Un gato,
¿quién
tuviera un gato…?
porque
de repente te vas dando cuenta
de
que esta ciudad
te
transforma,
te
traiciona,
te
miente
y
te escupe las verdades en la cara,
en
los ojos,
en
los poros
y
hasta por debajo de los miedos.
Un
gato
¿quién
tuviera un gato?
Porque
sientes,
crees,
calculas
y
percibes
que
ese gato,
ese
God damn gato,
vendrá
con sus garras
a
lastimarte la soledad;
a
juguetear con tus sueños,
a
ronronearte las entrañas;
y
a mirarte
con
esos ojos verdes
e
indolentes,
fríos
y cautivadores,
para
desgarrarte las nostalgias.
Sí,
esta
ciudad te transforma
y
se va metiendo
como
las garras de un gato,
de
un puto gato,
en
el intelecto de tu conciencia.
Y
te va aplastando
suavemente,
como
los pasos de un gato,
hasta
que explotas
y
comienzas a escribir,
en
una noche de luna:
“Un
gato
¿quién
tuviera un gato?
un
puto gato
para
borrar lo que le hace falta a este espacio,
a
este vacío,
a
esta noche.
A
esta noche
y
a estas noches…
para
que siga creyendo,
con
toda humildad,
que
somos sus siervos,
sus
putos siervos”.
—Ciro
Granados, El Halcón

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