Desde que Anacleto Álvarez la dejó por sexta vez para irse a vivir con una prostituta, Blandina López aprendió a llorar sin ganas.
No es que al principio no le doliera la abominable y estúpida traición de su
marido, de quien en quince años de matrimonio nunca obtuvo nada, ni siquiera un
miserable orgasmo.
Lo que pasó fue que, después de tres días y tres noches llorando, se dio
cuenta de que no era el abandono de su cónyuge lo que le punzaba, sino el qué
diría toda la gente del pueblucho en el que vivía.
De joven había sido la codicia de todos los hombres del caserío y, si
hubiera seguido consejos, incluso habría podido llegar a ser una de esas viejas
fufurufas de la alcurnia más elevada, olorosas a Chanel y pintarrajeadas como
guacamayas bien almidonadas.
Pero no. Ella decidió entregarse al labioso de Anacleto, un hombre capaz
de convencer a Satanás —si así lo hubiera querido— de poner aire acondicionado
en el infierno.
Era su amor propio lo que le dolía. Cuando lo supo, se le hizo más
sencillo superar la ausencia del malicioso hombrecillo; pero, para guardar las
apariencias, Blandina lloró cada vez que le dio la gana, hasta que terminaron
contratándola para hacerlo en los funerales.
Y es por esa razón que no le extrañó recibir la invitación de don Abundio
Guarnido, el agiotista del pueblo, que, según decían, estaba próximo a dejar
este mundo.
La verdad es que ya bastante se había demorado en llamarla: tenía casi un
año de estarse muriendo y no se moría.
«Cómo le cuesta morirse a la gente cuando le deben dinero», pensó,
recordando que ella misma le debía tanto que tenía que anotarlo en un
cuadernillo que siempre andaba cargando en su cartera.
Era un miércoles cualquiera, con uno de esos soles que salen tarde a dar
su luz mortecina entre un manto azulado de canícula que antecede al invierno.
La casa de Abundio era la mejor del lugar, ¡y cómo no!, si cada habitante
había contribuido con los elevados intereses que cobraba.
Blandina se encontró con el cura justo en la puerta de madera negra, con
pernos herrumbrosos gastados por el tiempo.
—Ave María purísima —saludó.
—Vine a confesarlo —respondió el clérigo, meditabundo y horrorizado por
todos los pecados que acababa de escuchar.
—Por favor, no cierre, padre; me pidió que viniera.
El párroco la santiguó como toda respuesta y corrió a pedir perdón por
atreverse a dar la absolución a tan inicuo ser viviente.
Aquella era una casa de dimensiones ridículas para que vivieran solo dos
personas. Olía a rancio y tenía incontables habitaciones atiborradas de objetos
polvosos que los deudores dejaban como prendas que nunca iban a recuperar.
—¡Buenos días! —saludó desde la puerta.
—Días —respondió a secas la mujer de Abundio, sentada en una silla
mecedora, sin despegar la vista de una gastada biblia—. ¿Viene a pagar algo?
—Soy Blandina López.
—¿Qué Blandina?
—La que llora.
—Ah, es usted. Pase, mi marido la espera.
Blandina cruzó la sala y llegó a un cuarto iluminado apenas por unas
cortinas medio abiertas. Olía a fármacos, a todos, en una mezcolanza que ni aun
Asael, el boticario más experimentado del lugar, habría podido descifrar.
En una cama de mullido colchón estaba el odiado usurero, consumido por
una enfermedad que ningún médico pudo identificar. Nadie supo decirle qué era
lo que tenía.
Al final iba a morirse sin saber de qué, y eso le amargaba aún más.
—Buenos días.
—¿Cuánto es lo que me debe? —respondió el moribundo.
—Creo que muchos meses de comida y bebida.
—¡En dinero, mujer, en dinero!
—Ah, déjeme sacar las cuentas —dijo Blandina, abriendo su cartera para
hojear una gastada libreta de notas.
—¡Deje eso, ya no importa cuánto es! Lo que quiero es que me pague…
—Verá, don Abundio, ahora mismo no tengo todo el dinero; es más, creo que
ni siquiera…
—¡Quiero que llore en mi funeral el próximo domingo!
Blandina sintió compasión por el despojo humano que se diluía en aquel
carísimo camastro: una piltrafa de ser humano que debía esforzarse mucho para
pronunciar unas pocas palabras y que, sintiéndose próximo a morir, no quería
ser tirado a la fosa como un perro. Deseaba que al menos alguien llorara en su
funeral, aunque tuviera que pagar por ello.
—Está bien, don Abundio. Así lo haré… Quería también aprovechar para
agradecerle lo que…
—Ya, ya, no diga nada, mujer, que tengo más deudores que atender.
Ella sonrió con tristeza y colocó la libreta donde estaban los apuntes en
la mesita junto a la puerta.
—¿Y yo para qué quiero eso? Déselo a mi esposa y dígale que borre todo lo
que me debe.
El sábado, entre la tarde y la noche, con el último grito del guás, murió
Abundio Guarnido, después de haber cobrado hasta el último centavo a quienes le
debían.
Las campanas doblaron de mala gana y la voz se corrió con la rapidez de
siempre.
Todos en el pueblo se alegraron y, aunque muy pocos fueron a la velación,
todos se aprestaron a asistir el domingo a la misa de cuerpo presente y luego
al camposanto, solo para asegurarse de que el occiso fuera enterrado a
suficiente profundidad como para que no regresara a seguirles cobrando.
Blandina berreaba inconsolable, y lo hacía con tanta convicción que
algunos llegaron a creer que era de verdad, aun sabiendo que esa era su
profesión.
Todos sabían que ella se alquilaba para llorar; lo que se preguntaban con
admiración era cómo podía hallar un motivo para hacerlo por un ser tan
perverso.
Lo que nadie supo es que esta vez lloraba de verdad: de tristeza, al ver
la alegría que causaba en unos aquel deceso y la indiferencia en otros.
Lloraba por la miseria de vida que aquel hombre había llevado, entregado
a amasar riqueza cada día de su existencia sin poder llevarse un solo centavo.
Lloraba porque sabía que todos en el pueblo volverían a endeudarse con el
primer prestamista que se encontraran, esperando luego que también muriera,
para fingir enterrar con él su simpleza y su consumismo desmesurado.
—Miguelan. Abril 2020

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