—Está en su derecho de hacer justicia —le dijo el juez de paz, que era amigo suyo.
Dalia cargó el revólver y lo puso en la mano de su esposo, con los ojos
apagados por la amargura. Había aprendido a fumar en las noches de vigilia en
las cuales rogaba a Dios que le permitiera ver a su hijo, aunque fuera una sola
vez, en el destello de algún relámpago, para despedirse de él.
Abraham tomó el arma y montó en su mula, con dirección a la casa del
asesino. Tres de sus hombres, montados en enormes caballos, lo acompañaban,
armados y decididos a todo. Ellos también creían que asesinar por la espalda
era una vileza que debía vengarse.
Cuando llegaron a Los Perros de Agua, en el patio de una miserable casa,
se lo encontraron de frente, rodeado de su madre y un puñado de niños con
estómagos abultados. Era gente humilde, y el criminal era un muchacho asustado,
de la misma edad que José Belisario, con un gastado machete en la mano,
temblando y casi orinándose en los pantalones.
Todos se quedaron estupefactos, esperando el momento del desenlace.
Abraham sacó el revólver.
—¡No me mate a mi muchacho, don Abraham! —suplicó la madre. Se puso
frente a él con las manos abiertas, mientras los demás niños, desnudos y
sucios, comenzaban a llorar a coro.
Él suspiró y bajó el arma.
—Te perdono —le dijo, y se marchó para siempre de ese lugar.
Había visto, por un instante, cómo aquella muerte desencadenaría una
serie de venganzas futuras entre las familias, llevándose con ella la vida de
muchos más.
—¿Por qué no lo mataste? —le reclamó Dalia, enfurecida.
—Si mi hijo regresara a la vida con matar al criminal, no habría dudado
en hacerlo —respondió él, guardando la venganza para siempre en la gaveta de su
escritorio.
Nota del autor: Este relato nació durante la escritura de la novela La flor de Canaire. Aunque no encontró su lugar como capítulo, permanece ligado a su mundo y a sus preguntas esenciales, está basado en hechos reales. Abraham es mi abuelo.
—Miguelan

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