martes, 14 de abril de 2026

LA GRUTA DEL ESPÍRITU SANTO

Corinto, Morazán, la tierra de mis ancestros por línea paterna, una ciudad fundada cerca del cielo, en la cúspide de una región montañosa, cercana a la hermana república de Honduras, existe como tal desde 1882; pero ni remotamente se vayan a imaginar que fue entonces cuando el homo sapiens pisó por primera vez esos lugares. Existe evidencia de que la zona estuvo poblada desde la Edad de Piedra.

Nunca había estado allí, así que me debía un viaje para conocer el terruño donde comenzó la estirpe de mi generación, y quizá la de todos los salvadoreños. Y aunque por cuestiones laborales había estado cerca (sociedad), nunca me había aventurado más allá porque no quería que mi arribo a ese rincón de El Salvador fuera por motivos de trabajo.

La camioneta devoraba los kilómetros mientras serpenteaba, rugiendo su poderoso motor japonés. Miguel Bosé sonaba como fondo exquisito para la conversación de camino con mi hermano mayor sobre políticos corruptos y torogoces vilipendiados, a quienes la guerra solo dejó miseria y tristeza.

—Se acabó la guerra, agarremos la cuma y sigamos a lo nuestro—. "Solo que ahora ya no son jóvenes y fuertes, sino viejos y algunos lisiados excombatientes que nada más trabajo de 'chaneque' consiguen, mientras que otros se pasean por la Zona Rosa en sus camionetas blindadas, gastando en una sola cena lo que alimentaría a una familia entera de exguerrilleros durante todo un año.—decía con tristeza.

Como es temporada de cacería de indecisos  por aquí y por allá nos encontrábamos con algún mitin político, asegurando el voto duro para las próximas elecciones.

El cielo era muy azul, <<aunque no tanto como el de Egipto>>, y las impresionantes montañas recortaban el infinito como pinceladas exquisitas del divino pintor.

Y allí estaba la ciudad de Corinto (por fin, después de infinitas curvas), con sus mujeres bellas y coquetas, algunas de ojos muy azules. 

Corinto, de casas antiquísimas fundadas sobre tierra blanca y rodeado de jaragua. 

Corinto, donde mi padre corría descalzo y sin camisa por calles polvorientas hace muchísimos años.

Más allá, está la Gruta del Espíritu Santo, un lugar lleno de pinturas rupestres, algunas en positivo y negativo, hechas por salvadoreños de la edad de los Picapiedra y que representan figuras de danzantes, cazadores y animales. Dicen que para su elaboración utilizaban una rara pintura de origen vegetal.

La Gruta del Espíritu Santo es una milenaria bóveda de piedra caliza de unos 50 metros de diámetro, ubicada a una altura de 820 metros sobre el nivel del mar, al noroeste de la ciudad. Según un estudio de la National Geographic, es un sitio paleoindio con una fecha de surgimiento de aproximadamente 12,000 a. C., y que posteriormente fue ocupado por los lencas, quienes utilizaban la cueva como centro de operaciones para los cazadores que abastecían de carne la zona. 

Durante el conflicto armado fue usada como base militar, donde, según pruebas irrefutables (proyectiles balísticos), utilizaban las figuras rupestres para 'blanquear' o practicar su puntería. 

¡Qué tristeza… cuánta ignorancia! Gracias a Dios no la acabaron, y aún quedan figuras que pueden apreciarse sin mucho esfuerzo. 

Actualmente es administrada por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura).

Caminamos durante horas, en silencio meditativo, admirando con ensoñación aquel santuario arcano, donde las raíces se aferran a las enormes rocas y el viento susurra entre las hojas, meciendo el follaje en una especie de reverencia a los espíritus que han trascendido.

Si usted quiere visitar este lugar y es propenso al mareo con la altura y las curvas, no olvide llevar una buena dotación de pastillas para el mareo o un balde para vomitar. Ah, y el último disco de Miguel Bosé."

 

—Miguelan. (memorias)



jueves, 19 de marzo de 2026

LIBELULAS

 Las libélulas de mi infancia se llaman “titirites” y se mecen levemente en las ramitas más delgadas de los arbustos de flor de mayo, cuando el viento acaricia las llamas que emergen con las primeras lluvias del mes de la madre.

La quebrada serpentea melodiosa y serena, y el sol alumbra con fuerza sus cristalinas aguas, que se deslizan entre las rocas y la hierba. En el fondo se pueden ver piedrecillas de colores…

Los “titirites” pasan veloces, como saetas, después de haber estado suspendidos en el aire por largo rato. Había negros, azules, rojos y amarillos, que son mis favoritos hasta hoy.

Nosotros (mis hermanos y yo) nos zambullíamos en las pozas más profundas, mientras las ninfas huían en busca de aguas más tranquilas. Después sacábamos arcilla de las orillas para hacer figurines que siempre se rajaban (para mi desconcierto) cuando los ponía a secar al sol. También hacía libélulas de arcilla que nunca llegarían a volar por sí mismas y que, la mayoría de las veces, terminaban pegadas en las paredes del vecino Mardoqueo, cuando se nos agotaban las municiones de barro con que jugábamos a la guerra.

Los “titirites” son de la familia de los anisópteros, una palabra de origen griego que significa “insecto con las alas desiguales”, también conocidos como libélulas.

Estos insectos no pueden plegar las alas, de las cuales tienen dos pares.

Son muy útiles para el hombre, porque se comen algunos insectos dañinos, como los zancudos, moscas y polillas, que son transmisores de enfermedades como el dengue y la gastroenteritis. Aunque también comen abejas pequeñas y algunas clases de mariposas.

Viven cerca de charcos, ríos y lugares pantanosos; son inofensivas y no pican a los seres humanos…

De vez en cuando, tras mucha persecución e ingenio, lográbamos atrapar uno; entonces le amarrábamos un hilo y jugábamos a que volábamos un helicóptero.


—Miguelan. (memorias)

libélula roja en hojas de tomate


LAS HORAS SOCIALES

 Al principio, cuando la vi, pequeña y sonriente, hasta cierto punto flexible, no tenía idea de los días que nos esperaban en sus manos; no sospechaba de su infinita capacidad de invención de necesidades inexistentes.

Estábamos Melki, Pepinillo, Herbert y yo de pie, a punto de vivir una experiencia nueva en nuestras vidas, que recién comenzaban.

El año de 1998 transcurría sin mayor novedad; yo era un estudiante entonces y cursaba tercer año de bachillerato.

—Entonces… ustedes vienen del Liceo Técnico José de San Martín, ¿verdad? —nos preguntó la directora del kínder nacional de la colonia IVU, bajándose levemente los anteojos para poder mirarnos mejor, mayormente a Herbert, que se retorcía las manos con nerviosismo.

—Sí, venimos a ver si usted nos permite realizar las horas sociales acá —le dije sin mucho rodeo.

La maestra se regodeó en sus adentros y, aunque cautelosa, pude percibir un brillo negrero en sus ojos. ¡Seríamos suyos durante las próximas 300 horas, para lo que a su cabecita se le ocurriera!

La graduación estaba a la vuelta de la esquina, la culminación de tres años de esfuerzo y sacrificio. Tres años maravillosos que nunca regresarían, pero que habían sido bien aprovechados. Habíamos adquirido un rebosante caudal de conocimiento y los amigos eran abundantes. Hacía tres años no sabíamos nada de contabilidad o economía y hoy, gracias al esmero de nuestros queridos maestros —entre ellos Juan José, a quien cariñosamente llamábamos “Queiquito”, y la enigmática Margarita, sobre quien podría con facilidad escribir una novela—.

Habían quedado bien grabadas las clases de psicología de la profesora “Toña”, que tanto nos abrió los ojos en cuestiones vedadas para unos pubertos como nosotros.

—Bueno, por hoy déjenme la carta que les dio Franco —hablaba del director como si hubiese sido un pupilo suyo allí, en el jardín de niños— y regresen mañana para ver qué pueden hacer.

Nos regresamos cada quien para su casa. Alguno pasaría por El Rey, saludando al cantinero. Yo debía abordar dos buses para llegar hasta mi casa, así que tendría bastante tiempo para pensar en el sacrificio que supondría dejar los fieros enfrentamientos hasta la sangre con los ordenanzas, por las tardes, en partidillos de fútbol, en los cuales apostaba algo más que el dinero que me daba mi padre: la gloria y el honor de ser el mejor futbolista del colegio (al menos en mi egocentrismo juvenil).

Al día siguiente llegamos puntuales como relojes, aunque no tanto como la directora, quien nos hizo pasar a su oficina para poner las cartas sobre la mesa.

Aquella era una mujer de unos cincuenta años, pequeña de estatura, y siempre estaba sonriendo, aun cuando nos regañaba. Usaba lentes y tenía una dentadura perfecta. Las demás maestras no las recuerdo; a decir verdad, solo fueron como sombras que nunca se grabaron en mis recuerdos. No así aquella diminuta mujer que sonreía a menudo y se bajaba los anteojos para vernos mejor… (sobre todo a Herberto).

—Bien, jóvenes, hemos analizado su petición y hemos decidido que pueden realizar acá sus horas sociales. Habrá cosas que deberán hacerlas a diario, como ir a botar la basura y hacer limpieza… lo demás lo veremos según la necesidad que se presente.

Así comenzó nuestra faena en el kínder. Todos los días hacíamos aseo e íbamos a botar la basura, a unas dos cuadras de allí. Para llegar al basurero debíamos pasar por una polvorienta cancha de fútbol que hacía que mis pies sintieran el deseo vehemente de patear “la balona”.

A veces plantábamos árboles, para lo cual debíamos romper con una barra de hierro colado el durísimo concreto, y terminábamos con las manos llenas de ampollas; otras veces podábamos el césped, arreglábamos el techo o pintábamos las aulas.

Los chiquillos corrían felices por los corredores en los recreos, ávidos de diversión. Las maestras aprovechaban para beber café y sostener una agradable tertulia. Nosotros vigilábamos que ninguno se subiera a los árboles y, de vez en cuando, para aliviar el aburrimiento, azuzábamos a algunos para que limaran asperezas por vías no pacíficas.

Una vez fuimos a asear el salón de música, un cuartito precioso con mesitas e instrumentos que parecían donados por los reyes españoles en épocas de la colonia. Había flautas, una pequeña marimba, muy chica, y otros enseres; pero, sobre todos, sobresalía un viejo piano de cuerdas, rústico y perfecto, el cual tocaba cuando podía. La directora me llamó y me propuso que hiciéramos un coro de niños y que yo tocara el piano… no acepté, por pánico escénico.

¡Ya me imaginaba en el teatro, frente a cientos de personas!

Ahora que el tiempo ha pasado y tengo el corazón cansado y enfermo de añoranzas, lamento hasta las lágrimas mi renuencia.

Los días pasaban y nosotros laborando como afanosas hormigas, pero nuestro pensamiento solo estaba en el conteo de las horas que nos faltaban, aunque a veces, por el invierno, solo íbamos a pasar sentados toda la tarde.

Primero se iba poniendo oscuro el cielo y el viento comenzaba a doblar suavemente las copas de los almendros, que aspiraban el olor a tierra mojada; después venían las gotas, unas pocas primero y luego el ejército completo de soldaditos que se levantaban en el suelo cuando los charcos anegaban el pavimento. Entonces nosotros nos quedábamos en unas banquitas, en el corredor, a ver caer la lluvia y conversar cosas sin importancia.

Una tarde en que el sol brillaba y las brisas de octubre comenzaban a pedir piscuchas, la directora nos llamó a su despacho. Nosotros fuimos a regañadientes, pensando en qué cosa nueva se le habría ocurrido ahora; estábamos seguros de que pretendía exprimir nuestras fuerzas hasta el agotamiento.

Allí estaba ella, pequeña como siempre, de pie, con un sobre en la mano y una sonrisa en los labios.

—Jóvenes —nos dijo—, ya han cumplido con su trabajo y ha sido un placer tenerlos con nosotros estos meses. Acá está la carta donde firmo sus horas…

                 

—Miguelan. (memorias)



MI AMIGO CALIXTRO

Nunca presté atención al paso de los años, hasta hoy.

De repente un día me sentí viejo.

Viejo, porque vi cómo los niños que conocí hace un par de meses, ahora ya son hombres de bigote, he visto cómo las niñas mugrientas que corrían y se subían a los árboles son hoy bellas señoritas.

 ¡y algunos hasta están casados y con familia! 

Lo malo de ser viejo es que todos lo conocen a uno, pero uno casi no conoce a nadie.

Cavilaba en eso, casi al borde de la depresión, transitando por una avenida muy antigua de Guadalajara, y por casualidad, a miles de kilómetros de donde suponía se hallaba mi amigo Carlos Villanueva, me lo encontré justo frente a la plaza universitaria.

¿Y quién es ese señor?, se preguntarán los más jóvenes de ustedes.

Carlos es mi amigo, el más despreocupado sujeto que haya conocido alguna vez. Nada le enoja, nada le quita el sueño; es capaz de tomarse un café mientras su casa se quema: compañero de vagancias de mocedad y elocuente predicador.

¡Era el único que mantenía despiertos a los jóvenes con su irreverente forma de exponer la palabra!

Al final le quitaron los privilegios, acusado de abandonar el protocolo eclesiástico.

Somos amigos desde hace más tiempo del que tienen en este mundo muchos de ustedes; pero las ocupaciones y los giros del destino nos han distanciado. Sin embargo, algo me dice que aún nos quedan algunas veredas más que transitar.

De momento, nos bebimos un café.

—¿Y dónde vivís ahora?
—En Hermosa Provincia.
—¿Y tu mujer está con vos?
—No, ella vive en El Salvador.
—¿Y no te preocupa dejarla sola mucho tiempo?

Carlos iba a decir algo, pero solamente sonrió y sorbió un poco de su taza.

¡No, señor! Carlos, o Calixtro, como le gustaba que le dijeran cuando joven, no ha cambiado en lo más mínimo; el tiempo se olvidó de él.

 

—Miguelan (Memorias)



NOCHE DE PUEBLO

De pronto una noche recobré el olfato que había perdido con las últimas cabañuelas; así que decidí salir a caminar por la noche del pueblo.

Me gusta cómo huele la noche en este lugar; huele a tortillas tostándose en los comales de las casas, huele a tamales burbujeando en gigantescas ollas; huele a chorizos friéndose en las sartenes que de vez en cuando encienden en llamaradas.

Algunos murciélagos vuelan cerca de los postes del alumbrado público capturando insectos frente a la cantina donde los borrachitos lloran bebiendo cerveza barata y haciendo fuerzas de mano.

<<Sin murciélagos no hay tequila>> pensé.

 

—Miguelan. (Memorias Nueva Concepción)





EL MUNDO DE LOS LIBROS

Desde que descubrí los libros, un maravilloso mundo se abrió ante mis ojos y comencé a leer todo aquello que caía en mis manos: revistas, periódicos, novelas, etc.

Mi padre me enseñó a amarlos, a tratarlos con delicadeza y a no manchar sus hojas. Con frecuencia nos deteníamos por horas en los puestos de libros usados y escogíamos con dificultad los que nos permitía nuestro presupuesto.

Mi primer libro se lo debo a Mark Twain. Cuando recién comenzaba a ser un adolescente, y aunque fue hace muchísimo tiempo, aún tengo viva en mi mente la imagen del rapazuelo Tom Sawyer y su leal amigo Huckleberry Finn escapándose por la ventana de la casa antes de ser cazados por la estricta tía Polly.

Todavía suspiro cuando recuerdo los bucles amarillos de Becky Thatcher, y me espanto con las sombras que en la noche se asoman a mi ventana, pensando que podría ser el malvado indio Joe.

Y cuando la luna sale como un gran plato de queso, me parece oír la dulzaina del negrito Jim, acompañando los violines de miles de grillos y sapos tenores que orquestan a orillas del Misisipi.

Confieso que no he vuelto a leer Tom Sawyer, porque temo que, al hacerlo de nuevo, se rompa el encanto que generó en mi mente en su momento.

Como nací en una familia numerosa, con recursos limitados, debía tomarlos prestados, a veces con permiso del dueño y otras sin la venia del propietario; eso sí, siempre los regresaba. Los libros representaban para mí un escape de la realidad, que muchas veces era bastante dura; eran la ocasión perfecta para viajar en vacaciones y en las tardes después de jugar, cuando había hecho la tarea a toda prisa.

Con los libros he podido navegar en El mar de las perlas de Emilio Salgari o cazar una espeluznante ballena blanca en los mares índicos al lado del capitán Ahab. Y, si hablamos de capitanes, pocos como Richard Sharpe, el inglés que rescató el águila del Imperio británico y después se embarcó en busca del oro de los españoles, sin importarle volar media Almeida para conseguirlo.

Una vez fui hasta el fondo del mar con el capitán Nemo. Después, en Falsburgo, me enlisté con el bueno de José… ¿cuál era su apellido? Bueno, tal vez más tarde lo recuerde. Decía: me enlisté en las tropas de Napoleón Bonaparte con ese muchacho. Era bastante sencillo y cojeaba un poco, y todos los días le veía escribir en un amarillento y gastado diario que llevaba siempre junto al pecho.

Después, Humberto Eco me llevó a una lejanísima abadía del norte de Italia a investigar una serie de crímenes con el egocéntrico, pero brillante fraile franciscano Guillermo de Baskerville.

Pero mis viajes no pararon allí, porque después me trasladé a los tatús de Morazán y al cerro La Guacamaya, solo por el placer de oír la voz de Ignacio arengando a los rebeldes en La terquedad del izote.

Grité emocionado cuando explotó el helicóptero donde iba aquel genocida que se creía un semidiós y cuya obsesión lo llevó a ser cazado como un sencillo mortal.

No contento con viajar por el mundo, descendí hasta el último círculo del infierno. No me quedé mucho tiempo porque el lugar me horrorizaba, así que decidí hacer un viaje en la máquina del tiempo de J. J. Benítez para buscar al Rey de Reyes…

Y así, sucesivamente, viajes interminables y fabulosos que, si continúo nombrándolos, temo terminaré cansándote, estimado lector.

Los libros son un estupendo modo de inmortalizar una idea. Un libro contiene una pequeña partícula del pensamiento y, aunque la mente sea tan vasta como el universo mismo, en un libro se pueden capturar muchas cosas de ella. Cuando leemos es como si pudiéramos penetrar en el cerebro del escritor y dar un vistazo a sus ideas, aun si lleva más de cien años descansando en el seno de la tierra. (Una mención especial para Sir Arthur Conan Doyle, por regalarnos los fantásticos relatos de Sherlock Holmes).

Quien escribe un libro, en cierto modo continúa viviendo en su obra y, aunque su cuerpo sea solo polvo, sus palabras e ideas siguen murmurando por las noches en las mentes de quienes las resucitan al abrir un tomo de conocimiento.

De ese modo, los que se han marchado de este plano material pueden conversar con nosotros y exponernos sus puntos de vista u opiniones sobre diversos temas.

De vez en cuando doy un vistazo a la mente de mi padre cuando leo sus manuscritos; entonces siento que me conecto con él, sin importar la barrera del tiempo o del espacio, y solo lamento que no dejara más cuadernos.

No podría precisar la cantidad de libros que he leído, porque no llevo cuenta de ellos, pero sabré decirles que desde Tom Sawyer no he parado de leer hasta ayer en la noche.

Cuando era estudiante, era de los pocos que leían completas las obras que nos dejaban como tarea; los demás buscaban resúmenes o pedían copia. Yo les hacía los análisis a algunos a cambio de que me regalaran el libro o, en su defecto, me lo prestaran por unos días.

Leer para mí es como el comer, y cuando por alguna razón me falta mi ración diaria de lectura, siento que el día no ha sido completo. Entonces, husmeando por aquí y por allá, mi cerebro mal acostumbrado debe conformarse con las algarrobas que encuentra en forma de trozos de periódicos releídos en los baños o, en su defecto, las viñetas de los champús o los ingredientes de las salsas que están sobre la mesa.


_Miguelan (Memorias)



NETO EL FANFARRÓN

 El sol desespera con sus impertinentes rayos ¿qué horas serán? Los niños nada saben de las horas.

Dos pequeños vagabundos caminan por los áridos y extensos potreros, donde hieren impunes las espinas de Ishcanal

Uno de ellos se llama Neto y es bastante fanfarrón, aún no ha aprendido a decir la “R”

<<suban al gato ariba y le ponen aroz para que no se baje>>

El otro niño solo piensa en vagabundear; si Tom Sawyer y Huck Finn hubieran de pronto reencarnado, bien podrían ser ellos.

De momento miran maravillados un esqueleto de armadillo y toman las vertebras de la columna imaginando que son las naves de la recién estrenada película de Star Wars

No hace mucho, en la mañana enterraron un tesoro pirata, usando como cofre una vieja lámpara de metal de esas que tiene un elefantito en la tapa. su gran tesoro se compone de piedras de colores que recogieron en la quebrada después de la última crecida; vidrios pulidos por la corriente y algunas monedas de baja denominación que al día siguiente van a desenterrar para comprar caramelos en la única tienda del cantón.


En memoria de mi amigo de la infancia y de toda la vida.

𝑬𝒓𝒏𝒆𝒔𝒕𝒐 𝒁𝒆𝒍𝒂𝒚𝒂 𝑽𝒊𝒍𝒍𝒂𝒕𝒐𝒓𝒐.

Memorias (séptimo cuadro)



jueves, 12 de marzo de 2026

TEMPORAL

La tarde ha sido fría. 

Después de mucha niebla vino la lluvia. Vi un pájaro parado en una antena de televisión… estaba empapado. <<Pobrecillo, quizá no tenga nido>>, pensé.

El café de palo huele riquísimo. Le doy un sorbo y miro por la ventana de madera cómo arrecia la tormenta, doblando las copas de los árboles de un lado a otro.

Cuando cesa la lluvia, todo se pone blanco. La neblina no deja ver más allá de la cocina; pero luego el viento sopla y por un momento se pueden ver las montañas, aunque después desaparecen tras un manto de nubes blanquísimas… Doy otro sorbo a mi café y pienso en la ardilla que a diario se pelea con las catalnicas porque quiere robarles los huevos del nido. Me imagino que estará seca y calentita en algún hueco del árbol, viendo cómo se mece, como un péndulo, el inalcanzable nido de las chiltotas en el palo de aguacate.

La noche pronto se adueñará del paisaje. Las gotas seguirán con su redoble en los techos, quién sabe cuántos días más.

El gato, de vez en cuando, abre un ojo para ver si no hay algún ratón desprevenido; después se enrolla y sigue su siesta al lado de la cocina de leña, donde se preparan en una olla de barro unos deliciosos frijoles con güisquiles cosechados en la huerta familiar. El fuego ya no arde, pero las brasas aún brillan intensamente. Por un momento me río al imaginar al menino en llamas por acercarse demasiado al fogón.

Ya han pasado tres días y no ha salido el sol.

Mi mamá dice que los temporales de hoy no son como los de antes:

—El cielo se iba poniendo oscuro, oscuro, casi se miraba como que era de noche, y venían aquellas grandes tormentas, y va de llover y llover.
Entonces no se llevaban las vacas al potrero, sino que se tenían bien sequitas bajo techo para que no les diera frío… Eran semanas enteras, y a veces bajaban los venados de la montaña hasta los corrales de las vacas buscando comida, y mi papá les decía a los corraleros:
—No los vayan a matar.

Antes era diferente, no como ahora, que ya no puede uno disfrutar un temporal porque en la televisión dicen que es un huracán, o una tormenta tropical, o una depresión tropical.

Quizá tenga razón. Hoy los temporales se llaman huracanes o depresiones tropicales… y ya no bajan los venados de la montaña.


—Miguelan (Memorias)



LA CASA DEL ABUELO

Los piñales apuñados a orillas de los pedregosos y polvorientos caminos que circundan Copalillo se tiñen con el amarillo eterno de aquel sol que se grabó para siempre en el amanecer de mis días…

Las vacas mugen con pereza, mientras las manos bien lavadas de los corraleros tiran de las tetas rebosantes de tibia y espumosa leche que será servida en guacalitos de morro.

Sentado en un banquito, en el corredor de la casa de adobes blanqueada con cal, un par de ojillos vivaces observa con mirada inocente y curiosa. Es un flaquísimo muchachito, miedoso hasta la médula, quien despereza los fantasmas de la noche anterior mientras el penetrante olor de boñiga vacuna impregna cada célula olfativa con una fragancia indeleble que llevará hasta su último respiro.

A un lado de la casa de tejas y horcones, estoicos al paso del tiempo, un gigantesco amate se eleva colosal, con ramas que casi tocan las nubes y raíces que orgullosas se posan sobre la gigantesca roca blanquecina donde los boyeros ponen sal para que el ganado lama con su lengua carrasposa, haciendo un ruido peculiar.

Un Volkswagen Escarabajo, perlado de sereno, descansa en un claro debajo de unos palos de jocote corona, pelados, sin una sola hoja; pero cargados de colorados frutos que sin duda más tarde serán devorados con avidez por una pandilla de jovencitos chorreados e hiperactivos que, el día anterior, se bañaron pelados en la poza de Las Ánimas, llenando con su griterío el silencio de los vastísimos potreros donde crece harto el jaraguá y los palos de carbón negro…

Una mano suave se posa en el hombro del pequeño rapaz.

—¡Hola, tocayo! —dice con dulzura.

¡Es el abuelo! Su mano es suave y sus ojos desbordan serenidad y paz. En la otra mano lleva un tazón de leche tibia y azucarada que extiende al chiquillo…


—Miguelan (Memorias)

La casa del abuelo en san alejo el salvador abraham reyes fuentes


EXCURSIÓN AL TRIFINIO

Los profesores del colegio han planeado una excursión a Montecristo, un bello lugar que sitúa un punto donde convergen las tres fronteras de los hermanos países: Honduras, El Salvador y Guatemala.

Siempre he sido renuente a las excursiones, porque la gente no puede ver otra cosa que no sea la playa y a mí poco me gusta el mar. Lo asocio con ahogados, ballenas blancas, tiburones (Dios bendiga a Spielberg) e insolación, la cual he sufrido en carne propia.

Bueno, pero hoy es diferente.

Este es un bosque nebuloso con pinos, cipreses y quetzales (creo que de nacionalidad guatemalteca, porque en El Salvador solo van quedando pijuyos y zanates). Montecristo es un sitio muy frío y alto, ubicado en Metapán.

El viaje costará diecisiete colones (quizá unos dos o tres dólares) y se unirá Chel, aunque no pertenece a la institución.

El punto de reunión es el colegio. La salida será a las siete de la mañana; pero, con la emoción, ya a las seis estamos frente al portón con los demás amigos, todos alegres y comentando lo mucho que nos divertiremos.

Yo llevo atún con vegetales y una bebida hidratante para merendar cuando el hambre apriete.

Pero, como suele suceder en toda excursión, en cualquier lugar del mundo donde esta se efectúe, la mano de Baco se inmiscuye en las mentes de un pequeño grupo, o quizá no tan pequeño.

Bueno, no todos llevan Gatorade para tomar. Otros, amantes del vino, se han armado hasta los dientes con el codiciado “elisir” (leer con la voz de Coco Basile), el cual han puesto en envases de Coca-Cola para luego, en un alarde de químicos de cantina, con un gotero mezclar la bebida gaseosa solo para darle color y engañar el ojo pacho de los profesores del colegio más alcahuete de Santa Ana.

Hay algunos que ya han comenzado a degustar la caña, como el Cara de Malo (QDDG) y el Chele Caquita.

Por fin llega el bus y todos, con gran entusiasmo, lo abordamos, escogiendo los asientos a voluntad. No es extraño que los beodos se coloquen siempre en la parte posterior del mismo.

Los profesores pasan revisión de mochilas cuando algunas de las compañeras delatan a los muchachos que van bebiendo licor; pero no encuentran nada, ni una sola botella.

El viaje es entretenido. Comentamos lo que haremos cuando lleguemos y miramos por la ventana el paisaje.

Yo comparto el asiento con Melki, el más fuerte de los compañeros. Tiene una cicatriz en la cabeza que va desde la frente hasta la parte de atrás, como una cremallera. Él dice que tiene una placa de platino y que le duele cuando se baña o cuando hace mucho frío...

En la parte trasera del bus han comenzado a cantar:

“Solo el San Martín hace al estudiante feliz,
¡Solo el San Martín! —gritamos todos—.
Solo el San Martín hace al estudiante feliz.
Si el guaro se acaba,
la vida es nada…
¡Solo el San Martín hace al estudiante feliz!...”

¡Es el colmo! Han caído en la blasfemia. Sus almas irredentas están ya sin esperanza, a espera del justo castigo en el día de la ira (leer con música de fondo Dies Irae de Mozart).

¡Y lo peor de todo es que yo estoy como en medio de ellos!

A estas alturas del viaje, el Chele Caquita ha perdido el conocimiento.

Los profesores comienzan una nueva revisión, esta vez dirigidos por Malaki… (la música sigue sonando).

Hoy no va a resultar el camuflaje. Es obvio que nadie se emborracha tomando Coca-Cola. Y, una por una, no tardan en ser despachadas por las ventanillas del autobús sendas botellas adulteradas.

Todos los envases de litro que han sido alterados, y otros que no; es mejor prevenir que lamentar.

El Seco llora y amenaza a los soplones mientras gesticula impávido.

Claro que eso no les gustó mucho. Pero, al final, ellos son los que mandan y nadie quiere problemas con Malaki, el profesor de física (que también es bolo, pero no en horas de trabajo).

Sin más problemas llegamos a Metapán, que será nuestra parada de abastecimiento. Bueno, por lo menos para los que tengan dinero. En el San Martín nos caracterizamos por ser acabados casi todos, y los que algo tienen lo gastan en guaro o en maquinitas.

Allí en Metapán hacemos una parada de unos quince minutos aproximadamente. Nosotros compramos churros y caminamos por el mercado. La mañana es maravillosa: el sol tiene un color amarillo dorado y el clima está fresco; creo que estará más frío arriba.

Habiendo comprado más “elisir” (otra vez el Coco…) y golosinas, abordamos el bus para empezar el ascenso.

Al principio no tenemos un bonito paisaje, sino más bien polvo rojizo y muchas zonas deforestadas; pero todo va cambiando según ascendemos la majestuosa montaña.

No obstante, el bus es viejo y cada vez va más lento, a vuelta de rueda.

¡Solo Dios sabe cómo ese vejestorio llegó a la caseta de Montecristo, donde nos registramos y pagamos la respectiva cuota para poder ingresar!

Creo, si la memoria no me falla, que costaba diecisiete colones con cincuenta centavos.

Continuamos el ascenso por media hora más; pero llega un momento en que el bus no puede continuar. Es muy viejo y va sobrecargado. La pendiente es demasiado inclinada, así que se hace lo que se acostumbra en mi país: nos bajan a todos los hombres a recorrer lo que resta del trayecto caminando.

<<quejas y maldiciones de algunos>>

Ahora que lo recuerdo, casi treinta años después, esa caminata ha sido una de las mejores cosas que nos ha podido pasar en el viaje, porque nos dio la oportunidad de tomarnos fotografías en lugares donde no podríamos haberlo hecho de ir en el bus, como la que me saqué en la orilla de un barranco, apoyado sobre un árbol, arriesgándome a despeñarme en una caída de unos quinientos metros. Gracias a Dios el bendito árbol resistió muy bien mis ciento treinta y nueve libras (suspiro…).

Aprovechamos para extasiarnos con la excelente vista que hay en el mirador y nos tomamos más fotos. No todos, claro, porque según decía un rotulito que había a la par de este, solo soportaba ocho personas.

El esfuerzo fue grande y muchas veces paramos a beber agua de un frío riachuelo que a menudo asomaba por la orilla del camino a saludar a los viandantes ruidosos.

Más adelante, a unos tres kilómetros, nos estaba esperando el bus. Lo abordamos y recorrimos lo que faltaba de camino hasta la zona central del bosque, donde estaba el parqueo.

La zona de campamento es un lugar con muchos pinos y un jardín de orquídeas.

En el suelo hay una especie de acolchada alfombra natural formada por las hojas en forma de agujas que caen de las coníferas. También hay cabañas de madera para quien desee quedarse a dormir y tenga cómo costear su elevado precio. Hay mesas al aire libre y un arroyuelo de muy heladas aguas que serpentea entre las orquídeas y la hierba verde.

Allí está el bosque centenario que acoge en su seno el árbol del amor y muchos puentecitos de madera. Bueno, eso me dijeron, porque yo no lo visité, ya que me uní a la expedición al Trifinio sin guía y sin ningún mapa, solo con las palabras del guardabosque:

—Sigan el camino y no paren de subir.

El Chele Caquita trató de acompañarnos; pero, debido a su altísimo estado de ebriedad, no pudo.

Pobre: salió ebrio y regresó ebrio. No sé si disfrutó del viaje como nosotros, pero cada quien tiene su manera de divertirse.

En lo personal, disfruto más las excursiones si estoy sobrio.

La caminata es durísima: son siete kilómetros montaña arriba. A veces hay camino; otras, solo veredas, y en el peor de los casos nos toca caminar en medio del bosque.

Antes de salir me comí una de las dos latas de atún y guardé la otra para más tarde.

César, Bigotes y Chasis parece como si flotaran, porque no los vimos hasta que llegamos (no sé qué se habían metido, pero caminaban rapidísimo, como si fueran fantasmas del bosque).

Hay muchas bellotas en el suelo. Recogí algunas como recuerdo, pero después de un rato se me hicieron muy incómodas y las tiré.

A cada riachuelo que encontramos le damos una probada. Ignoro por qué, pero el agua, aparte de ser más fría, se siente como dulce. No creo que estuviera contaminada, porque no tuve ninguna reacción desfavorable; o a lo mejor estoy inmunizado por tanta agua de potrero que bebí en mi infancia.

Dicen que hay quetzales y venados, pero no logré ver ninguno. Quizás la gran bulla que íbamos haciendo los asustó y se escondieron.

Lo que sí pude ver fueron muchos pájaros de colores brillantes. Uno de ellos era de un rojo muy vivo que no recuerdo haber visto antes.

De vez en cuando nos encontrábamos con un guardabosque y le saludábamos con el respeto que infunde alguien que conoce el lugar y además porta un arma, quizá un rifle calibre 22.

No recuerdo cuánto tiempo caminamos; pero, cuando pensaba que había pasado lo peor, nos topamos con el trayecto final: una parte del camino que hay que escalar literalmente.

Es tan empinado que debo asirme fuertemente de las raíces de los árboles para no resbalarme. Melki me sigue de cerca.

Se quitó la camisa, quizá para aligerar el cuerpo, porque no creo que sea por el calor, ya que definitivamente no lo hay.

Después de mucho esfuerzo llegamos a la cima de la montañita, luego de escalar cincuenta amargos metros.

Al llegar grito triunfal, una mezcla de ¡sí, lo logré! con me estoy muriendo (del cansancio).

Algunos se asustan ante mi reacción; pero a otros les ocasiona risa.

En la cúspide hay un mirador de unos cinco metros de alto, hecho completamente con madera. Las columnas son troncos enlazados con otros más delgados, puestos diagonalmente en forma de equis. Arriba, la plataforma tendrá tal vez unos dos metros cuadrados y, para poder subir hasta allí, hay una escalerilla que va por la parte de adentro de la torre hasta una ventanita en la plataforma, por la que apenas puede pasar una persona.

Desde allí la vista es maravillosa. Se ven las montañas de Honduras y, lejos, el verdor de la selva petenera que una vez viera Pedro Culán el cazador.

También es posible ver el faro del Pacífico, que fue así como llamaron los marinos al volcán de Izalco, y otros lugares de El Salvador.

Allí mismo hay un monumento de cemento pintado de blanco, el cual no tardamos en montar la mayoría de nosotros.

Ese es el punto que da el nombre al lugar: EL TRIFINIO.

Allí, sobre la torreta, abro mi segunda y última lata de atún con vegetales y saboreo la suave carne del pez que nunca tuvo la menor sospecha, cuando nadaba en algún lugar del mar de Costa Rica, de que sería devorado por un miserable estudiante en uno de los lugares más altos de El Salvador.

Pasamos quizá como media hora disfrutando de aquel merecido premio a nuestro esfuerzo.

¡Es una lástima que no todos hayan podido venir hasta aquí!

Pero así es la vida: solo los que más se esfuerzan son los que degustan las mieles de los triunfos.

Luego emprendemos el regreso, el cual, como es de imaginarse, fue mucho más fácil. Caminábamos deprisa porque ya se acercaba la hora de regresar y no queríamos hacer enojar a los maestros ni atrasarnos.

Herbert, Chel y yo íbamos rezagados, ya que los demás venían corriendo. Nosotros solo trotábamos, pero veníamos muy atrás, aparte de que me retrasé tomando la última foto que quedaba en el rollo (antes no existían cámaras digitales).

Estábamos como a medio kilómetro y el bus ya nos estaba pitando, así que tuvimos que correr, ¡ahora sí, como Dios manda!

Cuando llegamos ya habían partido sin nosotros y tuvimos que precipitarnos desesperados otro medio kilómetro para alcanzar el bus, en el cual todos se burlaron de nosotros.

Hoy que escribo esto, muchos años después, pienso que todo fue un ardid de los profesores: una broma para acabar el día riéndose a expensas nuestras.

—¿Cómo iban a dejarnos abandonados en las montañas?

Fue uno de esos viajes que jamás se pueden olvidar, aunque el tiempo pase.

Cabe mencionar que, en un principio, no tenía deseos de asistir a la excursión y quería disfrutar el día sin clases, holgazaneando en mi casa. Creo que lo habría lamentado, como lamento no haber asistido al Cerro Verde en otra salida que hicieron.

Mi paso por el San Martín fue efímero, pero lo disfruté muchísimo. Incluso los momentos difíciles el tiempo los ha suavizado, y hoy los degusto con la misma gula con que mis compañeros degustaban el “elisir”.

Fueron mis días de estudiante, fueron mis años de mocedad, y no me arrepiento de lo que hice, sino de lo que dejé de hacer...

Porque no podré volver el tiempo y repetir mis años al lado del Seco, el Enano, el Sapo, Orellana, Herberto, Palillo, Chonte Bobo, el Chele Caquita, el Cara de Malo, César, Bigotes, Chasis, el Garrapatoso, Pepinillo, Melvin y todos los demás que no menciono para no hacer más larga la historia, amén de mis profesores, que fueron lo máximo y contribuyeron a que todo encajara en el lugar apropiado… mis respetos para Margarita. Tal vez algún día lea esto.

Del resto del viaje no recuerdo mucho, excepto que el Chele Caquita venía bien bolo y que yo dormí casi todo el camino.


_Miguelan (Memorias)

Excursion al trifinio montecristo el salvador liceo tecnico jose de san martin santa ana 1996-1998


DRAKKAR

Un niño pequeño, de cabello desordenado y ojos legañosos, asediados por los mosquitos, mira extasiado los grandes mares escandinavos que se formaron mientras dormía… fueron creados por la tormenta que pasó enfurecida arrancando arboles de raíz y desnudando techos de láminas herrumbrosas.

Al lado del escuálido muchacho un vikingo, de enormes proporciones y un guerrero apache de cuerpo cobrizo miran serenos el horizonte. ¡Son grandes amigos, y compañeros de correrías!

Anclado en los muelles y agitándose con impaciencia un regio drakar negro con muchos escudos en la borda y velamen dorado espera impaciente el abordaje de aquellos grandes guerreros ávidos de aventuras.

El niño camina descalzo sobre las frías aguas de los charcos y toma un pedazo de vara de bambú partido por la mitad que dejó botado algún albañil descuidado el día anterior; coloca dentro de ella dos muñequitos de plástico y se acurruca para ir en busca de peligros…


_Miguelan (Memorias)



miércoles, 11 de marzo de 2026

DESPERTAR DEL MOCHILERO

Cuatro horas habrán pasado desde que mi cuerpo sucumbió al cansancio (porque no se puede llamar dormir al colapso total del cuerpo) hasta la resurrección del día siguiente, activándose en el momento todas las terminaciones nerviosas; los sentidos despiertan adoloridos.

¡Qué infernal dolor en la espalda y cuello!

¿Quién encendió la luz?

¡Quien sea que esté en el sanitario debe ir con urgencia al médico!

¿Por qué nadie calla a ese niño…?

¡Cómo ronca Anselmo, debería su esposa ponerle una almohada en la boca!

¡No, no estuve bebiendo anoche, yo soy abstemio desde hace mucho!

–Qué bueno que ya se despertó.

Entorno los ojos legañosos para enfocar bien al energúmeno que sonríe frente a mí; la saliva me sabe amarga y además parece engrudo, así que debo chasquear un par de veces la lengua para que se despegue y pueda contestar.

–Tal vez no debí despertar nunca –farfullo–.

–¿Qué dijo?

–Ah… La paz sea contigo, hermano Eulalio.

–Amén. ¿Cómo hace falta la cama en estos viajes, verdad?

–¡Cada hueso de mi esqueleto la reclama, el suelo es tan malo para el hedonista! Pero tengo que admitir, más allá del dolor, que se sueña mejor.

–¡Por eso es que gritaba anoche!

–Yo siempre grito, Lalio, así nací, es cosa de Reyes.

–¿Y qué era lo que soñaba?

–Yo soñaba que soñaba.

–Eso ya lo he leído antes, sea original, hermano.

–No sé cómo decirlo entonces…

–Está bien, ¿y qué es lo que soñaba?

–¿Qué soñaría usted si supiera que está soñando?

El rostro de Eulalio Concepción se puso rojo como tomate.


—Miguelan.



PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

¿Cuáles son tus propósitos de año nuevo?

–¿Propósitos? Ammm… no sé, después de vivir miles de años ya uno no piensa mucho en esas cosas, todo se vuelve como una película que ves una y otra vez.

–Me refería a los otros propósitos… con la gente –dije, haciendo comillas con los dedos.

–No sé –respondió, mientras hacía el golpe con un cigarro mentolado–. Hace tiempo que me volví un simple espectador; cuando se me ocurre una idea perversa, resulta que ya a Pedro se le ocurrió antes y la ha llevado a cabo mil veces.

He tenido que aceptar por la fuerza de los hechos que estoy más obsoleta que Windows 98… mejor habláme sobre tus propósitos. ¿Qué planes tenés vos? –preguntó, dejando escapar el humo blanquecino por una boca perfectamente delineada con R. C. Channel.

–Uh… lo mismo de siempre: seguir trabajando duro, ver, oír y mantener la boca cerrada lo más que me sea posible.

–¿Por los delincuentes? –dijo mientras me veía casi sin interés con sus preciosos ojos grises.

–No, por ellos no, los que me dan miedo son…

No me fue posible acabar la frase, el microbús repleto de ganado pensante acababa de aparcar justo al lado de la pecosa muchacha que no hizo el mínimo intento por abordarlo y continuó fumando. Yo debí empujar al alcohólico profesor de primaria que se desparramaba cada vez que trataba de meterse por la minúscula puerta, y esquivar los codazos que María Espinoza lanzaba en una declarada batalla por hacerse de un puesto en aquella lata de sardinas.

–¡Caminemos al centro, caminemos al centro, todavía hay espacio! –escupía el cobrador, mientras el abusivo conductor mentaba la vieja con el acelerador una y otra vez.

Ya colgado en la puerta pregunté:

–¿Y vos no venís?

–No, todavía no, aún falta que llegue Asael, además a ese microbús se le va a reventar una llanta…


—Miguelan.

muchacha pecosa de ojos verdes fumando


LA POZA DE LAS ÁNIMAS

… Y más allá de los piñales, rodeado de jaraguá, entre aullidos de coyotes, emergía descuidado el peñón de las Ánimas; un montículo formado por incontables rocas, en las cuales se cogían como dedos las raíces de duros árboles impasibles al tiempo y los inviernos.

¡Peñón de víboras de cascabel, corales de anillos relucientes, colmenas rebosantes de miel y espadas de chupa-chupa!

Al pie de esa montaña de rocas vetustas hay un ojo de aguas diáfanas, cercado de bejucos, palos de carbón negro y libélulas multicolores. Manantial escondido para la mayoría de viandantes por el encanto de la maleza y los helechos, que gotean notas en un eterno xilófono que nunca se detiene, excepto en las noches de luna llena, cuando las ánimas llegan a bautizar sus penas en las aguas sacrales del monte.


—Miguelan (Memorias)

la poza de las animas san alejo copalillo


LAS CABAÑUELAS

Su nombre se remonta a la fiesta de las cabañas que celebraban los israelitas en memoria de su peregrinar por el desierto.

El método consiste en la minuciosa observación de los primeros doce días del mes de enero, ya que según suceda así será el clima los doce meses del año.
Si llueve el quinto día significa que el invierno será puntual; si llueve después, quizá el invierno se retrase.
Los campesinos llaman cabañuelas a las precipitaciones lluviosas que suceden a veces en diciembre y otras en enero, y al no tener una base científica cada uno la interpreta según su experiencia.


—“¡Ya se derramaron las cabañuelas, hoy no va a ser bueno el invierno!” —decía mi papá cuando llovía en diciembre.

Entonces debían ser prudentes y esperar hasta que maduraran las lluvias antes de comenzar las siembras; pero si las cabañuelas caían en el mes de febrero, entonces temprano, en abril, estaba él sembrando en seco, en el polvo, y en cuanto comenzaba a llover entonces brotaba el maíz.
Antes el invierno era puntual: comenzaba en abril, a más tardar mayo, y terminaba en octubre, cuando las brisas se llevaban las nubes…


—Memorias de Thelma Reyes.

—Miguelan. (2023)

CABAÑUELAS


GRADUACIÓN

El sol de las diez de la mañana se filtra entre las hojas de los almendros manoseados de los corredores de la escuelita del caserío.

Unos pocos padres de familia estamos sentados en las mesas decoradas por los mismos alumnos, mientras algunas profesoras y madres terminan de colocar los últimos adornos.
Llovió ayer en la tarde y parte de la noche, y eso vino a sacar el calor de la tierra, convirtiendo la aldea en un gigantesco sauna de temperaturas insoportables.
Hoy se gradúa de sexto primaria mi hija.
Estaba muy bonita con su vestido de princesa árabe y una sonrisa de oreja a oreja que no desapareció en todo el día.
Me tocó dirigir la oración al inicio del acto de graduación, un poco sonrojado por la cantidad de padres de familia que llegaron.
Apenas iba por el Padre Nuestro cuando me hicieron señas con los ojos de que ya debía entregar el micrófono, porque, por la impuntualidad de los de siempre, empezaron una hora más tarde y el tiempo era escaso.

La maestra de los graduandos lloró al final del evento.
¡Y con razón, esta es su última promoción!
Se va a jubilar con honores, culminando una satisfactoria carrera de toda una vida.

—Posiblemente no nos veamos otra vez —dijo— este es mi último año como docente… ¡pero llevo la satisfacción de haber formado hombres y mujeres de provecho para la sociedad, y Dios quiera...

Hizo una pausa, y vio a los graduandos con infinita ternura, casi como una madre mira a sus hijos.

—…Dios quiera que entre ustedes haya un ingeniero, un médico, un maestro, un alcalde, ¡un presidente! y que al llegar a los laureles del éxito jamás olviden la escuelita donde comenzaron, ni tampoco a sus maestros.

Estalló el aplauso general, momento que la maestra aprovechó para enjuagar sus lágrimas con un pañuelo minúsculo…


—Miguelan (7 Nov. 2017)



martes, 10 de marzo de 2026

CALOR

Hace mucho calor; no obstante, los grillos parecen felices, rasgando con sus violines la noche del pueblo costero; aldea de palmeras, caserío de calles interminables; de palos de mango de toda clase y de ríos que presurosos buscan las salinas aguas del mar sin detenerse a ver los grandes potreros y cañales.

Sí, en la costa siempre hace calor, pero uno se va acostumbrando a eso después de unos meses, y se ríe del citadino que, cuando nos visita, se desespera hasta el llanto y gimotea maldiciones.

Bueno, es que hoy está más cálido de lo normal. Veo las copas de los árboles con la esperanza de atisbar un poco de brisa; pero los árboles parecen petrificados.

Los ventiladores de techo giran con pereza, revolviendo el vapor asfixiante sin llegar a refrescar un ápice el ambiente.

Es cierto, sí, desde que dejó de llover los zancudos han disminuido bastante; pero los pocos que han quedado han recrudecido sus ataques y aguijonean con saña la carne sazonada con sudor y sal.

¿Por qué tienen que doler tanto sus picaduras?

Mi hijo, el listillo, dice que los mosquitos tienen dientes… ¿Será verdad? ¿Entonces muerden o pican?

Ayer fue noche de plenilunio.

¡Deberías, amigo, ver la luna entre las palmeras!

Hoy subirá menguante, quizás un poco más tarde, y así irá llegando retrasada cada día algunos minutos, perdiendo de una en una sus veintiocho tajadas hasta desaparecer por completo, dejando en tinieblas a los sapos de la charca que aún recuerdan la última lluvia del día de muertos.


Nueva Concepción, GT. 4 Nov. 2017
—Miguelan



MONÓLOGO

La tarde tenía ese rancio olor a cabañuela retrasada.

Aunque hacía calor, en la costa siempre lo hace; el café se había servido puntual, como era la costumbre. Café hervido, sin la odiosa canela. Puro, como lo beben los que saben.

—¡Soy un mal conversador, lo siento! No se me da eso de platicar, es así… es como soy.

—Bueno, me gusta cómo escribís. Cuando no estás escribiendo, tal vez no seas como Gabo, pero entretiene leerte en la mañana mientras me desayuno.

—Bueno —ruborizado—, me entretiene escribir, pero me aburre platicar… ¡No, no lo digo por vos! Es que nunca sé qué decir, se me acaba la cuerda pronto.

—¿El repertorio? Bueno, quizás es que no te relacionás con personas que sean interesantes para ti. A mí me pasa también.

—Sí, me aburre casi toda la gente.

Se quedó viendo la mesa un largo rato mientras dibujaba con el dedo emes imaginarias, que bien podrían ser gaviotas volando en un atardecer.

—A veces finjo que les escucho y asiento con la cabeza; pero mi mente divaga…

—Creo —le interrumpí— que, aunque no te guste conversar, si te gusta escribir, a fuerza debés aprender a escuchar, y eso solo pasa cuando platicás con alguien.

—¿Te parece?

—Un buen escritor no tiene que ser un buen conversador; bastará con que tenga grandes orejas y ojos del augurio.

—¡Ojos del augurio! Como la espada de León-o.

Esbozó una sonrisa imperceptible y me vio de reojo mientras hacía con el dedo círculos en el borde de la taza de café.

—Las mejores historias comienzan en la realidad de la vida ajena… La gente siempre dice más de lo que habla.

Metió la yema del dedo en el oscuro néctar para comprobar que ya estaba bebible y sorbió un poco, con un leve temblor en los labios, temiendo quemarse.

—¿Por qué no me cuentas otra vez esa historia? —preguntó el rostro que se dibujaba en el oscuro espejo de la cerámica.


—Miguelan, 20 de enero de 2018.



ABC de mi mente

A quien pueda recordar vívidamente su infancia le envidio; mis primeros recuerdos son más bien como imágenes estáticas, cuadros muy borrosos que se amontonan sin orden cronológico o ilación alguna en la oscura galería de mi mente. Son como lienzos donde veo charcos con lama verde encima, aviones veneneros amarillos con doble ala y ruidosos motores; grandes extensiones algodoneras y ríos cristalinos donde algunas mujeres lavan ropa...

Tengo además la reminiscencia de múltiples emociones y sensaciones carentes de algún pensamiento que me permita identificarlas en el tiempo y el espacio, momentos que aparecen de manera involuntaria a veces cuando cierro mis ojos.


—Miguelan (Memorias)




CORTADORES

El clima está fresco, y el volcán se encuentra envuelto en neblina; de repente, tengo la impresión de que siente frío y se abriga con las nubes.

El viento lleva consigo el aroma del café; es la temporada de cosecha, y por todas partes la finca se tiñe de rojo. Las ramitas casi se quiebran bajo el peso de los moriscos frutos.

Los veo pasar de prisa desde la cama del vehículo.

Por la carretera caminan docenas de cortadores, charlando entre ellos con el canasto en la espalda y la matata atravesada. Seguramente llevan consigo tortillas calientes que las mujeres madrugaron a preparar. Tal vez también llevan frijoles y un trozo de queso seco, que comerán al mediodía bajo la sombra de algún árbol de nacaspilo o matasano, tan abundantes en la región.

Visten zapatos humildes pero resistentes, pantalones de sastre y abrigos impermeables, gorra o sombrero. Los hombres, al igual que las mujeres.

El sol parece sonreírles cuando se asoma entre las montañas allá por la vuelta del cura.

—¡Ni loco vengo a cortar estos días! —murmura Checho—. Aún llueve y la finca está mojada.

Pasamos por donde don Abraham y remolcamos el carro que dejamos ayer. Hubo que empujarlo para sacarlo de la casa. El suelo está lodoso y los pies se nos hunden en la boñiga vacuna.

¡Vamos a visitar a mi madre, que nos espera con sopa caliente en la ciudad morena!


—Miguelan. (Memorias)