Era una noche de tormenta y puntual con ella el corte de energía nos había
dejado en tinieblas. Aunque sabíamos que siempre pasaba no dejaba nunca de
tener la esperanza con cada aguacero que al menos esa vez no “se fuera la luz”.
Agonizaba en mis cavilaciones arropado de pies a cabeza, temblando entre
sobresaltos por los impredecibles estallidos que llenaban de claridad la
negrura de mis desvaríos.
El sueño me había abandonado y mi desdicha y lágrimas eran abundantes.
Entonces entró un gato amarillo, en nada distinto a los muchos que
pasaban como Juan por su casa, excepto que este se detuvo y viéndome con
lástima, me habló como si el idioma fuera para el muy natural.
- ¿Y ahora que te atormenta hijo de Adán?
Le vi de reojo y de mala gana respondí:
- ¡Vete minino!
<<¿Qué hace un gato hablándome a las tres y media de la
madrugada?>>
Y dándome la vuelta traté de ignorarlo; Pero el felino saltó sobre la
cama, se subió sobre mi costado y después de arquearse se enrolló y comenzó a
ronronear. Iba a tirarlo con un malgolpe pero la pereza me había esclavizado,
Así que por no moverme decidí que lo mejor era dejarlo en paz.
Acaso haya sido el hipnótico ronroneo o las siete noches que tenía ya sin
conciliar el sueño; pero en un santiamén me quedé dormido.
Pasarían siglos o tal vez solo unos minutos de pesadillas en las cuales
me veía platicando con los Díaz en el recibidor de un gran hotel entre
periódicos que traían noticias de los seres amados que ya murieron.
¡Y entonces una voz similar a la que anuncia los vuelos en el aeropuerto
avisó que el portavoz del mundo etéreo estaba por llegar!
Se hizo silencio, tan denso que casi podía tocarse y nos quedamos viendo
unos a otros sin que ninguno se atreviera a decir algo.
¡Y por la ventana que relampagueaba la tormenta diluviana de la noche más
angustiosa de mi vida; entró el mismo maldito gato amarillo!
Seco, a pesar del aguacero saltó sobre el mostrador y caminó orgulloso
sin mirar a nadie (aunque todos lo mirábamos a él). Al pasar a mi lado, se
detuvo un par de segundos, pero sin dignarse esta vez a dirigirme la palabra o
a mirarme siquiera.
- ¿Eres Dinero? –Pregunté-
Ronroneó y movió las orejas como tratando de recordar una infancia
lejana, y siguió caminando hasta un gran libro negro en el cual estaba escrito
con tinta ocre una lista de nombres. Pude leer que decía en el encabezado
"traslados".
El gato se acurrucó frente al libro e iba a comenzar a leer
Perdone... Interrumpió Gersón
El felino lo miró con disgusto
- ¿Esos son los que ya cumplieron el tiempo verdad?
<<¡El tiempo completo!>> pensé
¿Es que ni en los sueños podré librarme de la angustiosa duda que me
lacera las entrañas?
¿Porque tres años?
¿Será por las tres cruces en el Gólgota?
¿O quizá por los tres años que caminó el maestro sobre la tierra después
que fue bautizado?
¿Acaso sea por los tres escuadrones que tocando trompeta quebraron los
cantaros?
Un relámpago me hizo volver en el preciso instante en que el animal se
disponía a leer; Entonces fui yo el que decidí esta vez salir de una vez por
todas de la duda, A lo mejor en aquel lugar alguien conociera la sabiduría que
encerraban tres años y un día.
Mi corazón palpitaba con la angustia que trae el hablar frente a muchas personas
desconocidas, ¡o peor aún frente a los conocidos que te lapidan con el sarcasmo
y la mofa inmisericorde!
“¡Es ahora o nunca!” -Me dije
El gato intuyó que iba a preguntar algo que a lo mejor no sabría
responder, Así que maullando suavemente me trajo de regreso a la realidad de mi
vida.
- Has estado gritando mientras dormías -me dijo y saltó de la cama
- ¡Yo siempre grito, es cosa de Reyes! ¿Has estado allí? ¿Has visto el
libro?
- ¿Estar dónde? ¿Ver qué?
- ¡El lobby, la reunión, y todo eso! Grité
- No, no sé nada de eso, solo pase para recordarte que estas cumpliendo
ya tres años y un día…
—Miguelan.

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