martes, 30 de diciembre de 2025

LA MUJER QUE LLORABA EN LOS FUNERALES

Desde que Anacleto Álvarez la dejó por sexta vez para irse a vivir con una prostituta, Blandina López aprendió a llorar sin ganas.

No es que al principio no le doliera la abominable y estúpida traición de su marido, de quien en quince años de matrimonio nunca obtuvo nada, ni siquiera un miserable orgasmo.

Lo que pasó fue que, después de tres días y tres noches llorando, se dio cuenta de que no era el abandono de su cónyuge lo que le punzaba, sino el qué diría toda la gente del pueblucho en el que vivía.

De joven había sido la codicia de todos los hombres del caserío y, si hubiera seguido consejos, incluso habría podido llegar a ser una de esas viejas fufurufas de la alcurnia más elevada, olorosas a Chanel y pintarrajeadas como guacamayas bien almidonadas.

Pero no. Ella decidió entregarse al labioso de Anacleto, un hombre capaz de convencer a Satanás —si así lo hubiera querido— de poner aire acondicionado en el infierno.

Era su amor propio lo que le dolía. Cuando lo supo, se le hizo más sencillo superar la ausencia del malicioso hombrecillo; pero, para guardar las apariencias, Blandina lloró cada vez que le dio la gana, hasta que terminaron contratándola para hacerlo en los funerales.

Y es por esa razón que no le extrañó recibir la invitación de don Abundio Guarnido, el agiotista del pueblo, que, según decían, estaba próximo a dejar este mundo.

La verdad es que ya bastante se había demorado en llamarla: tenía casi un año de estarse muriendo y no se moría.

«Cómo le cuesta morirse a la gente cuando le deben dinero», pensó, recordando que ella misma le debía tanto que tenía que anotarlo en un cuadernillo que siempre andaba cargando en su cartera.

Era un miércoles cualquiera, con uno de esos soles que salen tarde a dar su luz mortecina entre un manto azulado de canícula que antecede al invierno.

La casa de Abundio era la mejor del lugar, ¡y cómo no!, si cada habitante había contribuido con los elevados intereses que cobraba.

Blandina se encontró con el cura justo en la puerta de madera negra, con pernos herrumbrosos gastados por el tiempo.

—Ave María purísima —saludó.

—Vine a confesarlo —respondió el clérigo, meditabundo y horrorizado por todos los pecados que acababa de escuchar.

—Por favor, no cierre, padre; me pidió que viniera.

El párroco la santiguó como toda respuesta y corrió a pedir perdón por atreverse a dar la absolución a tan inicuo ser viviente.

Aquella era una casa de dimensiones ridículas para que vivieran solo dos personas. Olía a rancio y tenía incontables habitaciones atiborradas de objetos polvosos que los deudores dejaban como prendas que nunca iban a recuperar.

—¡Buenos días! —saludó desde la puerta.

—Días —respondió a secas la mujer de Abundio, sentada en una silla mecedora, sin despegar la vista de una gastada biblia—. ¿Viene a pagar algo?

—Soy Blandina López.

—¿Qué Blandina?

—La que llora.

—Ah, es usted. Pase, mi marido la espera.

Blandina cruzó la sala y llegó a un cuarto iluminado apenas por unas cortinas medio abiertas. Olía a fármacos, a todos, en una mezcolanza que ni aun Asael, el boticario más experimentado del lugar, habría podido descifrar.

En una cama de mullido colchón estaba el odiado usurero, consumido por una enfermedad que ningún médico pudo identificar. Nadie supo decirle qué era lo que tenía.

Al final iba a morirse sin saber de qué, y eso le amargaba aún más.

—Buenos días.

—¿Cuánto es lo que me debe? —respondió el moribundo.

—Creo que muchos meses de comida y bebida.

—¡En dinero, mujer, en dinero!

—Ah, déjeme sacar las cuentas —dijo Blandina, abriendo su cartera para hojear una gastada libreta de notas.

—¡Deje eso, ya no importa cuánto es! Lo que quiero es que me pague…

—Verá, don Abundio, ahora mismo no tengo todo el dinero; es más, creo que ni siquiera…

—¡Quiero que llore en mi funeral el próximo domingo!

Blandina sintió compasión por el despojo humano que se diluía en aquel carísimo camastro: una piltrafa de ser humano que debía esforzarse mucho para pronunciar unas pocas palabras y que, sintiéndose próximo a morir, no quería ser tirado a la fosa como un perro. Deseaba que al menos alguien llorara en su funeral, aunque tuviera que pagar por ello.

—Está bien, don Abundio. Así lo haré… Quería también aprovechar para agradecerle lo que…

—Ya, ya, no diga nada, mujer, que tengo más deudores que atender.

Ella sonrió con tristeza y colocó la libreta donde estaban los apuntes en la mesita junto a la puerta.

—¿Y yo para qué quiero eso? Déselo a mi esposa y dígale que borre todo lo que me debe.

El sábado, entre la tarde y la noche, con el último grito del guás, murió Abundio Guarnido, después de haber cobrado hasta el último centavo a quienes le debían.

Las campanas doblaron de mala gana y la voz se corrió con la rapidez de siempre.

Todos en el pueblo se alegraron y, aunque muy pocos fueron a la velación, todos se aprestaron a asistir el domingo a la misa de cuerpo presente y luego al camposanto, solo para asegurarse de que el occiso fuera enterrado a suficiente profundidad como para que no regresara a seguirles cobrando.

Blandina berreaba inconsolable, y lo hacía con tanta convicción que algunos llegaron a creer que era de verdad, aun sabiendo que esa era su profesión.

Todos sabían que ella se alquilaba para llorar; lo que se preguntaban con admiración era cómo podía hallar un motivo para hacerlo por un ser tan perverso.

Lo que nadie supo es que esta vez lloraba de verdad: de tristeza, al ver la alegría que causaba en unos aquel deceso y la indiferencia en otros.

Lloraba por la miseria de vida que aquel hombre había llevado, entregado a amasar riqueza cada día de su existencia sin poder llevarse un solo centavo.

Lloraba porque sabía que todos en el pueblo volverían a endeudarse con el primer prestamista que se encontraran, esperando luego que también muriera, para fingir enterrar con él su simpleza y su consumismo desmesurado.

 

Miguelan. Abril 2020



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