I
Era una noche de llovizna.
Las gotas, menudas e insistentes, caían sobre los techos de lámina herrumbrosa
de las chozas que se levantaban, miserables, donde antes había pasado el
ferrocarril.
Fueron días oscuros; no recuerdo otros iguales. Cada quien hacía justicia
por su mano y la policía ajusticiaba a quien quería, sin que nadie dijera nada.
La quietud nocturna no tardó en romperse: una balacera desordenada,
estrepitosa, seguida de un silencio que ni los perros se atrevieron a profanar.
Eran los días de los Inmortales.
Criaturas sombrías, de ojos apagados, que caminaban como sombras por las
veredas polvosas de Ixhuatán, casi sin dejar huella. Muchas veces los vi pasar
frente a mi casa. No saludaban, no sonreían, no miraban a nadie. Andaban
cabizbajos, como si quisieran desaparecer.
Rara vez sostenían la mirada de alguien. Y rara vez alguien se atrevía a
sostener la de ellos.
No parecían peligrosos…
no parecía que hubieran segado tantas vidas.
Una tarde me encontré con uno de ellos en una calle solitaria. Lo
reconocí de inmediato: su figura escuálida, su andar inconfundible. Llevaba el
cabello largo y, al caminar con la cabeza baja, le cubría medio rostro.
Si hubiera podido, me habría cambiado de acera. Pero seguí de frente.
Había oído que mataban por una mala mirada, y no quise arriesgarme.
Cuando estuvo a dos metros, levantó la cabeza y me miró.
¿Seguían siendo humanos?
Alguna vez lo fueron. Tuvieron nombre y apellido. Fueron niños que
asistían a la iglesia de la mano de sus madres beatas. Hoy nadie lo recordaba.
Días atrás, un carro policial había sido atacado. Se rumoraba que uno de
ellos estaba implicado. Nadie lo decía en voz alta: la sinceridad atraía la
guadaña.
II
Patricia había nacido en Siramá, una ciudad lejana al oriente del país.
Desde niña fue aplicada en sus estudios, hasta que llegó a la universidad y
conoció a Fidel.
Policía corrupto.
Mercenario del mejor postor.
Aficionado a desvirgar muchachas buenas.
Cuando comenzaron los problemas —porque no se puede servir a dos
señores—, Fidel fue depurado. No tuvo más opción que marcharse a Estados
Unidos. Se fue el mismo día en que una prueba barata confirmó a Patricia que
estaba embarazada.
—Mire, mi hijita —le dijo la abuela—, ese su maridito quién sabe si
vuelve. Y si vuelve, quién sabe si se acuerda de usted. Así que mejor vaya pensando
en lavar ropa ajena.
—¡Eso sí que no, abuela! Soy universitaria.
—¿Y eso qué? Mientras no tengás el cartón no sirve de nada. ¿Quién la
manda a andar de coscolina? Y menos con un policía. Esos y los cobradores son
igualitos.
—Yo quiero ser policía —respondió Patricia—, para servir al prójimo y a
la patria.
Doña Martina suspiró. Supo que sería inútil discutir. La vida le
enseñaría con dureza lo que ella intentaba decir con amor.
Por un instante, recordó otros días. Lejanos. Los años ochenta. Las mismas
palabras, saliendo de la boca de su única hija.
—Quiero ser útil a la patria, mamá.
—Te van a matar.
—No importa. Mi sangre va a fecundar el suelo de Cuscatlán.
Nunca volvió a saber de ella.
—¡Abuela!
—¿Ah?
—Usted se queda ida.
—¿Verdad que sí?
III
La llovizna se volvió más intensa. El ruido sobre los techos de lámina ya
no dejaba pensar.
En un burdel de mala muerte, a la orilla de la calle, las rameras
bailaban en una tarima patética, imitando los barra show de la capital.
Enseñaban cuerpos enjutos, medio ebrios.
Allí estaba Chema, el más joven, bebiendo guaro barato y fumando Delta,
mezclados con marihuana.
—¿Viste cómo chillaba? —reía Zancudo—. Decía que tenía hijos.
—Estás enfermo —respondió Chema—. Matar policías es mal negocio.
—Vos también lo has hecho.
—Cuando se lo merecían.
A menos de una cuadra, en una iglesia evangélica, un pastor hablaba a
unos pocos fieles sobre el amor infinito de Dios y el lugar donde no entrarían
asesinos ni prostitutas.
La lluvia arreció.
La policía rodeó el local. Fantasmas negros bajo impermeables. Tocaron la
puerta.
—¡Abran, policía!
Chema reconoció a uno de ellos por la mirada: Argimiro, amigo de Fidel,
proveedor de la droga.
—Quietecito, José María.
Chema ya tenía la pistola bajo la mesa.
Disparó.
Todo terminó en segundos.
Chema corrió. El cafetal estaba cerca.
—¡Patricia, échatelo!
Patricia subió al vehículo. Apuntó. Vaciló un segundo. Nunca había
disparado a matar.
La muerte decidió por ella.
Chema cayó.
Se levantó por instinto.
Cayó otra vez.
—Inmortales ni mierda —pensó Patricia, guardando el arma.
Cuando amaneció, los de la funeraria fueron los primeros en llegar. Luego
la policía. Después la madre. Y al final, el fiscal, con aliento a cerveza.
—Miguelan

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