La casa, antigua y de muros gastados, perteneció a mi padre, hasta el día de su prematura muerte. Aquel lugar guardaba ecos de un pasado distante, de memorias que se entrelazaban con el polvo y la penumbra.
Aquella
noche —o quizá aún tarde, pues el cielo era de un gris moribundo— me encontraba
allí con mi esposa, quien sabe en qué diligencia, cuando un sonido inesperado me hizo
estremecer.
Unos
pasos resonaron en la habitación contigua. No eran pasos humanos, no; eran
golpes secos, rítmicos, como cascos de caballo golpeando el suelo: clac, clac,
clac.
Un
escalofrío reptó por mi espalda. La atmósfera se cargó de una presencia
invisible, una sombra sin forma que, sin embargo, me miraba desde el otro lado
de la oscuridad.
El
miedo se enredó en mis entrañas, pero la ira lo devoró con rapidez. Quienes me
conocen saben que soy colérico, hasta la última gota de bilis. ¡Si aquello se
atrevía a irrumpir en mi mundo, que se mostrara! Con voz temblorosa, pero
firme, le desafié:
—
¡Muéstrate! ¡Déjame verte cobarde!
El
aire pareció quebrarse, y de la nada surgió la forma de un gato negro. No tenía
nada de especial, ningún rasgo demoníaco más allá de su oscura silueta y sus
ojos que ardían con una burla silente. No esperé a que hiciera el primer
movimiento; me lancé sobre él, con la furia de quien se enfrenta a su destino.
Luchamos.
Se revolvía como un gato enojado, arañando y mordiendo arteramente mi cuerpo
blindado por la adrenalina y la furia.
Entonces,
ante mis ojos, su cuerpo cambió: dejó de ser un felino y se convirtió en un ave
negra que intentó alzar el vuelo. Pero fui más rápido. Lo atrapé en el aire,
cerrando mis manos con la furia de una bestia.
Planeaba
destruirlo. ¡Aplastarlo! ¡Arrancarle la esencia, despedazarlo con la rabia de
quien ha sido desafiado! Pero el ser volvió a mutar en mis manos. Lo que
aprisionaba entre mis dedos ya no era carne, hueso ni pluma, sino juguete de
hule. Un simple juguete inofensivo.
Apreté
con más fuerza, tratando de desgarrarlo, de destruirlo con todo mi poder. Pero
no importaba cuánto lo estrujara: el hule solo se deformaba y volvía a su forma
original, intacta, absurda, burlesca. Y entonces…
La
risa.
Un
sonido hueco, atronador, que no venía de ningún lado y de todas partes a la
vez. Una carcajada demoníaca, hiriente, burlona, que llenó cada rincón de la
habitación, cada sombra, cada resquicio de mi mente.
¡Jajajajajajaja!
—Miguelan.

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