viernes, 16 de enero de 2026

AMOR EN LA LOMA

Capítulo 1

“La vieja y el niño”

Edelmira Rividiego estaba desayunando sin hambre, sentada de medio lado en la silla del comedor, viendo cómo el sol mañanero se colaba entre las hojas del guayabo, alcanzando las fotos decoloradas de familiares que nadie recordaba y estampas religiosas clavadas con tachuelas en las paredes de adobe repellado; las iluminaba de una manera fugaz antes de que el techo del corredor bajara su sombrero, invitándole a escalar el firmamento.
Masticaba por inercia un trozo de queso seco que, de vez en cuando, levantaba del plato de peltre decorado con florituras que se confundían con el tomate del huevo picado con cebolla de todos los días.

Susana Vargas, la prima de su marido, estaba lavando el maíz después de haber barrido muy bien la enorme casa de patio central, teniendo cuidado de regar un poco de agua para no levantar polvo.

Llegó por petición suya desde principios de enero, y quizá fuera a quedarse hasta finales del mes, si es que lograba aguantar las estúpidas bromas de Florencio Vargas, uno de los hombres más vulgares y poco prudentes que había en la ciudad de San Cristóbal.

A medio sorbo de café le pareció escuchar que llamaban a la puerta, miró por el rabillo a Susana y apuró el trago. Era café de maíz tostado.

¿Habría olvidado algo Florencio? Salió muy temprano para Santa Rosa de Lima a vender un par de novillos.

No, de ser él, habría escuchado el motor del “Nisan Junior”; además, tenía llave.

Volvieron a llamar; esta vez fue un sonido metálico irritante que martillaba los tímpanos de manera insoportable.

El corazón le dio un vuelco.

—¡Espere, ahora voy! —gritó desde la mesa.

—Yo iré a ver, termine usted de comer —dijo Susana, secándose las manos en la manta de las tortillas.

—Buenos días, señora, hágame una caridad por vida suya —dijo una pobre y encorvada mujer envuelta en un viejísimo y pálido rebozo que, si alguna vez tuvo color, debió haber sido azul.

Susana adivinó una sonrisa forzada. La mujer extendió su mano huesuda para recibir un poco de misericordia.

—¿Quién es? —preguntó Edelmira.

—Es una señora con un niño, pide una caridad.

—Ahorita no hay dinero, Florencio se llevó todo para el tiangue.

—Ya oyó, a mí me da pena, pero ahorita no tenemos ni un real.

—¿Y no tendrá usted un bocadito que me lo dé?

Edelmira se había levantado para ver quién estaba a la puerta; los ojos se le humedecieron al ver la calamitosa situación de aquella pobre señora.

—Que pase, le serviré algo —dijo.

—Yo le tengo el niño para que coma —se ofreció Susana.

La vieja se acomodó en una silla de cordeles vencidos; Edelmira le sirvió un poco de queso y unos trozos de chicharrón fríos, y no por menosprecio, sino porque a ella le gustaba comer así.

—¿De dónde es usted? —preguntó Susana, haciendo arrumacos al niño.

La vieja hizo que no escuchó la pregunta y, con mucha paciencia, terminó de tragar el bocado, limpiándose con el dorso de la mano alguna migaja.

—¿El niño es suyo? ¿O es una niña?

—Es un varoncito y no, no es mío, es de mi hija —respondió, quebrándose y comenzando a sollozar.

Edelmira la miraba en silencio.

—Ando regalando esta criatura —dijo en cuanto pudo hablar—. La mamá se murió en el parto y yo no puedo hacerme cargo, ya no tengo fuerzas para criarlo. Ustedes me parecen buenas personas, ¿quisieran agarrarlo?

—No puedo —dijo Edelmira, después de pensarlo un poco.

Susana la miró con incredulidad.

—¡Agarralo, tonta!

—No, no puedo, no está Florencio y a saber qué vaya a decir.

La anciana terminó de comer en silencio; ya no hubo más conversación. Solo el canto del gallo que tenían amarrado en el palito de limón de la esquina, junto a la polvosa bodega, interrumpía de vez en cuando el chasqueo de la comida masticada con la boca abierta.

—Muchas gracias les dé Dios —dijo la anciana, extendiendo sus manos al crío, a quien Susana de mala gana debió entregar.

—Espere —dijo Edelmira, cuando la vieja aún tenía un pie en la calle y el otro dentro de la casa.

Fue al cuarto y, de un bote de leche amarillo, sacó un rollito de billetes.

—Para que le compre algo a esa pobre criatura.

—Si cambian de opinión, voy a estar en el parque frente a catedral, hasta mañana al mediodía, porque tengo que regresarme para Nicaragua.

—El niño es bizco —trató de consolarse Edelmira, cuando se quedaron solas.

—¿Y qué te importa eso? ¡Se manda a operar, tonta! —dijo Susana—. Es un varón, te va a servir en tu vejez; mirá que vos no podés tener hijos.

—¡Yo sí puedo!

—No te enojes, pues, yo no te quería ofender. ¡Si es Florencio o vos, qué importa! La cuestión es que no tienen hijos.

Cuando Florencio regresó más tarde, cansado, colorado como un camarón y sudando como un cerdo, Susana se desahogó con indignación.

—¡Esta tonta de tu mujer no tiene remedio! Ahí andaba una anciana que le regalaba un niño y no lo quiso agarrar.

—¿Y por qué no lo agarraste, Edelmira? —preguntó Florencio, mientras se quitaba la camisa con la intención de acostarse en la gastada hamaca de hilo que estaba atravesada a medio corredor.

—No estabas vos, yo qué sé qué ibas a decir, si ibas a estar de acuerdo o no.

—¡Y era un varoncito, fíjate! —chilló Susana.

—¿Y hace mucho que se fue? ¿Dónde hallamos a esa mujer?

—A saber ya ratos que se fue —dijo Edelmira, torciendo la boca con disgusto aparente.

—¡Si serás olvidada vos, mujer! En el parque dijo que iba a ir a pedir limosna, allí enfrente de la catedral.

—Vayan, pues, y denle este dinero a esa pobre mujer —tosió Florencio, carraspeando una asquerosa flema.

—¿Y vos no vas a ir con nosotras?

—No, yo vengo cansado, no hace falta que vaya; además, ya guardé el carro y no quiero sacarlo de nuevo.

 

Capítulo 2

“El rapto de la señorita Rividiego”

Desde el corredor de la casona que presuntuosa se erguía en la loma, Cipriano Rividiego vio llegar a Emigdio Vargas montado en un caballo bastante pequeño de color rojizo, primero de lejos entre los piñales arañados por las ramas secas de los aceitunos, luego bajando el camino pedregoso con dirección a su casa.

Aprovechaba la tarde calurosa de un abril seco y desgranaba las mazorcas que había guardado para la siembra de ese año. Utilizaba un olote con gran habilidad y terminó cinco de ellas antes de que el jinete estuviera en el portillo frente al patio.

—¿Quién dice que es usted?

—Soy el papá de Florencio Vargas.

La mujer de Cipriano, al escuchar el nombre, quitó el martillo del revólver y lo guardó en la gaveta sin intención de salir a saludar al indeseado visitante. ¡Ojalá hubiera sido ella y no el inútil de su hijo quien hubiera acompañado a Edelmira a la fiesta el día anterior!

—¿Viene a llevar el caballo?

El día anterior, Florencio dejó su caballo en la casa del viejo y se fue a la fiesta del pueblo a robarse a su hija.

Y el viejo, cuando se dio cuenta de que se habían fugado sin su bendición, soltó la bestia, teniendo cuidado de darle antes un poco de agua y algo de pastura.

<<El animal no tenía culpa de nada>>

—¿Entonces viene a llevar el caballo? Ya no está, yo lo solté ayer en la tarde; es un animal inteligente y sabrá cómo regresar con sus dueños.

—Usted y yo no nos conocíamos, aunque ya lo había oído mentar… en bien, por supuesto.

—Ya le dije que el caballo no está aquí —y siguió desgranando.

—No, señor, no vengo a traer el caballo; ayer llegó en la tarde-noche, como usted dice. Me traen otros asuntos más importantes.

Cipriano dejó caer la última mazorca sin granos en el canasto y levantó la cabeza para ver con ojos tristes al nervioso visitante. Hubo un silencio incómodo, en el cual se dejaron oír algunos mugidos vacunos y cacareos de gallinas pizpiretas.

—Allá a la casa llegó Florencio con su muchacha, y pues yo quiero que arreglemos las cosas y que se casen bien.

—¿Y para qué iban a casarse si ya están juntos? Su hijo es un abusivo, vino a dejar el caballo aquí y se llevó a mi hija. ¡No tenemos nada que arreglar! Y sepa que, si el día de mañana el hombre la deja, aquí en la casa ya no hay lugar para ella.

Al final terminarían haciendo un simulacro de boda, a la cual debieron asistir Cipriano y su esposa, solamente para guardar las apariencias.

Florentino Vargas hubiera querido que las cosas fueran diferentes, pero a fuerza de ser sinceros, con Edelmira Rividiego aquella era la única manera de formalizar algo.

Se decía de ella que había dejado plantados a muchos pretendientes, incluso a uno en la puerta de la iglesia; y aunque de momento estaba con él, lo cierto es que no quería nada serio… le gustaba, tenía buen físico…

¡Pero era tan corriente y poco listo!

Así que, cuando llegó a visitarla como hacía de vez en cuando y le dijeron que había quedado con Estuardo el gorrioncillo para ir al baile, lleno de furia tomó la decisión de llevársela por la fuerza, olvidando en su desesperación el caballo que amarró en el patio, justo en la raíz del amate, allí por donde estaba la piedra que servía de salar para las vacas.

La encontró bailando pegadito con Estuardo y, fuera de sí, desenfundó su revólver y les apuntó a la cabeza, primero al gorrioncillo y después a ella.

—¡No me mate, Florencio; mátelo a él, que fue él me sedujo!

—¡Venga para afuera! —le indicó, haciendo señas con el arma—. ¡Y ustedes sigan tocando! —ordenó a los músicos, que desafinados por los nervios siguieron el jolgorio, aunque ya nadie volvió al baile.

Afuera lo esperaban César Arturo y Carlos José, dos malacates amigos suyos, con la montura dispuesta.

—¡No me mate, por vida suya, Florencio, si yo solo a usted lo quiero!

—¡Con los hombres no se juega! Súbase al caballo, que hoy me la voy a llevar.

—¡No! Mejor pégueme un tiro aquí mismo —se envalentonó Edelmira.

Florencio resopló como un toro enfurecido, en franco ademán de golpearla con el dorso de la mano, pero se detuvo; aquel rostro era demasiado bello para ser castigado, por mucho que se lo mereciera. Así que la levantó con gran facilidad, colocándola atravesada en el caballo como si fuera un costal de maíz, y de un salto montó la bestia, que echó a galopar antes de que las espuelas le picaran los ijares.

Edenilson, su hermano, borracho como estaba, apenas si se dio cuenta del alboroto, y no fue hasta que Estuardo, histérico, llegó a gritarle que recordó la encomienda de cuidar que nada malo le pasara a la coscolina muchacha.

—¡Se acaban de llevar a tu hermana!

Como pago, recibió sendos puñetazos en el ojo derecho por cobarde, por no tener el valor de defender a su novia.

Mareado, salió al portalón y, viendo cómo la echaron en el caballo, disparó los seis tiros de su revólver, pero ebrio como estaba no acertó ninguno y siguió apretando el gatillo por un buen rato sin enterarse de que ya no tenía balas.

—¡Tanto que se les ha enseñado a tirar y ningún disparo pegó el inútil! —diría más tarde su madre, hecha una furia.

—¡Se me fueron los mal nacidos, mamá!

—¡Come m… cara de perro! ¿No será que vos estuviste de acuerdo con ellos?

—¡No, mamá, si yo les eché balazos! Pero era un poco de hombres, quizás como diez o veinte, los que la encaramaron en el caballo, y un hombre iba al anca y a ella la llevaban boca abajo.

 

Capítulo 3

“Te voy a sacar del monte”

Pasó algún tiempo y el escándalo del rapto, poco a poco, se convirtió en un chisme gastado que dejó de llamar la atención, quedando relegado a un cuento viejo que todos terminaron viendo como algo que debía hacerse de ese modo; incluso algunos enamorados lo imitaron, en parte con éxito, y otros terminaron con un tiro en los sesos.

Florencio superaba con creces al más laborioso de los mozos en la loma; era fuerte y caprichoso como su caballo, pero por más que hiciera nunca pasaba de unas pocas vacas, un puñado desparramado de gallinas y su buena montura.

Para poder superarse en la vida no es cuestión solo de trabajar como un mulo de sol a sol; para poder crecer hay que tener cabeza y paciencia, por supuesto, últimas dos que ni Edelmira ni su esposo siquiera imaginaban conocer.

Cuando Florencio vio que no podía prosperar, por mucho que trabajara, decidió seguir los pasos de sus hermanos y de cuantos buscan fortuna rápida sin tener que vender su alma al Diablo en algún oficio ilícito; emigraría para los Estados Unidos, pero como ese viaje siempre ha sido costoso y no tenía cómo pagarlo, decidió vender todo lo que tenía a la única persona en el mundo que podía comprarle de una manera justa.

—¡Don Cipriano, le vendo mi casa, el caballo y mis vacas!

—Yo ya tengo dos casas y muchas vacas… los caballos no me gustan, prefiero las mulas; además, ¿dónde va a vivir Edelmira?

—Aquí, con usted.

—¡No, señor! Usted vino a robársela, ¿y ahora quiere traerla de vuelta?

Florencio se limpió el sudor con el dorso de la mano y, como pudo, haciendo un esfuerzo supremo, con un vocabulario escueto explicó sus planes de emigrar para hacer fortuna; manifestó que aquello era temporal y que no había pensado en ningún momento abandonar a su esposa.

—No hace falta que venda nada —dijo Dolores, la arisca y malpensada, pero muy inteligente suegra de Florencio—. Si no tenés comida para alimentarla, aquí que venga a comer mi hija, pero ella tiene que estar en su casa.

—Me da pendiente que esté sola, ya que no hay casas cerca; podría pasarle algo.

—¿Entonces para qué se va? —dijo Cipriano.

—Aquí que se venga en el día y que se vaya en la noche para la casa; déjele su pistola, que ella sabe disparar muy bien —interrumpió Dolores.

—Bueno, es que también vendía la casa para tener dinero para irme.

—¿Cuánto es lo que ocupás? —preguntó Cipriano.

—Quinientos colones.

—No vayás a vender nada, te los voy a prestar yo, pero me los pagás.

—¡A mí me los mandás! —dijo Dolores, que conocía a su esposo demasiado bien—, para ver que es verdad que se los pagás.

A Edelmira no le hacía mucha gracia que Florencio se fuera quién sabe por cuánto tiempo a los Estados, pero tampoco era para morirse; de todos modos, si no regresaba, le sobraban pretendientes que con gusto se la robarían en algún baile de pueblo mientras su despistado hermano se ahogaba en aguardiente.

Se prometieron fidelidad y muchas cosas más para después, con la bendición de todos, un día de mucho calor, a las nueve y cuarenta y dos de la mañana, montado en su caballo, se fue a encontrar con el coyote en el pueblo y de allí a tomar el tren del litoral.

Nada supieron en mucho tiempo del peregrino, y los días se convirtieron en meses, hasta que todos se aburrieron de esperar alguna noticia y decidieron que el inútil a lo mejor se habría ahogado cruzando el río Bravo, o estaría muerto disecándose al sol, medio comido por las alimañas del desierto.

Ya habían pagado la primera misa, para al menos rescatar su alma del infierno que bien merecido se tenía, cuando llegó una gigantesca grabadora de catorce baterías, la cual mandó como ofrenda de paz para congraciarse con sus suegros y para que Edelmira escuchara las radionovelas que tanto le gustaban. También escribió una larguísima epístola en la que confesaba el sufrimiento de su viaje y las vicisitudes y atropellos que padecía con paciencia de santo, prometiendo que la próxima vez mandaría dinero para comenzar a saldar su deuda.

El hombre pagó puntual; mes a mes mandaba dinero y más dinero: billetes en inglés del mismo color todos, pero con diferente diseño, fortuna que Edelmira guardaba en un hoyo, detrás del cuadro del santo que, con mirada austera, los espiaba desde el grueso adobe de su casa.

Dos años después, sin avisarle a nadie, regresó y se compraron una casona en la ciudad de San Cristóbal.

“Un día te voy a sacar del monte”, le había prometido.

 

Capítulo 4

“Confesión”

El mes de julio desató con furia los grandes aguaceros de antaño. Las noches eran tormentosas y los días calurosos; y aunque en la ciudad no llovía tanto como en la loma, caía suficiente agua para lavar las calles y desbordar el río Grande.

Los truenos, como tambores, opacaban por momentos el redoble abierto de las gotas en el techo, partículas que se unían para formar hilos de plata que se precipitarían luego entre los canales antes de estrellarse con el concreto y perderse en la oscuridad de un tibio desagüe lleno de ratas y cucarachas.

—Florencio, estoy embarazada.

—¿Cómo?

—Creo que estoy embarazada.

—¿De dónde vas a quedar preñada?

—Bueno, somos marido y mujer.

Estaban desnudos en la cama, escuchando la lluvia, en el sosiego que deriva la pasión.

La verdad es que casi no platicaban; lo de ellos era una relación a señas o por intuición, donde no hacía falta decir nada, porque ya cada uno sabía qué hacer, y las veces que conversaban de manera decente era después del coito, porque el tiempo restante estaban ocupados en algún quehacer, escuchando la radio o discutiendo por alguna tontería.

—¡No moleste, yo soy estéril!

—¿Y cómo sabe usted eso?

—Yo, en Estados Unidos, en los dos años que estuve, me acosté con miles de mujeres y ninguna de ellas quedó embarazada; así que si estás preñada será de otro.

Edelmira guardó silencio. Aquella confesión dolía, aunque desde hace tiempo lo había imaginado y lo había asumido como parte del precio a pagar por salir del monte.

¿Cómo iba a guardarse un hombre por tanto tiempo sin tocar mujer?

—¿Cómo va a creer que yo lo voy a engañar?

—¿Entonces cómo es que está preñada?

—Es broma, lo decía porque yo quisiera tener un hijo.

—Pues no piense en eso, nosotros nunca vamos a tener hijos.

Las gotas se fueron apagando y los truenos haciéndose más fuertes, hasta que dejó de llover.

—No llore, a lo mejor nos regalan uno.

 

Capítulo 5

TELEGRAMA

Edelmira se levantó bastante tarde el siguiente día; quizás serían las ocho de la mañana.

Al abrir la puerta, en el guayabo había un pájaro retozando y desgajando cientos de gotas que destellaban como cristales a la luz del sol.

En la mesa estaba un plato de comida servido.

<<Los Estados Unidos cambian a la gente>>, pensó.

Quitó la manta curtida que cubría el peltre y sintió con intensidad el exquisito olor del desayuno de siempre; no obstante, aquello le vino a revolver las entrañas y corrió a vomitar bilis antes de alcanzar siquiera a llegar a la puerta del baño.

<<¿Dios mío, qué hago?>>

Procuró comer un poco, pero fue inútil; así que se empeñó en hacer el oficio de todos los días mientras pensaba en algo.

Barrió todo el patio con la mente absorta en lo que estaba pasando.

<<¿Cuánto tiempo tendré de embarazo? ¿Un mes? ¿Dos?>> Hizo cuentas, parando el oficio y cerrando los ojos para no equivocarse, mientras contaba números imaginarios con los dedos para concluir que a lo más tendría un mes y medio.

Trapeó el piso ajedrezado rojo y amarillo del corredor de la casa y de los cuartos, las dos veces de rigor: una para el polvo y la otra para el brillo.

<<¿Y si me voy para la casa de mi mamá?>>

Puso a cocer los frijoles y, mientras tanto, aprovechó para lavar el maíz, escuchando el cacareo asmático de las gallinas y el motor de los pocos vehículos alejándose de la ciudad, o llegando de quién sabe dónde.

Pensó y pensó en todas las posibilidades, pero la mejor opción que se le vino a la mente fue pedir ayuda a Mercedes, su hermana la monja que vivía en Honduras; ella siempre tenía una solución para los problemas de todos, menos para los suyos.

A las once de la mañana, sobre la pulida tabla de la mesa en la oficina de correos, escribió un telegrama:

“Problema de vida o muerte, urge vengas a mi casa.”

No quiso depositarlo en el buzón, sino que se lo entregó al cartero con algunas monedas de más, para que llegara con mayor rapidez.

Los días siguientes transcurrieron en la normalidad posible; Edelmira procuraba vomitar sin que su marido lo notara. Andaba siempre en el bolso del delantal una tajada de limón y un puñado de sal para lidiar mejor con las náuseas.

—¿Le quemaste la pata a Florencio? —preguntó con complicidad Mercedes, nueve días después.

—¡Dios guarde, vos, qué clase de mujer creés que soy!

—Bueno, entonces habrá que hacer algo, porque ese hombre es capaz de matarte si sabe que estás embarazada —dijo la monja, que cada día creía menos en los milagros de san Antonio de Padua.

 

 Capítulo 6

EL PLAN

A Florencio no le extrañó la visita de Mercedes; solía llegar de vez en cuando, sobre todo en el mes de agosto, para celebrar el cumpleaños de Cipriano.

—¿Desde cuándo está enferma?

—Yo qué sé, nunca cuenta nada; es igualita a mi suegra, pero según veo quizás un mes… tose y tose toda la noche y a menudo no alcanza a llegar ni al portón por el cansancio.

—¡Dos meses, y yo sin enterarme de nada!

Edelmira estaba en la cocina, sosteniendo un hígado de pollo deshecho entre las manos, recordándose una y otra vez por qué debía ponerse aquel aborrecible coágulo en la boca.

La ventana entreabierta dejaba pasar un poco de luz sobre el enorme queso seco que nunca se terminaba, por más que se empeñara en regalarlo a cuanta visita llegara o a los pordioseros que con frecuencia tocaban el portón para pedir una limosnita por el amor de Dios.

Con Mercedes habían decidido que lo mejor sería irse cuanto antes para Honduras, antes de que el embarazo fuera evidente, y parir allá la criatura; ya luego verían cómo se las arreglaban con lo demás.

Contuvo por un momento la respiración y puso la tercera parte de la víscera gelatinosa sobre la lengua, recordando con tristeza al pollo amarrado en la esquina junto al nance, viendo cómo afilaba el cuchillo con el que después lo iba a degollar.

La escupió de inmediato.

¡Sabía horrible!

<<Tenés que hacerlo, Edelmira, Florencio va a matarte si sabe que estás preñada>>

Se puso un poco de sal en la boca para adormecer las papilas gustativas y salió con dos tazas de café hervido.

Cruzó el patio haciendo esfuerzos para no vomitar.

Mercedes la vio pasar por debajo del guayabo y luego cerca del lavadero…

<<Aguantá, hermanita, debés llegar hasta aquí>>

Los esputos cayeron cerca de las botas de Florencio; las tazas se rompieron en mil pedazos y Edelmira se desvaneció sin necesidad de fingir.

Poco a poco comenzó a recobrar la conciencia, alentada por el fuerte olor del “agua florida”. Estaba todavía en el suelo, aunque apoyada en las piernas de su hermana. Florentino movía frente a sus ojos la manta de las tortillas para ventilarle un poco de oxígeno.

—¿Qué pasó?

—Te desmayaste —respondió su marido.

—¿Otra vez? —tosiendo de nuevo para terminar de expulsar la horrible entraña del pollo que tuvo que morir para salvarle la vida.

—¡Hay que llevarla al hospital rápido para que la atiendan! —dijo angustiado Florencio, mientras la ponía con delicadeza en la hamaca del corredor.

—¡Al hospital no, allí se muere la gente!

—Es cierto lo que dice tu mujer; lo mejor será llevarla al Centro Médico. Es más caro, pero al menos estará bien atendida y no la van a dejar morir para vender la caja a alguna funeraria.

Edelmira volvió a toser y vomitó sin miedo, mientras su marido buscaba las llaves del carro en la gaveta del ropero, con la esperanza de que los ahorros que tenían serían suficientes para cubrir los gastos del carísimo hospital privado.

Mercedes sonrió; todo estaba saliendo según su plan.

 

CAPÍTULO 7

«De dos males, el menos peor»

Florencio regresó del cuarto, pálido, y se paró frente a las mujeres con la mirada perdida.

—No hay dinero en la gaveta…

—Sí, se me olvidó decirte que fui a pagar al banco.

—¿Y todo el dinero llevaste?

—Bueno, es que pensé que si adelantábamos un poco iban a bajar los intereses.

Florencio no se disgustó por lo de los abonos al préstamo; de todos modos, pensaba vender unos terneros en el tiangue de Santa Rosa para adelantar algo del pago. El problema es que aquello iba a llevar tiempo y justo en ese momento no tenían nada.

Edelmira parecía bastante repuesta, pero no iba a esperar otra crisis.

—¿Y qué hacemos ahora? ¿Te llevo al hospital?

Intervino entonces Mercedes y, como quien no quiere la cosa, se dirigió a su hermana:

—Mirá, fíjate que tengo unos amigos que, cuando yo trabajaba en migración, les ayudaba; eran unos médicos extranjeros. Ellos quizá te puedan socorrer, no vaya a ser un cáncer lo que tengas… ¡o algo peor!

—¡Dios no quiera, hermanita, no digás eso!

—Si Florencio te da permiso, nos podemos ir esta semana que yo me regrese.

—No puedo dejar solo a mi esposo; ya sabés que una tiene que atender siempre a su marido, aunque esté enferma.

Florencio se preocupó; hizo cálculos mentales sobre una posible vida si su mujer fallecía o unas semanas en Honduras, y le pareció mucho mejor negocio aguantar unos días de soledad que una vida sin ella. Ya para el oficio diario podría llegar su prima Susana Vargas, de vez en cuando.

—Deberías de irte con tu hermana a tratarte de esa enfermedad.

 

CAPÍTULO 8

El convento

Edelmira partió para Honduras un día lunes de canícula, cuando el sol se levantaba con desgano, iluminando apenas los campanarios gemelos de la iglesia, que repicaban vomitando cientos de palomas por las ventanas con dirección al parque Guzmán.

El sábado anterior había puesto en una maleta de gitano algunas ropas, un par de zapatos de domingo y las sandalias para estar en casa.

Florencio la llevó para la loma, donde sus padres, ya que ella quería pasar despidiéndose por si no regresaba.

El domingo fue a misa a confesarse y le contó al cura todos sus planes, no sin antes pedirle que no fuera a decirle nada al chambroso sacristán, ya que su vida dependía de ello.

—Edelmira está preñada y se va lejos a parir a nuestro nieto —le dijo Cipriano a Dolores, justo antes de que ella se perdiera detrás de la vuelta del polvoso camino, con cercos de piedra a ambos lados.

—¡Ay, Cipriano, vos siempre tan malicioso! ¿Por qué querría irse lejos?

El viejo no dijo nada; consultó las fechas en el almanaque Bristol y se regocijó al pensar en el regalo que vendría pronto a llenar de algarabía la casona de la loma.

Una vez en Honduras, Edelmira se hospedó en un cuartito pequeño, pero muy limpio y bien acondicionado, del convento de las capuchinas.

En ese lugar vivió y sufrió sin miedo su embarazo; las hermanas de la orden la cuidaban y la trataban bien, y ella procuraba ayudar en lo que pudiera, aunque le parecía que aquellas buenas mujeres llevaban una vida en extremo aburrida.

Veintidós días después llegó Florencio a visitarla, pero no le permitieron verla.

—Está ingresada; tiene enfermos los pulmones, tuberculosis, dijo el médico, altamente contagiosa; así que no puede ver a nadie. Ni a nosotras nos dejan visitarla. Se la llevaron para un hospital en las montañas de Yoro para que se recupere más luego, pero mientras se mejora va usted a tener que cubrir los gastos; así que cada tres meses tiene que traer lo que se le detalla en ese comprobante.

El bueno de Florencio se hizo a la idea de que aquello iba a durar un poco más de lo que él pensaba. El dinero no era problema; el problema era su soledad.

Edelmira lo veía por un agujero desde la ventana de su cuarto cada vez que llegaba puntual a dejar el dinero.

Lloraba y se acariciaba el vientre, que se movía inquieto al oír la voz nasal de Florencio. Ella también lo extrañaba.

 

Epílogo

Nueve meses después del parto, Mercedes tocó el inmenso portón con los nudillos… Edelmira percibió el golpeteo apagado y, con el corazón a punto de salirse de su pecho, hizo un esfuerzo para fingir que no había oído nada. La mujer se chupó los nudillos adoloridos por el contacto con el durísimo metal y sacó de su cartera una moneda de diez centavos y golpeó con más fuerza esta vez.

—¡Espere, ahora voy! —gritó Edelmira desde la mesa.

¡Su hijo había llegado al fin!


—Miguelan, 2023


Nota del autor: Este relato nació durante la escritura de la novela La flor de Canaire. Aunque no encontró su lugar como capítulo, permanece ligado a su mundo y a sus preguntas esenciales, está basado en hechos reales



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