Ese día amaneció soleado y hay cirros en el cielo, esas nubes que se ven como si fueran colochos allá bien arriba.
Es una de esas semanas de octubre en que la sucursal del cielo amanece más fría de lo habitual.
Cerca de la catedral nos encontramos con don Ricardo Duque, exalcalde y gobernador de Santa Ana, en los años 91-94; es amigo de mi papá y también nuestro.
Delgado, un poco más alto del hombre promedio que camina por la ciudad morena; usa bigote blanco bien recortado; quizá tenga sesenta años; y parece que justo en ese momento se dirige a la iglesia. Pero cuando nos ve, se distrae de su objetivo y comienza a platicar con nosotros.
Después de un atol chuco con frijoles, nos invitó a conocer el casino Santaneco, del cual es administrador.
El casino es una construcción maravillosa y antigua, de tiempos en que las calles eran todavía empedradas y los autos muy escasos.
Antiquísimos y exquisitos óleos cuelgan de sus paredes; aquí y allá se ven muebles importados y sillas centenarias, aun en condiciones de soportar el peso de una persona.
Por las noches la estancia se ilumina por unos magníficos candeleros hechos de metal forjado en la madre patria, por la mano de algún habilidoso herrero. La mayoría de muebles y demás cosas que hay aquí son traídas de Europa y otros países —nos explica—.
El techo es de madera de cedro perfectamente barnizado con un color vino que le da al recinto aires de mansiones europeas. Es sostenido por dos preciosas columnas torneadas a manera de brazos gigantescos que resisten al tiempo y me hacen recordar la tumba de San Pedro.
Posee un inmenso tragaluz que ilumina a la perfección el salón principal.
El lugar parece olvidar que el tiempo ha transcurrido y se ha quedado colgando de aquellos días en que aún no se ponía la primera piedra de su vecina, la catedral, cuando Santa Ana vivía los años prósperos del café y los señores de la ciudad levantaban clubes elegantes para sus tertulias y celebraciones.
El edificio parece haber visto todo: las calles de piedra, los carruajes, y luego los primeros autos pasar frente a sus puertas, mientras la gran catedral comenzaba lentamente a levantarse al otro lado de la plaza entre el bullicio de la gente.
—Aquí no se apuesta, es un lugar distinto y tiene como ciento veinte miembros... Lo usamos para celebraciones de fiestas rosas y otras cosas; por supuesto, solo los miembros —nos dice don Ricardo—.
—Miguelan. (memorias)

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