martes, 13 de enero de 2026

EL SACRAMENTO

Dalia regresaba del río con sus hijas, cuando vio entre las afiladas espadas de los piñales un extraño brillo que no había notado otras veces.
«¿Qué podrá ser?», se acercó llena de curiosidad.
¡Son dulces, una gran cantidad de ellos!
«¿Dulces en medio de las espinas?»
—¿De quién son esos dulces? —preguntó a Estela y Thelma, sabiendo que muy pocas personas, además de ellas, transitaban por aquella vereda.
Las niñas se voltearon a ver angustiadas. Si decían la verdad, se iban a ganar una buena paliza; y si mentían… ¡oh Dios, la cosa sería peor!
La suerte estaba echada. La tunda era inevitable; lo mejor era confesar la verdad y esperar un milagroso perdón o, al menos, un castigo menos severo.
—Son de nosotros, mamá —dijo Estela, agachando la cabeza.
—¿Y por qué están allí, en medio del cerco?
—¡Es que Digno Maldonado nos los regaló el otro día, mamita! —agregó Thelma.

En un momento, Dalia lo comprendió todo. Angelica, su hija más grande, había desobedecido y estaba viéndose a escondidas con Digno, y el muy bribón sobornaba a las niñas con dulces para que no dijeran nada, caramelos que ellas escondían en el piñal para que ella no se diera cuenta.
¡Todo ese tiempo le habían visto la cara!

No, no es que le importara mucho que Digno fuera un hombre feo o pobre, hijo de Tomás Maldonado, feo y prieto también, aunque la mamá fuera un ángel de ojos verdes.
Ella siempre se había preguntado: ¿cómo habría podido tener un hijo tan feo?
El problema era otro: gemelos.

—¡No te casés con ese hombre, porque te van a salir hijos chachos, y en nuestra familia nunca hemos tenido chachos!
—¿Pero, mamá, Digno es un buen hombre, qué tiene eso de malo?
—¡Por Dios, si serás fatua, muchacha! ¡Porque solo las cabras paren de dos en dos! Mirá: ahí están Toñito Quiñones, Enrique Arrubal o Esteban Robles, que quieren casarse con vos, gente de dinero… ¿pero qué es lo que tiene la familia de Digno? ¡Es el único hijo, no lo van a dejar salir de la casa; te va a tocar vivir con tu suegra!

Angelica bajó la cabeza. «¡No importa!», pensó.

 

II

La luna de abril recién se asomaba por la loma, como una enorme oblea amarilla arañada por las ramas secas de los árboles sin hojas.
Aún no comenzaba el invierno. La puerta de la casona ya se había cerrado, dejando escapar la luz de los candiles por los dos agujeros que le recordaban a Dalia el día que casi mata a su marido.

¡Placap! ¡Placap! ¡Placap! Los cascos de los caballos, apagados por el polvo unas veces y amplificados por las piedras otras, delataron a los tres jinetes que se aproximaban.
¡Chilín! ¡Chilín! ¡Chilín! Sonaban las alforjas llenas de chibolas (bebidas gaseosas).

«¿Quién será?», pensó Abraham, levantando la vista de su cena para comprobar que el cinturón con el revólver estuviera al lado de la puerta.

Los jinetes desmontaron en el patio, frente a la casona.

—¡Don Abraham! —llamaron.
—¡A sus órdenes! —respondió él.
—¡Tomás Maldonado le está tocando su puerta, don Abraham!
—¡Pase adelante, don Tomás! —dijo, poniendo el cinturón de nuevo en su lugar y abriendo las puertas. Aquellas personas eran de fiar.
—¡Qué buen caballo tengo! —dijo Tomás al ver el plato servido en la mesa.
—No, ya no sirve su caballo, porque ya terminamos de comer.
—¡Sí, ya había yo comido, ya pasé ese susto! —respondió Tomás Maldonado, riéndose con estrépito y vulgaridad, abriendo la bocaza para dejar ver algunos dientes de oro.

Dalia, con cara de pocos amigos, se apresuró a recoger la mesa. Angelica estaba en la cocina con el corazón en la mano; Estela, escondida detrás de la puerta; y Thelma, la hija más pequeña, en un rincón de la casa.
¡Ay de aquella que fuera a salir o cruzarse frente a la visita sin ser llamada!

—Don Abraham, no me agradezca mucho esta visita, que yo a lo que vengo es a pedirle la mano de su hija para el mío.
—¿Quién de mis hijas? —respondió extrañado Abraham.

Estela y Thelma no estaban en edad de casamiento…

—¡Angelica! —llamó.
—¡Señor! —dijo ella.
—¡Venga para acá, hija!

Angelica salió nerviosa de la cocina.

—Aquí viene don Tomás a pedir la mano tuya… ¿cómo es eso que has sido novia del hijo de él y nunca me di cuenta?

Ella bajó la cabeza sin dejar de ver a su padre. Estaba avergonzada. Amaba a su padre y le dolía mentirle; pero, después de lo que Dalia le había dicho, creyó que no convenía pedir permiso hasta que llegara el momento, y el día había llegado.

—¡A mí nunca me han venido a pedir permiso de ser novio de mi hija! —reprochó a Digno Maldonado, despreciando su poca hombría.
—No, don Abraham, como usted es muy delicado, no tuvo valor mi hijo; es más, ni yo sabía de eso hasta hace dos días.
—¡Es que mi sobrino es así, corto de espíritu! —dijo don Pancho Maldonado, juez de paz, que hasta ese momento se había mantenido en silencio.

«Corto de espíritu… cobarde diría yo», pensó Abraham, aunque, prudente, no lo expresó.

—Bueno, pues aquí dirá usted —habló por fin Angelica. Ella tenía el carácter de su madre.
—¿Qué tan cierto es eso, hija?
—Sí, papá, es cierto. Yo le di mi palabra de matrimonio a Digno, con la condición de que, si usted daba su permiso; y si no, pues no hay nada. Aquí el que manda es usted. Yo siempre le he obedecido en todo y quiero honrarlo.

—Voy a platicar bien con mi hija, y van a tener que volver dentro de seis meses —dijo Abraham con firmeza, viendo al pretendiente y a sus acompañantes.
—Noooooo —dijo Tomás, con su horrible tic nervioso de risa casi permanente—. ¡No, don Abraham, pidiendo y dando, hombre, pidiendo y dando!
—No, así no es; pidiendo y dando no. Yo tengo que hablar con mi hija antes.

Sí, claro, antes tenía que platicar con su hija para hacerle ver los defectos de un hombrecito que no había dicho ni una sola palabra en un momento tan importante como la petición de matrimonio.

—De todos modos, tienen permiso para platicar aquí en la casa, en horarios que no den qué hablar a la gente.
—Es mejor así, en lugar de que anden platicando a escondidas en las quebradas —dijo Dalia, torciendo la boca. Estela y Thelma sintieron un escalofrío en la espalda, todavía marcada por los riatazos.

Y así sucedió. Digno visitaba a Angelica dos veces por semana, sin pasar del corredor, donde le colocaban una silla que permitiera al ojo malicioso de Dalia estar pendiente de cualquier eventualidad.

Abraham no habló nada con su hija sino hasta cuando ya iba a cumplirse el plazo.

—Ya van a ser los seis meses la otra semana, y van a venir a traer la respuesta. Todavía es tiempo, hija; si vos no te querés casar, de la puerta del templo se pueden arrepentir, pero ¿para qué llegar al templo si vos no querés?
—Cómo no, papá, yo quiero hacer mi vida con él. Muchos me han pretendido, pero ninguno me ha gustado a mí.
—¿Pero qué le ves? ¡Es feo! —le dijo Dalia.
—Pues sí, mamá, pero así me gusta a mí, porque es bien buena gente… ¿de qué me sirve un hombre galán y que me va a pegar, así como a Arcadia Lavarejos, que tuvo ella que dejar a su marido?

—Son buenas gentes —dijo Abraham, recordando la bocaza de Tomás abierta como gaveta y carcajeándose—. Son pobres, pero nunca se han oído decir cosas malas de ellos. Nadie nace rico; además, si algo te falta, aquí estoy yo, porque con honra has salido de mi casa, con honra podés volver a entrar, aunque vengás con cuarenta hijos.

Una semana después, el día señalado, Angelica barrió el patio y aseó la casa hasta que estuvo más limpia que nunca.
Nadie dijo nada, porque ella era siempre muy hacendosa, igual que su madre.

La misma luna, la misma hora, pero diferente fecha; otra vez el ruido de los cascos de los caballos y las chibolas en las alforjas subiendo por la vereda.

Esta vez, Estela se aseguró de no quedarse detrás de la puerta, ya que la otra vez no le dieron chibolas por estar escondida y no poder salir, aunque sentía que la vejiga se le reventaba con las ganas de hacer pipí.

Además de bebidas gaseosas, esta vez también llevaban una carísima botella de whisky importado, de esos que don Liborio Jiménez mandaba a pedir a las Europas.

—Echémonos una copita, don Abraham. ¡Esto hay que celebrarlo!
—No, don Tomás, muchas gracias.
—Yo sí me echo una copita. ¡Tome, don Pancho! —dijo al juez de paz que lo acompañaba para testificar la petición y respuesta, y que además era su hermano… feo igual que él.
—¡Tómesela, don Abraham, ya vamos a ser familia!
—Así va a ser; pero yo no acostumbro a tomar así.

Abraham bebía solo, o a veces con el cura del pueblo en la tarde, después de la misa. También tenía siempre una botella de vino abocado, de la cual se bebía una minúscula copa todos los días antes de dormir. En cierta forma, aquello era una ofensa para él: que le invitaran a beber en la petición de mano de su hija… era como rebajar a su amada Angelica. Pero comprendió que no había malicia en la intención de ellos, así que disimuló su desagrado.

—Deme una chibola mejor.
—¿De qué la quiere?
—Crema soda, si es tan amable.
—¿Y usted, niña Dalia?
—Yo ya bebí café —dijo ella.

Estela y Thelma bebieron gaseosa hasta casi reventar, y la boda se programó para diciembre.

Y para no cansarlos (como dicen los que ya no quieren seguir contando una historia), se casaron primero por lo civil en El Sauce y, a los ocho días, con el cura, sí, el mismo que antes les mencioné. Fue una gran boda, de esas con orquesta y comida para todo el pueblo; orquesta de violines y chanchona, donde bailaban y comían todos, desde el más pequeño hasta el más grande.

Cuando terminaron los festejos, fueron todos con dos carretas de bueyes a la casa de Abraham a traer la ropa y las cosas de la novia; pero Angelica se quedó todavía ocho días más en casa, para guardar el sacramento.


—Miguelan


Nota del autor: Este relato nació durante la escritura de la novela La flor de Canaire. Aunque no encontró su lugar como capítulo, permanece ligado a su mundo y a sus preguntas esenciales, está basado en hechos reales. Abraham es mi abuelo.



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