miércoles, 11 de marzo de 2026

DESPERTAR DEL MOCHILERO

Cuatro horas habrán pasado desde que mi cuerpo sucumbió al cansancio (porque no se puede llamar dormir al colapso total del cuerpo) hasta la resurrección del día siguiente, activándose en el momento todas las terminaciones nerviosas; los sentidos despiertan adoloridos.

¡Qué infernal dolor en la espalda y cuello!

¿Quién encendió la luz?

¡Quien sea que esté en el sanitario debe ir con urgencia al médico!

¿Por qué nadie calla a ese niño…?

¡Cómo ronca Anselmo, debería su esposa ponerle una almohada en la boca!

¡No, no estuve bebiendo anoche, yo soy abstemio desde hace mucho!

–Qué bueno que ya se despertó.

Entorno los ojos legañosos para enfocar bien al energúmeno que sonríe frente a mí; la saliva me sabe amarga y además parece engrudo, así que debo chasquear un par de veces la lengua para que se despegue y pueda contestar.

–Tal vez no debí despertar nunca –farfullo–.

–¿Qué dijo?

–Ah… La paz sea contigo, hermano Eulalio.

–Amén. ¿Cómo hace falta la cama en estos viajes, verdad?

–¡Cada hueso de mi esqueleto la reclama, el suelo es tan malo para el hedonista! Pero tengo que admitir, más allá del dolor, que se sueña mejor.

–¡Por eso es que gritaba anoche!

–Yo siempre grito, Lalio, así nací, es cosa de Reyes.

–¿Y qué era lo que soñaba?

–Yo soñaba que soñaba.

–Eso ya lo he leído antes, sea original, hermano.

–No sé cómo decirlo entonces…

–Está bien, ¿y qué es lo que soñaba?

–¿Qué soñaría usted si supiera que está soñando?

El rostro de Eulalio Concepción se puso rojo como tomate.


—Miguelan.



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