Las elecciones estaban cerca; se iba a votar por costumbre, como un mero pretexto para ir al pueblo. Ya se sabía que, al final, siempre ganaba el partido de las “Manitas”.
Abraham y Gregorio Reyes marcaban, casi por inercia, el logotipo azul donde dos manos se daban la diestra en señal de compañía.
Era el tiempo de los Generales, y marzo tostaba los pastizales. Los candidatos de relleno, sabiéndose derrotados, se conformaban con las migajas electorales y el bono de participación; pasaría muchísimo tiempo antes de que las cosas cambiaran…
Ese domingo se levantaron más temprano de lo habitual. Lirio, el vanidoso caballo chileno, y Pavita, la mula de paso ligero, los esperaban fuera de la casona; quizá también aquellos animales se alegraran de romper la rutina diaria.
Desayunaron frugalmente y, después de despedirse de Dalia, montaron las bestias y partieron rumbo al pueblo, que desde muy temprano hervía entre campanas y cohetes de vara.
Nota del autor: Este relato nació durante la
escritura de la novela La flor
de Canaire. Aunque no encontró su lugar como capítulo, permanece ligado
a su mundo y a sus preguntas esenciales, está basado en hechos reales. Abraham
es mi abuelo.
—Miguelan

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