jueves, 19 de marzo de 2026

EL MUNDO DE LOS LIBROS

Desde que descubrí los libros, un maravilloso mundo se abrió ante mis ojos y comencé a leer todo aquello que caía en mis manos: revistas, periódicos, novelas, etc.

Mi padre me enseñó a amarlos, a tratarlos con delicadeza y a no manchar sus hojas. Con frecuencia nos deteníamos por horas en los puestos de libros usados y escogíamos con dificultad los que nos permitía nuestro presupuesto.

Mi primer libro se lo debo a Mark Twain. Cuando recién comenzaba a ser un adolescente, y aunque fue hace muchísimo tiempo, aún tengo viva en mi mente la imagen del rapazuelo Tom Sawyer y su leal amigo Huckleberry Finn escapándose por la ventana de la casa antes de ser cazados por la estricta tía Polly.

Todavía suspiro cuando recuerdo los bucles amarillos de Becky Thatcher, y me espanto con las sombras que en la noche se asoman a mi ventana, pensando que podría ser el malvado indio Joe.

Y cuando la luna sale como un gran plato de queso, me parece oír la dulzaina del negrito Jim, acompañando los violines de miles de grillos y sapos tenores que orquestan a orillas del Misisipi.

Confieso que no he vuelto a leer Tom Sawyer, porque temo que, al hacerlo de nuevo, se rompa el encanto que generó en mi mente en su momento.

Como nací en una familia numerosa, con recursos limitados, debía tomarlos prestados, a veces con permiso del dueño y otras sin la venia del propietario; eso sí, siempre los regresaba. Los libros representaban para mí un escape de la realidad, que muchas veces era bastante dura; eran la ocasión perfecta para viajar en vacaciones y en las tardes después de jugar, cuando había hecho la tarea a toda prisa.

Con los libros he podido navegar en El mar de las perlas de Emilio Salgari o cazar una espeluznante ballena blanca en los mares índicos al lado del capitán Ahab. Y, si hablamos de capitanes, pocos como Richard Sharpe, el inglés que rescató el águila del Imperio británico y después se embarcó en busca del oro de los españoles, sin importarle volar media Almeida para conseguirlo.

Una vez fui hasta el fondo del mar con el capitán Nemo. Después, en Falsburgo, me enlisté con el bueno de José… ¿cuál era su apellido? Bueno, tal vez más tarde lo recuerde. Decía: me enlisté en las tropas de Napoleón Bonaparte con ese muchacho. Era bastante sencillo y cojeaba un poco, y todos los días le veía escribir en un amarillento y gastado diario que llevaba siempre junto al pecho.

Después, Humberto Eco me llevó a una lejanísima abadía del norte de Italia a investigar una serie de crímenes con el egocéntrico, pero brillante fraile franciscano Guillermo de Baskerville.

Pero mis viajes no pararon allí, porque después me trasladé a los tatús de Morazán y al cerro La Guacamaya, solo por el placer de oír la voz de Ignacio arengando a los rebeldes en La terquedad del izote.

Grité emocionado cuando explotó el helicóptero donde iba aquel genocida que se creía un semidiós y cuya obsesión lo llevó a ser cazado como un sencillo mortal.

No contento con viajar por el mundo, descendí hasta el último círculo del infierno. No me quedé mucho tiempo porque el lugar me horrorizaba, así que decidí hacer un viaje en la máquina del tiempo de J. J. Benítez para buscar al Rey de Reyes…

Y así, sucesivamente, viajes interminables y fabulosos que, si continúo nombrándolos, temo terminaré cansándote, estimado lector.

Los libros son un estupendo modo de inmortalizar una idea. Un libro contiene una pequeña partícula del pensamiento y, aunque la mente sea tan vasta como el universo mismo, en un libro se pueden capturar muchas cosas de ella. Cuando leemos es como si pudiéramos penetrar en el cerebro del escritor y dar un vistazo a sus ideas, aun si lleva más de cien años descansando en el seno de la tierra. (Una mención especial para Sir Arthur Conan Doyle, por regalarnos los fantásticos relatos de Sherlock Holmes).

Quien escribe un libro, en cierto modo continúa viviendo en su obra y, aunque su cuerpo sea solo polvo, sus palabras e ideas siguen murmurando por las noches en las mentes de quienes las resucitan al abrir un tomo de conocimiento.

De ese modo, los que se han marchado de este plano material pueden conversar con nosotros y exponernos sus puntos de vista u opiniones sobre diversos temas.

De vez en cuando doy un vistazo a la mente de mi padre cuando leo sus manuscritos; entonces siento que me conecto con él, sin importar la barrera del tiempo o del espacio, y solo lamento que no dejara más cuadernos.

No podría precisar la cantidad de libros que he leído, porque no llevo cuenta de ellos, pero sabré decirles que desde Tom Sawyer no he parado de leer hasta ayer en la noche.

Cuando era estudiante, era de los pocos que leían completas las obras que nos dejaban como tarea; los demás buscaban resúmenes o pedían copia. Yo les hacía los análisis a algunos a cambio de que me regalaran el libro o, en su defecto, me lo prestaran por unos días.

Leer para mí es como el comer, y cuando por alguna razón me falta mi ración diaria de lectura, siento que el día no ha sido completo. Entonces, husmeando por aquí y por allá, mi cerebro mal acostumbrado debe conformarse con las algarrobas que encuentra en forma de trozos de periódicos releídos en los baños o, en su defecto, las viñetas de los champús o los ingredientes de las salsas que están sobre la mesa.


_Miguelan (Memorias)



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