a mi suegra, pero según veo quizás un mes… tose y tose toda la noche y a menudo no alcanza a llegar ni al portón por el cansancio.

—¡Dos meses, y yo sin enterarme de nada!

Edelmira estaba en la cocina, sosteniendo un hígado de pollo deshecho entre las manos, recordándose una y otra vez por qué debía ponerse aquel aborrecible coágulo en la boca.

La ventana entreabierta dejaba pasar un poco de luz sobre el enorme queso seco que nunca se terminaba, por más que se empeñara en regalarlo a cuanta visita llegara o a los pordioseros que con frecuencia tocaban el portón para pedir una limosnita por el amor de Dios.

Con Mercedes habían decidido que lo mejor sería irse cuanto antes para Honduras, antes de que el embarazo fuera evidente, y parir allá la criatura; ya luego verían cómo se las arreglaban con lo demás.

Contuvo por un momento la respiración y puso la tercera parte de la víscera gelatinosa sobre la lengua, recordando con tristeza al pollo amarrado en la esquina junto al nance, viendo cómo afilaba el cuchillo con el que después lo iba a degollar.

La escupió de inmediato.

¡Sabía horrible!

<<Tenés que hacerlo, Edelmira, Florencio va a matarte si sabe que estás preñada>>

Se puso un poco de sal en la boca para adormecer las papilas gustativas y salió con dos tazas de café hervido.

Cruzó el patio haciendo esfuerzos para no vomitar.

Mercedes la vio pasar por debajo del guayabo y luego cerca del lavadero…

<<Aguantá, hermanita, debés llegar hasta aquí>>

Los esputos cayeron cerca de las botas de Florencio; las tazas se rompieron en mil pedazos y Edelmira se desvaneció sin necesidad de fingir.

Poco a poco comenzó a recobrar la conciencia, alentada por el fuerte olor del “agua florida”. Estaba todavía en el suelo, aunque apoyada en las piernas de su hermana. Florentino movía frente a sus ojos la manta de las tortillas para ventilarle un poco de oxígeno.

—¿Qué pasó?

—Te desmayaste —respondió su marido.

—¿Otra vez? —tosiendo de nuevo para terminar de expulsar la horrible entraña del pollo que tuvo que morir para salvarle la vida.

—¡Hay que llevarla al hospital rápido para que la atiendan! —dijo angustiado Florencio, mientras la ponía con delicadeza en la hamaca del corredor.

—¡Al hospital no, allí se muere la gente!

—Es cierto lo que dice tu mujer; lo mejor será llevarla al Centro Médico. Es más caro, pero al menos estará bien atendida y no la van a dejar morir para vender la caja a alguna funeraria.

Edelmira volvió a toser y vomitó sin miedo, mientras su marido buscaba las llaves del carro en la gaveta del ropero, con la esperanza de que los ahorros que tenían serían suficientes para cubrir los gastos del carísimo hospital privado.

Mercedes sonrió; todo estaba saliendo según su plan.

 

CAPÍTULO 7

«De dos males, el menos peor»

Florencio regresó del cuarto, pálido, y se paró frente a las mujeres con la mirada perdida.

—No hay dinero en la gaveta…

—Sí, se me olvidó decirte que fui a pagar al banco.

—¿Y todo el dinero llevaste?

—Bueno, es que pensé que si adelantábamos un poco iban a bajar los intereses.

Florencio no se disgustó por lo de los abonos al préstamo; de todos modos, pensaba vender unos terneros en el tiangue de Santa Rosa para adelantar algo del pago. El problema es que aquello iba a llevar tiempo y justo en ese momento no tenían nada.

Edelmira parecía bastante repuesta, pero no iba a esperar otra crisis.

—¿Y qué hacemos ahora? ¿Te llevo al hospital?

Intervino entonces Mercedes y, como quien no quiere la cosa, se dirigió a su hermana:

—Mirá, fíjate que tengo unos amigos que, cuando yo trabajaba en migración, les ayudaba; eran unos médicos extranjeros. Ellos quizá te puedan socorrer, no vaya a ser un cáncer lo que tengas… ¡o algo peor!

—¡Dios no quiera, hermanita, no digás eso!

—Si Florencio te da permiso, nos podemos ir esta semana que yo me regrese.

—No puedo dejar solo a mi esposo; ya sabés que una tiene que atender siempre a su marido, aunque esté enferma.

Florencio se preocupó; hizo cálculos mentales sobre una posible vida si su mujer fallecía o unas semanas en Honduras, y le pareció mucho mejor negocio aguantar unos días de soledad que una vida sin ella. Ya para el oficio diario podría llegar su prima Susana Vargas, de vez en cuando.

—Deberías de irte con tu hermana a tratarte de esa enfermedad.

 

CAPÍTULO 8

El convento

Edelmira partió para Honduras un día lunes de canícula, cuando el sol se levantaba con desgano, iluminando apenas los campanarios gemelos de la iglesia, que repicaban vomitando cientos de palomas por las ventanas con dirección al parque Guzmán.

El sábado anterior había puesto en una maleta de gitano algunas ropas, un par de zapatos de domingo y las sandalias para estar en casa.

Florencio la llevó para la loma, donde sus padres, ya que ella quería pasar despidiéndose por si no regresaba.

El domingo fue a misa a confesarse y le contó al cura todos sus planes, no sin antes pedirle que no fuera a decirle nada al chambroso sacristán, ya que su vida dependía de ello.

—Edelmira está preñada y se va lejos a parir a nuestro nieto —le dijo Cipriano a Dolores, justo antes de que ella se perdiera detrás de la vuelta del polvoso camino, con cercos de piedra a ambos lados.

—¡Ay, Cipriano, vos siempre tan malicioso! ¿Por qué querría irse lejos?

El viejo no dijo nada; consultó las fechas en el almanaque Bristol y se regocijó al pensar en el regalo que vendría pronto a llenar de algarabía la casona de la loma.

Una vez en Honduras, Edelmira se hospedó en un cuartito pequeño, pero muy limpio y bien acondicionado, del convento de las capuchinas.

En ese lugar vivió y sufrió sin miedo su embarazo; las hermanas de la orden la cuidaban y la trataban bien, y ella procuraba ayudar en lo que pudiera, aunque le parecía que aquellas buenas mujeres llevaban una vida en extremo aburrida.

Veintidós días después llegó Florencio a visitarla, pero no le permitieron verla.

—Está ingresada; tiene enfermos los pulmones, tuberculosis, dijo el médico, altamente contagiosa; así que no puede ver a nadie. Ni a nosotras nos dejan visitarla. Se la llevaron para un hospital en las montañas de Yoro para que se recupere más luego, pero mientras se mejora va usted a tener que cubrir los gastos; así que cada tres meses tiene que traer lo que se le detalla en ese comprobante.

El bueno de Florencio se hizo a la idea de que aquello iba a durar un poco más de lo que él pensaba. El dinero no era problema; el problema era su soledad.

Edelmira lo veía por un agujero desde la ventana de su cuarto cada vez que llegaba puntual a dejar el dinero.

Lloraba y se acariciaba el vientre, que se movía inquieto al oír la voz nasal de Florencio. Ella también lo extrañaba.

 

Epílogo

Nueve meses después del parto, Mercedes tocó el inmenso portón con los nudillos… Edelmira percibió el golpeteo apagado y, con el corazón a punto de salirse de su pecho, hizo un esfuerzo para fingir que no había oído nada. La mujer se chupó los nudillos adoloridos por el contacto con el durísimo metal y sacó de su cartera una moneda de diez centavos y golpeó con más fuerza esta vez.

—¡Espere, ahora voy! —gritó Edelmira desde la mesa.

¡Su hijo había llegado al fin!


—Miguelan, 2023


Nota del autor: Este relato nació durante la escritura de la novela La flor de Canaire. Aunque no encontró su lugar como capítulo, permanece ligado a su mundo y a sus preguntas esenciales, está basado en hechos reales



jueves, 15 de enero de 2026

INÉS HUMBERTINA


Desde el mediodía, Florentino había estado bebiendo con Asterio y Amasvindo; sus amigos malhablados y chabacanes, a quienes Inés debía soportar cada vez que su esposo regresaba del mar.

Todo marchaba con la normalidad de otras veces hasta que se le ocurrió la estúpida idea de sacar su pistola y comenzar a disparar al aire. Para desgracia de todos, con la borrachera ya no atinaba a levantar bien la mano y las balas a veces pegaban en un barril con agua, que se desparramaba en chorros de advertencia; otras veces, en el tronco del cocotero del patio o en las tinajas de barro, que volaban en cientos de escandalosos tiestos.
Todo iba bien hasta que Clorinda, la sirvienta, salió a la puerta gritando:

—¡Ya no tiren, ya no tiren, está Tina muerta!

Amasvindo huyó despavorido, tropezando y cayendo, en un zigzag de cobardía digno de un Judas contemporáneo.
Florentino salvó los metros que le separaban de su casa para encontrar a Inés, con un tiro en la cabeza y el tazón de leche que batía para el biberón del niño desparramado en el suelo.
A pesar de la borrachera, era consciente de lo que había hecho; abrazó a su esposa llorando desconsolado.

—¡Inés, mi amor, respóndeme! ¡Inés, por los niños, vos no te podés morir así!

Inés nunca más respondería nada a nadie.
Él la puso con delicadeza en el suelo, se paró cabizbajo, apoyó la mano llena de sangre en la tabla curtida por el salitre y se puso la pistola en la sien.

—¡No te matés, hombre, vos no tuviste la culpa! —gritó Asterio, forcejeando para quitarle el arma.
—¡Dejame, soltame, yo para qué quiero vivir sin Inés!

En el forcejeo la pistola se disparó, perforando la nariz de Asterio de lado a lado, quien, aturdido por el fogonazo, cayó de bruces, desmayado pero vivo, y con una horrible matadura que llevaría por el resto de su vida.

—¡Ahora ya maté a mi amigo también! —dijo, y se puso de nuevo la pistola en la cabeza.

—¡Mire, don Florentino, si se va a matar, al menos váyase para afuera; ya los niños han tenido suficiente con lo que han visto! —dijo Clorinda, a quien los nervios la habían vuelto una furia.

Con el rostro desencajado por el dolor y el remordimiento, se volteó para buscar a sus hijos.
Carlos y Ángel lloraban abrazados debajo de la cama.
Bajó la mano asesina y caminó hacia afuera arrastrando los pies, dispuesto a terminar con todo de una vez.

 

II

Florentino, como ya habrán imaginado, era marino, y no un navegante cualquiera, sino el capitán de un barco que recién había regresado de Puerto Corinto, Nicaragua. Puso en las manos enjoyadas de su esposa cada centavo de la paga obtenida en quince días de ausencia, para que ella, mucho mejor administradora, comprara las medicinas de los niños, la comida de la quincena y el pago de la muchacha; porque eso sí, él nunca la dejó que trabajara.

—Yo te quiero como esposa, no como criada, y mientras yo viva, vos lo único que vas a hacer será cuidar a los hijos que Dios quiera darnos —le dijo cuando ella se fugó con él una tarde-noche de invierno, y se lo cumplió hasta el día en que le metió, sin querer, una bala en medio de los ojos.

* * *

—Papá, yo no me quiero ir con marido; me quiero casar aunque sea por lo civil… con su bendición.

—Mire usted cómo hace, ya es mayor de edad… —dijo con dolor Abraham, su padre, que comprendía mejor que cualquiera el amor que sentía su primera hija; lo había advertido aun antes de que ella se diera cuenta.

Él la amaba sobre todas las cosas y personas. Inés siempre había sido un rayo de luz en su vida desde aquel 16 de abril de 1929, cuando la vieja Teodosia diera un augurio a medias.
Fue desde pequeña muy cariñosa; le acompañaba en su caballo donde él fuera. Si estaba en la finca, allí estaba ella; si iba a ver los mozos, allí iba ella; hasta aprendió a silbarles a las vacas cuando iban a darles agua en la quebrada del Cantilón.
Después, cuando creció, se volvió una muchacha muy hacendosa y educada, a quien su madre confiaba las riendas del hogar cuando salía.

No, no tenía nada personal contra el hondureño bien parecido que había enamorado a Inés a escondidas los domingos después de misa; ni lo culpaba por enamorarse de su hija, que era tan bonita como su madre. Él sabía que ella, tarde o temprano, iba a hacer su vida; incluso ya hacía algunos años que debía haberse casado; pero como padre no tenía prisa en el asunto y debía procurar lo mejor para ella.

—Si querés casarte con él, hacelo, pero no quiero que Florentino esté viniendo a la casa; a mí me da mala espina, tan joven y bolo… Lo sé ver yo en Santa Rosa, tirado de borracho. ¡Hasta la vida te puede quitar en una borrachera y vas a dejar a tus hijos huérfanos, ni quiero pensar en eso!

Como puede suponer cualquiera que haya tenido hijas, Inés no hizo caso al consejo y siguió viéndose con su novio cada vez que podía; a veces en el pueblo, cuando iba a confesarle al padre Venancio; los largos besos que se daban en la quebrada o en el río donde se veían a escondidas, hasta que Florentino huía, alertado por el ruido del caballo de Abraham, cuando bajaba por la vereda para ir a aguar las vacas.

—¿Con quién estabas?
—Con nadie, papá.
—Ah, bueno, ahí me esperás y nos vamos juntos cuando las bestias hayan bebido.

«Con nadie» —pensaba Abraham, viendo las huellas que veloces se perdían detrás de los arbustos, y suspiraba resignado—. Aquella era una batalla que no podía ganar.
«No se puede luchar contra el amor y el destino».
Su hija ya no era la niña que él quería que siguiera siendo.

 

III

—Mamá, me voy a casar mañana con Florentino; ya hablamos con el juez —dijo Inés a su madre mientras limpiaba los frijoles para el almuerzo.

Ella dejó de amasar la cuajada por un momento y se imaginó la reacción que iba a tener Abraham cuando se diera cuenta.

—¿Lo pensaste bien? Ya oíste lo que te dijo tu papá.
—Sí, pero he decidido hacerlo de todos modos. Él me ama y me lo ha demostrado, y hasta a usted le cae bien porque sabe que su amor es sincero.
—Es verdad… tal vez no te vaya mal en la vida.
—¿Me dará usted su bendición?
—No, aunque quiera, no es posible; es el padre el que debe bendecir a los hijos, así lo dice la Escritura… pero voy a rezar cada día para que Dios te cuide.
—Está bien, mamá; a usted siempre la oye Diosito.
—No te vayas a ir sola; le voy a decir a Santos Lizama que te acompañe hasta el otro lado del río… mejor hasta la casa de Florentino.

El siguiente día amaneció lloviznando. Las vacas mugían con tristeza mientras los corraleros llenaban los baldes con leche humeante.
Humbertina aseó la casa mejor que nunca, hizo el oficio temprano. No habló mucho con sus padres, más allá del saludo.

Sus hermanas estaban enteradas del asunto, ya que Thelma, la más pequeña, todo lo oía, todo lo veía y todo se lo contaba a Estela; pero era lo mismo que nada supieran, ya que jamás se expondrían a la paliza de su madre si llegaba a enterarse de que escuchaban detrás de las puertas. Así que la siguieron todo el día. Cada paso que daba Inés lo daban ellas detrás, mirándola con malicia.

—¿Qué tanto me miran ustedes dos?

Entonces estallaban en risas y huían a esconderse en los rincones o detrás de la puerta, y así.

«Ojalá ustedes no tengan que hacer lo que yo voy a hacer» —pensó, deseando la mejor de las suertes para sus hermanas.

Pasado el mediodía, cuando Abraham dormía la siesta en la hamaca del corredor, cuidado por su fiel perro Piñico, ella se arregló y se fue con la señora que trabajaba en su casa desde antes de que ella naciera. No llevaba nada más que sus papeles de identificación envueltos en una bolsa de plástico, escondidos en el delantal.
Vio a su padre y quiso correr a abrazarlo y quedarse con él para siempre, pero no sería posible esta vez.

Afuera seguía lloviznando y debía darse prisa antes de que las quebradas crecieran más y no les permitieran cruzar al otro lado.
Ya había dejado la cena lista y también el trabajo del siguiente día.

—Adiós, papá —dijo cubriéndose con el capote de él.
Lloraba.

Abraham despertó ya casi a las tres, aunque se veía más tarde por el temporal, y lo primero que hizo fue preguntar por su hija.

—Se fue al río a lavar los platos y no ha regresado.
—¿Ya la fueron a buscar?
—Estela y Thelma fueron, pero solo llegaron hasta la lomita porque estaba muy resbaloso por la lluvia.

Él se levantó pensativo y se ajustó la cincha con el revólver para ir a buscarla.
Su triste presentimiento se confirmó cuando vio que su capote no estaba en el lugar de siempre.
Vio a su esposa con tristeza. Ella bajó la cabeza.
Ninguno dijo nada. ¿Para qué?

De todos modos fingió ir a buscar a su hija, aunque lo que en realidad quería era saber que había llegado a salvo con su nueva familia.

* * *

Cuando Florentino cruzó la puerta, ya la guardia había llegado, sin duda avisada por Amasvindo, juntamente con toda la gente del pueblo.
Él vio con infinita tristeza la turba llena de morbo y tres guardias con polainas y cascos lustrosos. Dejó caer la pistola en la arena y extendió las manos para que lo ataran; estaba muerto, más muerto que su amada Inés Humbertina.

Cuando lo hubieron asegurado, se volteó para ver a sus hijos, Carlos y Ángel.

—¡Por favor, perdónenme!
—¡Mataste a mi mamá! ¡Vas a salir de la cárcel y yo, con mis manos, te voy a matar! —le gritaba Ángel, el más pequeño, de apenas cinco años.

Estuvo dos años preso y, al salir, se fue al mar… Nunca jamás lo vieron de nuevo. Dijeron algunos que se fue para los lejanos puertos de África o que fue engullido por el mar cuando enfiló a propósito su barco hacia la más feroz tormenta jamás conocida. Lo cierto es que, de vez en vez, por muchos años, llegaba a casa de los abuelos alguna cantidad considerable de dinero para los gastos de los niños.

—¿Quién manda esto? —preguntaba indignada la abuela.
—No sé, no me dijo; es un señor que iba pasando a caballo y me pidió que le hiciera el favor.

 

—Miguelan.

 

Nota del autor: Este relato nació durante la escritura de la novela La flor de Canaire. Aunque no encontró su lugar como capítulo, permanece ligado a su mundo y a sus preguntas esenciales, está basado en hechos reales. Abraham es mi abuelo.