En el grupo de WhatsApp familiar, uno de mis hermanos preguntó: si estuviéramos hoy frente a Dios, si pudiéramos preguntarle algo, ¿qué le preguntaríamos?
Todos dijeron algo diferente.
Me quedé pensando por un rato.
No porque no tuviera preguntas, sino porque me di cuenta que muchas veces
preguntamos desde el miedo, la culpa, el deseo o desde la curiosidad; pero hay
preguntas que nacen más hondo, desde el ser mismo.
¿Cuál es el objetivo integral de la creación?
¿Por qué no hizo cabra a mi hermana?
¿Qué es lo que más malinterpretamos de Ti?
¿Por qué nos dio libre albedrio y luego nos castiga por usarlo?
¿Por qué nos parecemos tanto a los monos?
Todas esas —y muchas otras— preguntas llegaron a mi cabeza, pero de algún
modo supe que debía profundizar un poco más en los arcanos de mi alma
atormentada. Quizá, si hoy estuviera frente al Padre Azul, debería preguntar
desde el abismo de mis mayores quimeras.
¿Seguiré existiendo después de morir, de manera conciente e individual?
¿O todo lo que soy se disolverá como una gota en un inconmensurable océano
de energía?
No preguntaría eso por apego al cuerpo ni por temor al castigo, sino
porque la conciencia —ese “yo” que se sabe a sí mismo— no parece un error ni un
accidente. Resulta difícil creer que algo capaz de amar, de buscar la verdad y
de interrogarse por su origen haya sido creado para apagarse sin sentido con la
muerte.
Me niego a aceptar que la conciencia sea un accidente descartable.
Nada que se sabe a sí mismo parece hecho para la nada.
La conciencia individual no es solo memoria ni carácter; es identidad y
sustancia, destruirla sería como crear una melodía para romperla en el último
acorde.
Los testimonios de personas que han pasado el umbral para regresar a la
vida coinciden en algo:
la muerte no aniquila la conciencia, la despoja de una forma.
El error frecuente quizás sea imaginar la continuidad como la misma
vida prolongada y no la misma identidad, sin el mismo traje.
Quizá Dios no respondería con definiciones ni conceptos.
Tal vez no explicaría nada.
Tal vez bastaría con sentir que existo porque soy sostenido, ahora mismo;
que no soy un error del tiempo ni un pensamiento pasajero; que la conciencia no
fue encendida para luego ser olvidada.
Pero si Él me respondiera con una sola frase, imagino que sería algo así:
“No te hice consciente para olvidarte.”
—Miguelan.
Enero 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario