domingo, 4 de enero de 2026

ROLANDO Y EL CADÁVER

(Historia basada en hechos reales. Los nombres fueron cambiados por razones obvias y quizá exagerada un poco por el escritor.)

El sonido metálico de los disparos desgarró el silencio de la noche. Por esos lados solo significaba una cosa: un muerto en algún sitio de la fronteriza ciudad.

Cadáver sonrió de oreja a oreja dentro del ataúd y le dijo a Rolando, que dormía en una colchoneta a su lado:

—¡Nada como el rechistar de un arma en la quietud de la noche!

Rolando murmuró algo y se dio vuelta. Había que aprovechar los ratos en que su trabajo le permitía dormir.

—¡Ya va a caer la llamada, así que mejor es que te vayas despabilando!

Hacía unos días había comenzado a trabajar en el difícil oficio de “muertero”, y poco a poco se había ido acostumbrando al desvelo. A su lado había un casquillo de bala calibre .38, parado junto a una carterita de fósforos, unas llaves y una caja de cigarrillos casi terminada.

Había querido el azar —en uno de sus extraños e incomprensibles giros— que el primer muerto en su trabajo fuera un primo suyo; un primo que era casi como un hermano. Se habían criado bastante cerca, una pared de por medio, en el viejísimo mesón de doña Tomasita. Compañeros de escuela y de travesuras.

Rolando era un joven con bastante educación. Su padre era pastor evangélico de una iglesia bastante popular y había tratado de inculcarle buenos principios y pagarle los colegios más caros; pero el muchacho siempre había sido contumaz y, a la edad de catorce años, se fue a trabajar en un camión con un hermano de religión. Allí aprendió las malas costumbres de los camioneros, pero también a sobrevivir entre los chacales.

Después se hizo amigo de Cadáver, quien lo convenció para que trabajara con él en la funeraria. No porque estimara gran cosa a Rolando —por lo menos en un principio, aunque después lo llegaría a llamar hermano—, sino porque de entrada vio que era un peleador nato, y ellos necesitaban a alguien así en el equipo…

La noche de su iniciación como “muertero” había llovido un poco, y de las calles se levantaba un vapor que adormecía a las miles de golondrinas que se balanceaban en el tendido eléctrico, manchando con su cagarruta blanquecina las calles solitarias, a esa hora en que los grillos han guardado sus violines para irse a dormir.

Cuando llegaron donde estaba el finado, la policía ya había acordonado la zona y Medicina Legal terminaba su trabajo. El veredicto era el de siempre: “supuesto pandillero asesinado por grupos rivales”, todo ello solo porque Bryan Ronaldo —así se llamaba el ultimado— tenía tatuado en el lado izquierdo del pecho, allí por donde está el corazón, unas manos unidas con un rosario.

Por esos días, cuando había un muerto, lo primero que preguntaban era:

—¿Tiene tatuajes?
—Sí… tiene uno pequeñito, es un dibujo de…
—¡Entonces es pandillero!

La sentencia era lapidaria, sin preocuparse por averiguar más. En el caso de Bryan, ¡ni siquiera era un dibujo bien hecho, sino que parecía uno de aquellos antiguos tatuajes verduzcos que se hacían los soldados con pólvora de balas y una aguja de coser!

Justo allí tenía uno de los tres disparos que le habían arrebatado la vida.

Lo más probable es que el caso se archivara y fuera olvidado al poco tiempo, aplastado por los innumerables asesinatos que le secundarían. Pero, si de algo estaba seguro Rolando, es que Bryan no era pandillero, sino un marihuano irredento que se pasaba las tardes prendido de su cachimba artesanal.

Mientras veía el cuerpo sin vida de su primo, un diente de oro brillaba entre los labios semiabiertos del desafortunado occiso. Ese diente no había llegado hasta allí por vanidad, sino como recuerdo de una vez que Bryan lo defendió en la escuela de unos bravucones que pretendían quitarle el francés con huevo que su mamá le había puesto para el recreo.

Rolando leía pasquines y cuentos policíacos en su tiempo libre, así que procuró ver algún indicio que pudiera darle algo de luz sobre el homicidio. Allí estaba el cuerpo con tres balazos, pero solo un casquillo relucía a unos diez metros del muerto. También parecía que habían arrastrado el cuerpo hasta donde se encontraba; lo raro era que no había más sangre que la esparcida debajo del cadáver, por lo tanto, las señas del arrastre eran un enigma para él…

Como Cadáver conocía a los de Medicina Legal, les permitieron acercarse, por supuesto después de una pequeña colaboración para los refrescos del perito y su ayudante. Rolando cerró los ojos de Bryan, que aún miraban a su asesino.

—Descansa en paz, primo; al rato nos vemos de nuevo.

Después, con cuidado y procurando disimular, tomó el casquillo de bala y trató de ver alguna otra cosa que pudiera decirle quién era el asesino. Pero solo distinguió unas huellas de zapatos harto comunes en la zona: “burritos” a medio gastar, que señalaban a miles de posibles asesinos… excepto por un pequeño detalle, uno minúsculo, que pasó desapercibido para todos y que llevaría a Rolando hasta las puertas mismas del asesino…

Un policía se acercó discretamente cuando ya levantaban el cuerpo y le dijo:

—Son diez dólares.
—¿Por qué?
—Por el casquillo.
—¿Cuál casquillo?

De todos modos, le dio el único billete arrugado de cinco dólares que andaba apuñado en el fondo del bolsillo, y el policía lo cogió de mala gana. Convenía tenerlo como amigo.

<<¡Los revólveres no botan los casquillos!>> pensó Rolando.

 

II

El teléfono de Cadáver sonó, tal como lo había vaticinado. El Seco y Rolando se miraron mientras el enjuto y pálido cuerpo caminaba hasta donde tenía cargando el celular, frotándose las manos.

Habló menos de un minuto y le dijo a Rolando:

—Sacá el carro, Derbez, que ya salió trabajo.

—Simón. ¿Dónde es?

—Allí por el burdel de don Freddy.

—¿Y quién es el finado?

—Liroboy, dicen. Lo ajusticiaron… ¡pero metele, no sea que los del Divino Niño quieran adelantarse!

La enorme y achatada nariz de Rolando olfateaba el casquillo que diera muerte a su primo. Días antes lo había llevado donde un detective que le debía un pequeño favor, pero los casquillos estaban “limpios”: era obvio que el asesino había usado guantes al cargar el arma, o los había limpiado.
Aun así, había algo que inquietaba al muertero: un olor que lograba percibir más allá del nauseabundo tufillo que la pólvora imprimía en el dorado cartucho.

Rolando era el encargado de conducir el carro para “muertear”: un pick-up cama larga, cuatro por cuatro. Cadáver cerraba los negocios y el Seco manejaba la limosina para los sepelios.

Cuando llegaron donde estaba el ajusticiado, Cadáver escupió, irritado, al ver el Ford de ocho cilindros con el logotipo de la funeraria El Divino Niño.
¡Se les habían adelantado!
Por fortuna, la policía no los había dejado pasar la cinta de seguridad amarilla que acordonaba el improvisado juzgado al aire libre.

Cadáver cruzó la cinta como Juan por su casa, sin que nadie le dijera nada, y con indiferencia vio el cuerpo del occiso. Casi con desprecio.
Los de la otra funeraria encendieron el poderoso motor de su automóvil y se largaron enojados. Cadáver los vio con el rabillo del ojo y comprendió que no se iban a dar por vencidos con facilidad. Se dirigió entonces a uno de los policías que montaban guardia, esperando al fiscal que aún no había salido de su casa.

—¿Qué onda?

—Tranquilo todo.

—¿Hace cuánto fue?

—Quizá media hora…

—¿Y quién sería?

—Vos sabés que estos mareros, cuando no los matan los de la otra mara, ellos mismos les dan en la nuca…

—¿Tenés cigarros? —dijo Cadáver, usando la frase convenida para esos casos, el santo y seña que identificaba al Tirador.

—Pues sí, pero fósforos no cargo —se identificó el policía.

El agente puso un cigarrillo en su boca y Cadáver le pasó el encendedor. Agradeció el gesto y le devolvió el Bic, dejando escapar una bocanada de perfumado tabaco hondureño.

Cadáver sonrió y, de manera amigable, le dio la mano deseándole buena suerte.
Ninguno vio el rollo de billetes que pasó en el apretón.
Nadie notó que el cañón Colt .45 del uniformado aún estaba caliente.
Negocio redondo.

Más tarde llegó Medicina Legal. Un colocho taciturno que aún olía a cerveza barata y sopa de cebolla. Se puso los guantes de látex y desabotonó la camisa que había estrenado el finado ese mismo día. Normalmente hacía bien su trabajo, pero hoy quería regresar pronto a su cama y ver si podía retomar el sueño que tenía con la Candita —la mesera que le servía las cervezas en La Puerta del Sol—, donde lo había dejado cuando lo llamaron para ir a reconocer un muerto que aún estaba vivo.

Sin impresionarse siquiera un poco, examinó las heridas de bala y los reconocidos tatuajes que identificaban a Liroboy como miembro activo de un conocido grupo delictivo. Terminó su trabajo, se quitó los guantes, miró a los policías, se encogió de hombros y mintió:

—Fue un homicidio… Por la posición del cuerpo y las señas, deduzco que se trató de un ajusticiamiento entre pandillas.
—Ya lo pueden levantar.

Rolando, el Seco y Cadáver lo tiraron sin ningún respeto en la cama del vehículo. El cuerpo sonó como un manojo de leña seca. Luego, disimulando, Cadáver buscó en la billetera para ver si, aparte de la dirección de la casa, encontraba dinero, pero solo halló el documento de identidad.

Rolando, un poco más avispado, le metió la mano en el calzoncillo. Tenía un presentimiento, y no se equivocó. Miró a Cadáver y al Seco, pero estos se despedían del colocho con un afectuoso apretón de manos.

Había sido una buena noche. Lloviznaba, y las diminutas gotas se estrellaban contra el parabrisas del vehículo. Rolando encendió los “crickos” en el nivel más suave y sacó un cigarro sin mentol. Cadáver le ofreció fuego con un encendedor de los que usaban los soldados… no, no era el mismo que le dio al policía.

Rolando conducía con la mano derecha; en la izquierda llevaba el cigarro por fuera de la ventana. Los focos anaranjados de la calle pasaban a su lado algo despacio.

Todo hubiera estado bien, pero cuando llegaron a la funeraria les extrañó ver tanta gente a esas horas de la noche… o quizá ya era de madrugada.

—¡P…! —dijo Cadáver—. Ojalá que no sea lo que creo.

Pero sí. Era exactamente lo que se estaba imaginando.
Los de la funeraria El Divino Niño se habían adelantado y habían convencido a la madre de Liroboy para que les comprara la caja y el servicio funerario.

Rolando aparcó el carro y le dijo a Cadáver:

—Dale, viejo, que no te quiten el hueso de la boca. Vos sos grande, hermano.

Cadáver no respondió. Respiró profundo y se bajó del carro. La madre del occiso se había lanzado sobre el cuerpo; lloraba y lo besaba. Cadáver se quitó la gorra y esperó.

Al rato, cuando la señora se calmó, le dijo:

—Lo siento mucho… el Señor actúa de muchas maneras…

—Sí… hay que ser fuertes y aceptar su voluntad —procuró consolarse la pobre mujer.

—Me llamo Marcial García y me pongo a sus órdenes para los servicios funerarios…

—Gracias, pero ya hablé con el muchacho del Divino Niño, y él me dijo…

A todo esto, El Toro —el equivalente a Rolando, pero de la otra funeraria— se había acercado y dijo:

—¡Ya la señora ha decidido y hay que respetar su voluntad!

Cadáver hizo como que no lo había oído y, tomando suavemente a la señora por el brazo, la movió un poco, donde no lo escuchara El Toro.

Rolando impidió que este los siguiera, interponiéndose entre ellos.

Era el momento de demostrar de qué estaban hechos.

Uno, su calidad como negociador.
Y el otro… bueno, ya lo habrán adivinado ustedes.

Debían quitarle el hueso de las mismas fauces al tigre de la competencia.

 

III

—Mire, señora, yo entiendo que usted haya tratado con ellos de antemano y está en todo su derecho. Solo me gustaría que me permitiera decirle algo…

—Hable, joven —dijo la señora, secándose las lágrimas con un pañuelito.

—José y yo estudiamos juntos en bachillerato y siempre fuimos amigos. Me gustaría ser cabal con él hasta el último momento. Los muchachos del Divino Niño le han dado un buen precio… yo quiero hacer algo por él y por usted.

—¿Y qué es lo que usted quiere hacer?

—Quisiera que usted me permitiera regalarle la caja.

—¿Regalarnos la caja?

—Sí. Además, no le voy a cobrar la preparación.

—No… no puedo permitir que usted se haga cargo de los gastos…

—Solo que pagara el alquiler de las sillas y el transporte al camposanto.

—Si es así, me parece bien.

Cadáver le hizo un guiño a Rolando.
Había ganado la partida.

Rolando se dirigió a los de la funeraria El Divino Niño:

—Ustedes no tienen nada que hacer aquí. Váyanse o aquí va a haber d…

La señora se disculpó con la funeraria contraria y acompañó a Cadáver, que ahora sí, muy delicadamente —no como cuando lo subieron—, condujo al muerto al sitio de preparación.

Cuando estuvieron solos, Rolando le dijo a Cadáver:

—Sos grande, viejo.

—Mañas que uno aprende.

—Decile a la Gume que se prepare para el show.

(La Gume era la dueña de la funeraria.)

Cuando la señora salió del cuarto, Cadáver le ofreció un pañuelo perfumado con Pino Silvestre, la loción de moda, para que se secara los ojos aún humedecidos por las lágrimas. Era el momento de cumplir su palabra.

—¿Quiere tomarse un café?

—No, gracias. Solo un poco de agua, por favor.

—Por aquí están las cajas. Venga para que escoja la que le guste…

—Gracias… Dios se lo pague.

La sala estaba llena de ataúdes: de todos los estilos, formas y colores. Había nacionales e importados. Algunos parecían cápsulas espaciales; otros tenían la parte posterior de vidrio, para que todos pudieran ver al muerto.

—Buenas noches —dijo Gume.

—Buenas noches —respondió Cadáver.

La madre del finado apenas la miró y sonrió sin ganas. Examinó con tristeza todos los ataúdes hasta que llegó al precioso sarcófago donde había estado durmiendo Cadáver horas atrás. Era una urna importada de Italia, hecha con maderas finas, cortadas quizá a un lado de la vía Apia o en algún bosque cercano al mar de Liguria; luego cepilladas y armadas sin usar un solo clavo por algún artesano hábil que silbaba mientras trabajaba, mientras sus niños jugaban en el patio de la casa.

—Esta me gusta.

—Buena elección —dijo Gume—. Es uno de los ataúdes más finos que hay en todo el país.

—Sí, se nota.

—¿Y cómo le gustaría que la financiáramos?

—Es que él me dijo…

—Doña Gume —intervino Cadáver—, yo le prometí regalarle la caja a la señora. Según usted me dijo, podíamos hacerlo con familia o amigos especiales…

—Ah, bueno —respondió Gume con fingida dulzura—. Me encantaría obsequiarle ese ataúd, pero tenemos limitantes. Políticas de la empresa. Si yo le doy esa caja, perdería mi trabajo de inmediato. Pero hay otras que usted puede escoger. ¿Qué no le dijo nada Marcial?

—No… no me había dicho…

—Ya hablaremos usted y yo, Marcial —dijo Gume, amenazante.

—No, por favor, no regañe al muchacho —intervino la señora—. Él no tiene la culpa…

—Bueno. Sí nos permiten regalar una caja en casos especiales, pero no esa. Venga por aquí, le voy a mostrar cuáles son.

La señora la siguió hasta donde estaban los ataúdes de corte y clavo. Gume comenzó a mostrárselos. Como era de esperar, Cadáver desapareció y dejó todo el asunto en manos de la dueña del negocio, que, haciéndose pasar por una empleada de mayor rango, ya sabía lo que debía hacer. No era la primera vez que pasaba. Solían hacerlo en casos difíciles y nadie aceptaba al final enterrar a un pariente en uno de esos ataúdes regalados.

Cuando Gume salió acompañando a la desdichada madre, Cadáver le preguntó, fingiendo vergüenza:

—¿Le gustó alguna?

—No. No me gustó ninguna… pero de todas formas hay que sepultarlo, así que veré las otras cajas de nuevo.

Rolando y el Seco se llevaron a Gume, diciéndole que tenía una llamada por otro servicio. Todo era parte del plan para permitir que Cadáver cerrara el telón de una actuación perfecta.

—Lo lamento mucho —dijo Cadáver—, pero esta gente le dice a uno una cosa y después salen con otra. La preparación sí va por mi cuenta, esa sí. Aunque me echen de aquí, se la hago de choto.

—No se preocupe —respondió la señora—. Yo sé que usted es solo un empleado…

—Lamento que no se quedara con el ataúd que le gustó…

Cadáver tendría ese ataúd por mucho tiempo, para descansar entre muerto y muerto, hasta que años después un rico terrateniente lo adquiriera para sepultar a su anciana madrecita.

Minutos más tarde, Cadáver mordisqueaba un pan de piña mientras preparaba el cuerpo de Liroboy para su encuentro con los gusanos. Rolando estaba a su lado, aprendiendo y sosteniendo las herramientas de trabajo.

—Hey, Cadáver, ¿y cuándo me vas a dar una preparación a mí?

—Tomá, deteneme el pan y pasame el bisturí…

—Pasate de vez en cuando algo. Yo creo que ya sé bastante —dijo Rolando—. Además, ¿qué puede pasar? Ya están muertos…

—Al rato, viejo…

—Siempre decís así.

—Si tenés hambre, comete el pan. A mí ya se me quitó con la lloradera que tenés —dijo Cadáver, mientras extraía el hígado del cuerpo y se lo enseñaba.

—No, viejo… vos creés que soy como vos…

—Entonces no estás apto para preparar un muerto todavía.

—¡Y decís que somos amigos!

—El otro muerto que llegue te lo dejo —respondió Cadáver, vaciando el intestino grueso en una bolsa negra.

La insistencia por la preparación era por la bonificación adicional que se recibía, de allí la negación de Cadáver, que pasaba apuros económicos desde que su mujer había dado a luz a unos gemelos enjutos y feos, igualitos a él.

Unos gatos maullaban fuera del cuarto de preparación, queriendo entrar.

Afuera amanecía.

Otro día comenzaría, con sus afanes y ruidos de pueblucho mal llamado ciudad. Los empleados irían a sus labores a sudar la gota gorda por las migajas de un sueldo mínimo que no alcanzaba, menos si tocaba comprar la leche de los niños.

Los animales diurnos iniciaban su lucha por la supervivencia en un mundo marcado por la ley del más fuerte.

Rolando se dispuso a dormir un poco. A veces las mañanas eran tranquilas, y parecía que esta lo sería.

 

IV

Los primeros días de agosto pasaron con prisa, sin detenerse a saludar a nadie. El invierno había sido copioso y las cosechas, buenas. Una que otra inundación por aquí o por allá, algunos deslaves; pero, para desgracia de Cadáver, la muerte no acompañó las lluvias con la misma solicitud de otros años. Tal vez estaba muy cansada por tanto trabajo en el Medio Oriente, o quizá estaría de vacaciones en Cuba, fumando un habano con Fidel.

En los colegios y escuelas de todo el país, las bandas que hoy se decían de paz ensayaban marchas de guerra, porque habría premios a los primeros lugares.

Con el paso de los días, Rolando había progresado en su trabajo, adquiriendo mucha experiencia en poco tiempo; ya le daban preparaciones y su nombre comenzaba a sonar en el círculo de los “muerteros”.
Solo Úrsula no estaba de acuerdo. Le horrorizaba la idea de que su novio la acariciara con las mismas manos que tocaban la sangre fría de los finados y difuntos; porque ha de saberse que, en su léxico, no quiere decir lo mismo. Difunto es alguien que parte de este mundo de manera accidental o por causas naturales, y finado es alguien que muere por su mano o por la voluntad de otro.

—Vos, ¿qué te clavás? Si es lo mismo que pelar un garrobo; lo mismo tenemos adentro… —le decía él, riéndose, mientras ella huía despavorida.

Ya no era el aprendiz a quien sus compañeros le gastaban bromas.

Cuando Cadáver lo llevó a la funeraria unos meses atrás, no funcionó como vendedor de contratos. Rolando no tenía labia, era parco para hablar; pero tenía buena espalda y brazo poderoso. Así que Gume, a quien le cayó bien desde el principio —porque se parecía a un novio que había tenido cuando era joven—, decidió dejarlo para ayudar en la funeraria en lo que fuera necesario: a veces como muchacho de los mandados y, en otras ocasiones, para solventar asuntos con la competencia por vías no pacíficas.

Cierta noche, un “tirador” (informante a cambio de una propina) les llamó para ir a traer un cuerpo a la morgue del Hospital Nacional San Juan de Dios.

Cuando llegaron al sitio, Cadáver le dijo:

—¡Hey, Rolando! Andá, localizá el cuerpo mientras yo me arreglo con el vigilante… a no ser que no tengás huevos…

—¡No fregués, Cadáver! Más grandes son que los tuyos.

—Dale, pues. Yo te alcanzo luego con el Seco.

Rolando había estado en la morgue de día, pero de noche aquello era otra cosa.

Cuando niño había sido miedoso in extremis y lo seguía siendo muy en el subconsciente; pero había logrado controlar su temor con una breve oración que aprendiera en la iglesia.

Como ya conocía el lugar, no le costó localizar donde los occisos esperaban, con paciencia, a sus parientes.

Empujó la puerta, que solo estaba entrecerrada… y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la poca luz del lugar.

Las mantas blancas que cubrían los cuerpos, dejando por fuera los pies, le recordaron las que usaban para cubrir a los que nacían de nuevo en su iglesia. Era irónico que fueran similares a las de la morgue; quizá la muerte y la vida se cubrían de manteles blancos para recordarle que solamente somos efímeras nubes flotando en el eterno cielo azul.

Rolando caminaba quedito, como para no despertar a los que dormían para siempre jamás. Sentía los pies cada vez más pesados y se le erizó el vello de la espalda…

De repente, en la soledad del recinto, un cuerpo se torció dejando escapar un horrendo retumbo…

—¡GROOOUUUGHT!

Un disparo de adrenalina impulsó las piernas de Rolando hasta la salida. Usain Bolt se habría quedado con la boca abierta si hubiera visto lo rápido que devoró los cien metros hasta el portón, donde estaban el Seco y Cadáver desternillándose de la risa.

—¡Hey, Cadáver! No sabés lo que me acaba de pasar —dijo cuando pudo hablar.

—No, a ver, contame.

—Yo entré a la morgue, así como yo ando siempre, un poco despistado, cuando de repente uno de los muertos se movió, gritó algo y…

El Seco y Cadáver se morían de la risa, así que Rolando no dijo nada más y comenzó a sentir que había sido víctima de una broma. ¿Pero cómo? Sus compañeros estaban allí, en el portón. ¿Había alguien más en el depósito de cadáveres?

—No te clavés, Rolando. Eso es natural. Todos tenemos gases en el estómago —o sea, pedos pues—, y cuando nos morimos estos buscan cómo salir; y ese fue el ruido que vos oíste: ¡el eructo de un occiso!

—¿Y por qué no me dijeron?

—Entonces, ¿cuál es el chiste? Además, son gajes del oficio…

—¡Pasmados! —dijo Rolando, agriado.

—No te enojés por nimiedades. Además, todos hemos pasado por eso. Yo se lo hice a Cadáver y a mí me lo hizo Ismael. Es una cadena, algo así como una iniciación para los nuevos.

—Yo sabía que les crecía la barba y las uñas, pero de eructos nada…

Esos días habían quedado atrás. Ahora era respetado y, como era bien parecido, Gume le prodigaba un trato especial. Hasta le habían ofrecido trabajo en El Divino Niño, pero él no era de los que cambian de bando con facilidad.

Habían pasado trece días del mes octavo y Rolando se notaba un poco raro; ya no era el mismo de siempre. El Seco estaba extrañado y Cadáver aún más. Ya era suficiente que Derbez —así le decían— fumara solo con la mano izquierda, por motivos que él no les había querido contar porque ellos no entenderían. Ya no decía malas palabras ni miraba películas pornográficas con ellos. Todo parecía indicar que algo raro le estaba pasando.

Ellos lo estimaban y habían tratado de sacarle algo, pero solo les había dicho que el siguiente día sería un gran día y que, por eso, él debía estar tranquilo…

 

V

Como a las once de la mañana sonó el teléfono de Cadáver.

Rolando, recostado en una mugrosa colchoneta, suspiró y se bajó la gorra a la altura de los ojos. Él sabía que el timbre del teléfono significaba una sola cosa: hora de trabajar.

Había estado un poco diferente a lo normal. Se ausentaba mucho y, a veces, cuando salía a “muertear”, se tardaba más de lo debido en regresar a la funeraria. Por momentos se quedaba en un estado de desconexión total con la realidad, pensando en quién sabe qué cosa. Todos imaginaban que, a lo mejor, tenía problemas con su novia o que andaba haciéndole algún favorcillo a alguna mujer casada, como acostumbraba.

La verdad es que el joven “muertero” había por fin encontrado el rastro del asesino de su primo, y solamente le restaba atar algunos cabos antes de estar seguro.

Por un momento su mente voló muchos días atrás, hasta la escuelita del Gavilán, donde cursara los primeros años de estudio. Para poder llegar debía caminar casi un kilómetro por un camino polvoso y atravesar una quebrada que, en invierno, se desbordaba. De vez en cuando se encontraba con algún jinete que, silbando, regresaba de dejar el ganado en algún potrero cercano. Había arbustos de flor de mayo por todo el trayecto y palos de mango apedreados por los estudiantes. En su memoria olfativa aún percibía el fuerte aroma a monte y boñiga de las vacas que habían pasado más temprano, antes de que el sol comenzara a pintar de amarillo las copas de los palos de carao. Sabía que Liche, su amigo, había pasado por allí montando a Lirio, el caballo blanco, que terminaría matando don Alberto con una sobredosis al inyectarlo.

Antes de salir para la escuela desayunaba con leche pura de vaca (no como la que venden en la ciudad) y llevaba unos franceses con huevo en la mochila para más tarde. Como casi nunca llevaba dinero, le tocaba aguantarse las ganas de los Deli Pop que compraban los niños con padres más adinerados. Él tenía que conformarse con ir a pedir agua donde niña Paulita.

—¡Hey, Rolando, despertate! —le dijo Cadáver—. Hay trabajo que hacer.

—Mmm… sí, permitime.

—Vamos para el hospital. Me acaba de llamar el Doc. Decile al Seco que se lleve unos perritos (cipotes “buscapleitos” que les ayudan cuando hay problemas).

Rolando hubiera preferido quedarse en la colchoneta, recordando otros días mejores, antes que acompañar a Cadáver en otra salida. No porque le disgustara trabajar, sino porque existía la posibilidad de que hubiera problemas y él quería estar en paz… al menos hasta el día de mañana.

No solo tenían tiradores (informantes cuando hay algún muerto) en la policía; también los había en el bajo mundo del crimen organizado, quienes hasta les avisaban antes de hacer algún ajuste de cuentas. Incluso en los hospitales privados y nacionales había galenos que iban tras una parte de la ganancia que genera la muerte de una persona, olvidando por unos dólares más su valioso juramento. Al menos en ese país olvidado de Dios, las cosas eran de ese modo: primero come el más fuerte, el cazador, el que mata impunemente sin que nadie diga nada; después las hienas, que casi siempre van tras el depredador; luego los chacales, los perros salvajes, los buitres, y cuando ya se cree que nadie puede aprovechar nada, sale de la tierra la numerosa familia de la hormiga para dar cuenta de lo más pequeño. Es un círculo donde nada se desperdicia. (El que tenga inteligencia, entienda).

Rolando conducía tan rápido como se lo permitía el tráfico de esa hora. El calor era sofocante y nunca ponían el aire acondicionado del vehículo, porque Cadáver comenzaba a estornudar sin remedio, a veces hasta por dos o tres días, perdiendo todos sus poderes como vendedor y poniéndose de un genio insoportable. ¡Era mejor aguantar un poco de calor… o muchísimo calor!

Llegaron justo unos segundos antes que la competencia. Cadáver rápidamente cruzó el portón que custodiaba un conocido. Rolando, el Seco y los perritos se apostaron en la entrada. Después llegaron los de la funeraria rival y, como no los dejaron entrar por las buenas, se armó la trifulca…

Dentro del hospital, cubierto por sus compañeros, Cadáver, con labia desmedida, convencía a los familiares del muerto para que se hicieran con los mejores servicios funerarios de la zona.

Afuera ardía Troya. Rolando era valiente como un león y él solo daba cuenta hasta de tres adversarios. Era el más fuerte de los siete hermanos y, aunque pocos lo sabían, he de deciros que el humilde pastor de la lejana iglesia en Cantarrana había sido, en sus días de juventud, cinturón negro en judo, y no les había enseñado solo doctrina a sus hijos… El Seco y los perritos hacían lo que podían.

¡Dientes se rompían al contacto con los puños y algunas caras eran raspadas contra el pavimento o zambullidas en el lodo de la cuneta!

Aquello era un circo gratuito para el deleite de las vendedoras que se apostaban a orillas del hospital. Algunas animaban a Rolando y al Seco, y otras a los del Divino Niño.

La policía, de seguro, llegaría “después”, como siempre, ya cuando no había nada que hacer.

A media batalla, justo cuando ya las vendedoras comenzaban a apostar sobre quién iba a ganar, salió Cadáver con aires de alta alcurnia y la pelea terminó. Todos supieron, a juzgar por su cara, que el negocio estaba cerrado y que seguirse dando de golpes era ya un espectáculo inútil.

¡Todo por culpa del tráfico!

Llegar un par de segundos tarde en ese negocio significaba, a veces, perder el contrato.

 

VI

Rolando apuntó directamente al pecho de Filiberto el cañón de una pistola 9 mm pavonada. Era imposible fallar un disparo tan fácil.

—Supongo que no viene usted a robar… Si me va a matar, hágalo y váyase —dijo Filiberto con tranquilidad—, sin dejar de lavar la caca de los chanchos, embarrándose las botas de cuero volteado y también la parte baja del pantalón.

Tiempo atrás, cuando llegó al lugar donde estaba el cadáver de su primo, aparte de los casquillos notó que había huellas de zapatos “Burritos”; por lo tanto, era muy probable que el asesino fuera una persona humilde y trabajadora.

Pero una simple huella en el polvo señalaba cientos, o quizá miles, de posibles asesinos, puesto que ese calzado era muy común en el país. No obstante, notó que en una de las huellas había una pasta negra y maloliente: ¡excremento de cerdo!

Recostado en la colchoneta, mientras Cadáver roncaba en el mejor ataúd de la funeraria, pudo atar algunos cabos. El asesino debía trabajar en alguna porqueriza o tener cierta relación con los cerdos.

Durante semanas se dio a la tarea de buscar, en toda la ciudad, a quienes tenían chiqueros, analizando con cuidado todos los detalles sobre ellos: sus horarios de salida, entrada y otras cosas que pensó pudieran ser útiles. Pero aun así era difícil saber quién era el culpable, si es que lo era; podía ser también cualquier persona que hubiera pisado el excremento por casualidad.

Entonces, una noche, su cerebro pudo de alguna manera omitir el olor de la pólvora quemada en el casquillo para percibir el delicado perfume del aceite para bebé que su memoria olfativa guardaba en los más recónditos arcanos de su infancia.

¡Era el cabo que faltaba!

Solo había una casa, de las que vigilaba, donde había un recién nacido.

¡Se llamaba Filiberto! Sin duda, el desgraciado había usado el aceite del bebé para limpiar la pistola antes de cometer el asesinato.

La sirena de una ambulancia, que gritaba despavorida mientras se abría paso entre la trabazón de las seis de la tarde, llegaba hasta los chiqueros en las afueras de la ciudad. Rolando apuntaba nervioso, pero la mano no le temblaba ni remotamente, aunque sí le sudaba un poco. Había aprendido a controlar sus emociones, y las balas eran explosivas: con una o dos bastarían.

Filiberto dejó de hacer su cotidiano trabajo y se enderezó, pero no para defenderse, sino para verlo de frente.

—La vida me pesa desde hace un par de años…

Aquel hombre, que tenía el valor de ver la muerte a los ojos sin acojonarse, no era un jovencito como el que lo amenazaba en ese momento con un arma; era un chanchero cincuentón, curtido por la vida y con más mataduras en el cuerpo que pelos en la cabeza.

Suspiró con fuerza y se quitó el mugroso sombrero que había comprado mil años atrás en un tiangue cercano, para limpiarse el sudor de la frente con el antebrazo, dejando notar las múltiples marcas que dejaran los marfiles de los furiosos cuinos cuando eran descolmillados para que no se lastimaran en las porquerizas.

—Su amigo… o lo que fuera de usted, era un maldito. Violó y asesinó a mi hijita. ¡Lo maté con el mayor de los gustos, y lo mataría mil veces más si se pudiera! Yo espero que nos encontremos en el infierno para terminar de saldar nuestras cuentas.

Las palabras del chanchero calaron hondo en el cerebro de Rolando.

—¿Cómo sabe por qué estoy aquí?

—Sabía que tarde o temprano alguien daría conmigo…

—¡Por eso dejó el casquillo!

Rolando de pronto había perdido el deseo de matar a aquel pobre diablo que estaba frente a él. Aquel hombre más bien parecía haber muerto hace tiempo y haberse quedado en este mundo solamente para lavar los cuchitriles, con la confianza de que un casquillo de bala lo liberara para siempre de su infierno.

Recordó cuánto le había costado dar con el asesino: todas las horas que había pasado investigando y caminando por casi toda la ciudad, o quedándose quieto durante horas para conocer la rutina de muchos cuidadores de cerdos, y ahora no tenía el deseo de matarlo.

«Lo prohibido es siempre lo mejor, lo que más se disfruta», le había dicho su primo alguna vez, entre bocanadas de marihuana. Y, en efecto, él lo había experimentado cuando seducía y poseía con lujuria a alguna mujer casada. Pero… ¿lo prohibido era violar y matar a la única hija de un hombre trabajador?

Ahora conocía la razón por la cual había muerto Bryan Ronaldo: lujuria y drogas.

«Los pobres solo matan por dos razones: por venganza y por la honra», pensó.

Sintió de nuevo deseos de matar a Filiberto, pero esta vez por compasión, para liberarlo para siempre de la infame situación que lo había rebajado hasta convertirlo en un simple despojo humano, transitando por un mundo sin sentido.

«Siempre habrá una razón para vivir, y aun cuando no lo parezca, el tiempo termina por sanar cualquier herida, por profunda que sea», recordó lo que siempre le decía su padre cuando lo invitaba a comer helados.

«Cuando murió mi madre, tu abuelita, yo creí que todo había terminado para mí, que nunca se me iba a quitar el dolor; pero años después aquí estoy con vos, disfrutando un sorbete de fresa…»

Filiberto, consumido por el dolor y la venganza, había olvidado que tenía un nieto: el mismo a quien su primo había dejado sin madre.

Rolando bajó el arma, introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar el casquillo que lo había llevado hasta allí y lo puso en el murito de ladrillo que dividía las porquerizas. Vio por un instante los humildes zapatos del chanchero y, dando media vuelta, regresó a la funeraria.

Filiberto siguió lavando la porqueriza.

 

Epílogo

Rolando no volvió a pasar por los chiqueros.

Regresó a la funeraria, se lavó las manos y ayudó a preparar otro cuerpo esa misma tarde. Nadie notó nada extraño. Cadáver cerró un buen contrato. El Seco se quedó dormido en la limusina.

El mundo siguió funcionando.

A veces, mientras conducía, Rolando pensaba en el casquillo que había dejado sobre el muro. No como una prueba, sino como una despedida.

Comprendió que no todos los muertos descansan en ataúdes, y que hay vivos que llevan años enterrados.

Desde entonces, cuando levantaba un cuerpo, lo hacía con un poco más de cuidado.

No por respeto a la muerte.

Sino por respeto a la vida que alguna vez hubo allí.

 

 —Miguelan.



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