sábado, 31 de enero de 2026

CHUCHO AGUACATERO

Mucho se ha dicho de las grandes razas de perros: del pastor alemán con su elegancia, casi aristocrática; el sabueso y su incomparable olfato; el gran danés, con su imponente envergadura, contraria a la ridiculez de tamaño del chihuahueño; el pitbull, con su mala fama, al final resultó ser un perro bonachón, aunque más activo que el holgazán San Bernardo… y así sucesivamente.

Pero nadie dijo nada del mejor de todos:

¡EL PERRO AGUACATERO!

¡EL CHUCHOEFINCA!

¿Por qué se le dice aguacatero a tan noble animal?

Sencillo. Es el compañero inseparable del hombre pobre, aquel paria que ocupa el último eslabón en la injusta cadena social. Como es tan pobre, muchas veces apenas tiene para un tiempo de comida y otras toca aguantarse; entonces este can, sin genealogía ni pedigrí rastreable, debe conformarse con un pedazo de tortilla dura y una tajadita de aguacate, que muchas veces es el único alimento que se puede hallar en las fincas donde trabaja su amo. Estos ojos de pecador, que algún día serán comida de los gusanos, han podido ver en más de una ocasión algún perro esperar con paciencia de santo a que el viento o algún perico dejen caer un sabroso fruto, para devorarlo con prisa antes que se lo quiten. de allí que a alguno se le haya ocurrido llamarles AGUACATEROS.

El animal, es desnutrido, pero fiero para el combate; al igual que su amo, responde cuando alguno busca pelea. Eso sí, es astuto como el que más, con una inteligencia casi humana. “a ese perro solo hablar le falta” —dijo neto una vez.

Me contaron de un perro allá por la loma de Copalillo que se llamaba “Piñico”; era blanco y de un porte mayor al promedio de los de su clase. Este animal había aprendido a esquivar los machetazos que los bolos le tiraban y era un gran cazador de aves; podía acechar una catalnica como el felino más sagaz hasta atraparla. Como era un bravo guardián de la casa, muchas veces quisieron envenenarlo, pero el animal no comía sino lo que le daban los amos, y eso nadie se lo enseñó —decía el dueño—; al final terminó sus días entrado en años.

El perro aguacatero nunca se enferma, come de los basureros y, si encuentra una deposición humana, la degusta con infinito placer sin arrugar la cara.

Nunca le da rabia y puede caminar días enteros sin perder el rastro de un cusuco encuevado en el más recóndito paraje de la loma.

De fidelidad para con su amo, ni hablar: es capaz de ofrendar su vida donde otros canes tomarían las de Villadiego, y si por alguna razón el borrachito de su dueño cae vencido en una cuneta por los vapores espirituales de la caña, podrá tener por seguro que su fiel guardián cuidará de él hasta que recobre la conciencia. Eso sí, con el derecho de lamer el vómito que su amo pueda regurgitar.

Muchas historias conozco de perros aguacateros, y muchos son los “chuchoefinca” que se han cruzado en mi camino por esta vida; grandes perros, dignos de ser mencionados, historias que les contaré en una próxima narración.

 

—Miguelan.



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