El editor me dijo una vez: dejá de filosofar, que lo tuyo
son los cuentos; vos no naciste para escribir de política (gracias a Dios).
Hacé lo que te va bien: “Zapatero a tus zapatos”.
Bueno, como el zapatero tenía en su linaje paterno el gen
filósofo de los persas y, por la rama materna, la manera coloquial del
cuentista oriental, decidió hacer zapatos sencillos que olieran a filosofía
persa.
Y así nació el relato que te voy a contar: el cuento más
cierto que hayás oído jamás.
Todo lo que existe está formado por pequeñas partículas
llamadas átomos: el tráiler que conducís, la cerveza que bebés, el aire que
respiramos, la tierra que nos sostiene, la familia que amamos.
Todo, absolutamente todo lo que conocés, está hecho de esas
diminutas partículas que ni se te ocurra partir, porque entonces nos partís la
progenitora a todos.
Los átomos son pequeñas esferas invisibles que nunca están
quietas; se mueven sin descanso, como Manolo, padeciendo hiperactividad crónica
desde quién sabe cuándo. Todos son exactamente iguales: no hay uno solo
distinto a otro.
Y sin que nadie sepa por qué, esas esferas idénticas se
reúnen en comunidades de miles de trillones para formar cosas tan distintas
como el fuego y el hielo.
No me preguntes quién les dice cómo ni cuándo agruparse;
para explicarlo tendría que reconciliar a la ciencia con la religión, y hasta
hoy siguen sin hablarse. Y eso que son hermanas, aunque todavía no lo sepan.
Los átomos, entonces, se agrupan: a veces forman una simple
roca; otras, un complejo ser humano o un noble chucho.
Lo asombroso es que si tomáramos una persona y una piedra de
igual tamaño y, con infinita paciencia, fuéramos quitando átomo por átomo hasta
desintegrarlos por completo, al final obtendríamos dos montículos idénticos.
Los átomos que fueron piedra son los mismos que alguna vez
fueron persona.
La materia prima es la misma en todo y en todos.
Como la repostería del panadero: aunque varíe en forma,
color y sabor, proviene siempre del mismo trigo.
Y aun así, nos sorprende que una persona esté viva y una
piedra no, sobre todo cuando descubrimos que los átomos no están vivos. Son
partículas inertes, sin conciencia de lo que modelan; forman un cuerpo humano,
pero jamás sabrán lo que han creado al agruparse.
Resulta difícil aceptar que algo sin vida ni conciencia
pueda organizarse para producir un ser vivo e inteligente.
Y más extraño aún que, a veces, aun produciendo vida, no produzca conciencia,
como ocurre en una planta o en un animal irracional.
Esa paradoja me mantiene en vigilia constante, gastando
neuronas en busca de una explicación.
Intuyo que solo la hermana de la ciencia —esa que habla en
metáforas— puede aproximarse al origen de la vida, la conciencia, las emociones
y el pensamiento. La ciencia, con sus instrumentos, no puede medir aquello que
no está hecho de materia.
De ahí surgen las preguntas inevitables:
¿De qué está hecho el pensamiento?
¿De qué está formada la conciencia?
¿De qué se componen las emociones?
¿De dónde viene la vida?
Porque los mismos átomos que aquí se organizan para formar
seres vivos son idénticos a los que, en otros rincones del sistema solar —quizá
del universo—, se niegan rotundamente a hacerlo.
La vida no parece depender solo de una agrupación caprichosa
de partículas.
Cuando una persona muere, el cuerpo pierde vida, pensamiento
y conciencia; pero los átomos permanecen allí, al menos por un tiempo, antes de
desagregarse y marcharse quién sabe a formar qué cosa. No desaparecen: solo se
separan.
Entonces, ¿dónde fueron la vida, la conciencia, las
emociones y el pensamiento, si no estaban hechos de átomos?
Sospecho que es el “ser” lo que mantiene unidas esas
partículas; que la vida llega como una chispa y comienza a atraer energía, a
formar moléculas, células, órganos, hasta construir un ser viviente de ojos
atentos, capaz de mirar el reino del pájaro y la nube.
Algunos lo llaman alma, otros chispa divina, espíritu o
psique. Todos coinciden en algo: no es eterna en este universo. No estaba aquí
hace cien años ni estará dentro de cien más.
¿De dónde vino?
¿A dónde va?
Los griegos ya se preguntaban: ¿quién soy?, ¿de dónde
vengo?, ¿adónde voy?
Cuando el espíritu se marcha, tras un brevísimo respiro en
este plano torcido del microcosmos en expansión, el ser pierde conciencia.
Los átomos, sin propósito, comienzan a disolver la hermosa
comunidad del cuentista prolífico, hasta desaparecer de la vista del colérico
editor.
Y como dijo la incomprendida y manoseada Escritura:
“El polvo vuelve a la tierra como era, y el espíritu regresa al Padre que lo
dio.”

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