El primer gallo anuncia el nuevo día desde el árbol de mango; a lo lejos
le replican otros en la montaña. Es la hora para que Natanael se levante y se
prepare para un día más de trabajo en la ladrillera. Después de desperezarse,
se bebe un café y se come dos semitas "ayúdame a vivir". Sus manos
son testigos mudos de los estragos causados por años de trabajo rudo, pero él
siempre ha sido renuente a usar guantes, por considerarlo poco masculino.
No vive cerca de su lugar de trabajo, una ladrillera artesanal que,
trabajando a su máxima capacidad, puede producir 20,000 ladrillos en un mes. Él
vive en una finca perdida en las montañas. Tampoco es un jovencito; hace mucho
que dejó de serlo, tanto que ya no lo recuerda. Le parece que siempre ha sido
un viejo que pasa de los 60 años, aunque sus ojos aún conservan esa chispa de
la vitalidad del joven.
Vive con una hija, en una casita hecha con una docena de láminas. Dice
tener un hijo que hace mucho que se fue para Estados Unidos. Nunca sabe con
exactitud la hora; se limita a levantarse con los cantos de los gallos y a
acostarse cuando ya está oscuro.
Más tarde, un camión se detiene frente a su casa y hace sonar la bocina.
Después, unos gritos: "¡Natanael! ¿Ya estás listo?". Natanael no
responde, pero sale de la casa y, con una sonrisa de pocos dientes, saluda a
Noé, el dueño de la ladrillera. Luego, haciendo un poco de esfuerzo, se sube a
la parte trasera del camión. Allí van otros dos trabajadores: uno que apenas
tendrá unos quince años, pero es bien fornido, y un joven bastante apuesto que,
más que jornalero, parece bachiller, uno de esos bachilleres con mucho cerebro
pero pocas oportunidades.
Natanael los saluda y se sienta en la cama del camión. Del bolsillo de su
camisa curtida saca un puro y, de un mordisco, le arranca un pedazo con sus
dientes amarillos como granos de una mazorca rala. Y comienza a masticar el
picante tabaco lentamente mientras respira con tranquilidad. Hace bastante frío
esa mañana, pero a él poco le importa. El ruido del camión y el vaivén le hacen
dormitar.
Cuando abre los ojos, después de un sueño ligero, el sol ya se levanta
bastante alto y han llegado a la ladrillera. El trabajador más joven se baja a
abrir el portón, hecho con palos y alambre de púas. El patrón aparca el
vehículo y se dirige a donde ya trabaja arduamente el ladrillero, quien a esa
hora ya tiene casi la mitad de la faena diaria. Se levanta temprano, cuando aún
está oscuro, porque no le gusta mucho trabajar después de las 11 de la mañana,
por el calor. Además, así los ladrillos reciben más tiempo los rayos solares.
Lo primero que hace Natanael es poner su pichinga con agua a la sombra de
un árbol y, después de orinar en unas piedras, se pone a colar arena por largo
rato. Como a las 8 de la mañana, Noé les lleva unas bolsitas con atol chuco.
Natanael escupe el tabaco y rompe la esquina de la bolsa con un solo diente y,
de dos tragos, da buena cuenta de él.
Los ladrillos de Noé son muy famosos por su calidad y rara vez quema
material que no esté encargado por anticipado. El secreto está en la calidad de
los materiales que usa para su elaboración. Emplea dos clases de tierra: arena
y barro especial, en cantidades que solo su ladrillero conoce, un señor
bastante escuálido que lleva 15 años trabajando para él.
Aproximadamente a las 9 de la mañana, se dirigen hacia un lugar conocido
como "La Tierrera", en Cantora. Está como a 45 minutos de allí. A
Natanael le gusta mucho el trayecto porque el paisaje es bonito y, a veces, Noé
compra sandía a orilla de la calle y la comparte con sus mozos.
Ya en el lugar, con unas afiladas piochas suavizan la tierra que
lentamente irá llenando el camión. Cuando han colmado el camión, emprenden el
regreso lentamente para que no se vaya a romper alguna hoja de resorte. Como la
temporada de lluvias está cerca, deben hacer en ocasiones hasta dos viajes por
día, porque en invierno todo se hace lodo y, como el lugar es poco accesible,
el vehículo se pega en el barrizal.
Ya en la ladrillera, deben descargar la tierra y barrer la cama para que
esté disponible para llevar mil ladrillos a una construcción que está por allí
cerca. Cargar y descargar es una de las cosas que menos le gustan de su trabajo
a Natanael. El ladrillo está cubierto por una fina capa de arenilla que hace
las veces de lija en las manos, hasta el grado de hacerlas sangrar. Por suerte,
se le han desarrollado unos callos que hacen las veces de guantes.
Esta vez tendrá suerte y no irá a dejar ladrillos. Noé se lleva al
bachiller y deja al joven y a él "enfornando", es decir, metiendo
ladrillos dentro del horno para la próxima quema. Tulio, el jovenete, se mete
dentro del pequeño infierno donde se cocinan los ladrillos, y Natanael se los
tira desde la parte alta.
El horno tiene capacidad para cocer nueve mil quinientos ladrillos cada
vez y la mitad de él está dentro de la tierra. La otra mitad sobresale en forma
de gruesos pilares, sobre los cuales están montadas las tejas encima de una
armazón de madera que, por el humo, se ha hecho negra.
Así pasan el resto de la mañana hasta el mediodía.
Al rato regresan Noé y el bachiller. Traen la ropa empapada con sudor y
las manos anaranjadas por tanto descargar ladrillo. Noé les dice que paren un
rato, porque irán a almorzar a un comedor que hay cerca de allí. Esos almuerzos
no son gratis; Noé se los descuenta de su paga sabatina.
Esa vez Natanael pide una sopa de hueso de res, cinco tortillas y un
refresco de tamarindo. Cuando han saciado su apetito, regresan al trabajo. Esta
vez, todos meterán ladrillos en el horno. Para esa semana deben entregar ocho
mil ladrillos y solo tienen listos cinco mil, así que al siguiente día deberá
estar el horno lleno para que Tulio pueda llegar a hacer una quema que dura
tres días y otros tres para enfriar el material.
La tarde ha caído y el horno está lleno a su máxima capacidad. Natanael
siente que le duele la espalda y las manos las tiene peladas por el roce con
los hasta ahora adobes. Otro día de labor ha acabado. Se suben al camión y
empiezan a subir las faldas del volcán rumbo a sus casas. El agobiante calor
citadino se va transformando a medida que suben, y el vapor que quema la piel
se convierte en una fresca brisa que acaricia el curtido y arrugado rostro de
Natanael.
El camión se detiene frente a su casa y, con el mismo esfuerzo que hizo
para subir, baja de él. Su hija está lavando ropa y, por un momento, levanta la
vista para ver con ojos de cariño al recién llegado, que con la misma sonrisa
de pocos dientes se despide de su patrón y de sus compañeros de faena.
Ya en su casa, se quita los zapatos de los pies que huelen bastante mal,
como a queso podrido y caca de gato; pero él ya está acostumbrado. Y se tumba
sobre una hamaca y duerme hasta las seis de la tarde. Cuando se despierta, va a
la tienda a comprar otro puro porque el que tiene ya casi se le termina. De
paso, aprovecha y compra una gaseosa y un trozo de pan para su hija, que ha
dispuesto para él en la vieja mesita un plato con frijoles y huevos revueltos
para que Natanael coma, antes de escuchar la radio por mucho rato hasta
quedarse dormido...
—Miguelan.

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