Sentado en la acera de la casa donde vivía, miraba cómo los niños corrían por las calles empedradas cantando alegremente: "que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caiga un chaparrón".
El viento anunciaba una de esas tormentas que se ven
pocas veces en el invierno; las señoras, presurosas, quitaban los trapos viejos
de los alambres para que no se mojaran. Algunos corrían para la tienda de la
esquina a comprar unas candelas y fósforos, porque siempre que llovía se iba la
luz.
Los árboles se mecían de un lado a otro y las hojas
en la calle pasaban veloces frente a las puertas de madera un poco podridas.
La abuela, en su silla mecedora, miraba por la
ventana y recordaba, porque al final de la vida solo eso les queda a los
viejos: los recuerdos.
—¡Andá, meté a los cipotes, que ya viene el agua y
se van a enfermar! —le gritó a la hija que terminaba de poner la ropa en la
cama.
La lluvia casi, casi caía; parecía que estaba
hinchando las nubes para reventarlas de golpe.
La mano temblorosa de la abuela se llevaba la taza
de café humeante hasta unos labios agrietados por el tiempo, labios que otrora
despertaran tantas pasiones allá cuando recién el tren pasaba frente a los ojos
maravillados de los habitantes de no sé dónde.
Él continuaba sentado, viendo cómo los rapaces eran
cazados uno a uno por las preocupadas madres, y algunos, los más veloces, hasta
por los cabellos.
Era hijo de un militar; un valiente soldado que había
logrado tener un rango medio en la milicia.
Los blancos cabellos de la anciana resplandecían con
los reflejos de los relámpagos, mientras sostenía al más pequeño de sus nietos,
que, tembloroso por los truenos, se refugiaba en su tibio regazo.
—¡No tenga miedo, hijo; usté tiene que ser como su
abuelo, valiente y decidido! —le decía—.
"Un ánimo recto, una vida feliz", solía
decir el viejo soldado curtido por mil batallas, y no es que no tuviera miedo; sí
lo tenía, pero su amor por ellos era mayor.
"Pertenecer al ejército es lo mejor que le
puede pasar a un hombre", repetía a menudo.
Tal vez fuera cierto; pero, para los ojos que
miraban cómo las gruesas gotas de lluvia empezaban a mojar las piedras de la
calle, quizás no fuera lo más apropiado.
No le gustaba la guerra; era un soñador, de esos que
se quedan como dormidos por larguísimos ratos. Él sabía que no sería capaz de
soportar todo lo que el viejo militar había soportado. No, él estaba
acostumbrado a una vida más tranquila.
No sería capaz de quedarse impávido, viendo cómo sus
compañeros, después de tender emboscadas y matar a los rebeldes, se dedicaban a
saquear los pueblos, violar a sus mujeres y hacer todo aquello que se supone un
militar honesto no debe hacer.
Su padre fue un capitán honesto, que amaba la
profesión de soldado y era amado por sus subalternos. Era sencillo y de no
muchas palabras, pero fiero como un león a la hora del combate. Iba siempre con
la bandera, abriendo brecha para que pasaran los demás; para su mala fortuna,
eso mismo le ganó el odio de muchos.
Una vez se lo preguntó:
— ¿Y usted por qué no hace nada? Denúncielos en el
consejo de guerra.
—No serviría de nada; son muchos y me temo que el
consejo de guerra está infiltrado...
— ¡Entonces denúncielos con el coronel!
—No me puedo saltar el consejo de guerra e ir
directamente con el coronel; eso sería indisciplina además, él ya lo sabe.
— ¡Ya lo sabe! ¿Y por qué no hace nada?
—La lucha casi termina; por estrategia no conviene
ahora, pero ya verás, después que la
guerra acabe serán fusilados uno por uno, te lo prometo; están todos en una
lista negra.
— ¿Y cuándo acabará la guerra?
—Pronto, dicen; realmente nadie sabe, además, para
el que muere la guerra ha terminado.
— ¿Y qué gloria hay para el que cae?
— ¿Aún no lo entiendes? La gloria está en dar tu vida
por tu nación, por un ideal.
— ¿Y cómo te agradece la patria?
— ¿No darías tu vida por tus hijos?
—Sin dudarlo.
—Ellos también son la patria; no importa si no
agradecen, yo lucho por vos y por tus hermanos —le dijo, mientras sonreía,
acariciando sus cabellos desordenados.
Un triste día, antes que el invierno comenzara, hubo
una fuerte batalla contra un poderoso enemigo, que había aniquilado a todos los
que habían querido entrar en su territorio.
Pronto fueron requeridos los generales más
experimentados y los soldados más valientes para tratar de conquistar ese
pueblo liberado. Como era de esperarse, el capitán y su regimiento fueron
convocados.
Una noche antes de partir se reunió con todos sus
hijos, menos uno que vivía muy lejos, en territorio enemigo. Se había puesto su
glorioso uniforme de gala; las medallas resplandecían en su pecho y la espada,
con empuñadura de oro que usaban los capitanes, estaba perfectamente afilada y
ceñida a la cintura.
—Voy a una batalla de la cual tal vez no regrese
—les dijo—. Si así fuera, “que el más grande cuide del más pequeño y que el más
pequeño respete al más grande”
Si muero, que sea de pie y con la espada
desenvainada, y que esta sea tomada de mis manos frías por el más valiente de
ustedes —dijo, mientras miraba los escurridizos ojos de uno de ellos—. Digan a
mi coronel que me voy con la frente en alto; he trabajado con manos limpias y
he amado su causa hasta dar mi vida por ella. Díganle que siempre habrá alguien
de mi sangre que abrace mis ideales.
Las lágrimas empezaban a escapar de los escurridizos
ojos del hijo del capitán. Hacía ocho días les había llegado una carta donde
les decían que el honorable capitán había muerto en combate, tratando de tomar
una trinchera enemiga. Dos de sus hermanos habían salido de inmediato para el
campo de batalla a tomar el puesto que dejara el valeroso soldado.
Pero él seguía sentado en aquella acera de aquel
pacífico pueblo, empapado con la lluvia y las lágrimas que salían de sus ojos.
—Miguelan.

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